Foto de época con niños

Cartel

Suena a pedantería, pero a veces el cine expresa un condensado de la vida. Como esas fotos en las que si uno se fija acaba encontrando de todo, desde lo banal hasta lo trascendente. Uno de los milagros más difícilmente explicables de la imagen se reduce a una pregunta imposible: por qué una foto en blanco y negro dice más que otra en color.

He necesitado dos semanas para superar el efecto que me ha producido el filme Profesor Lazhar, una de las películas más hermosas, por sentidas, que he visto en mucho tiempo. Ahí está todo, o casi. La quiebra de la enseñanza tradicional, la emigración, el fanatismo religioso y la crueldad de los niños; también su grandeza. Retrato de la sociedad que hemos creado y el temor a desviarnos de la corrección social, que siempre es política. El valor inmarcesible de los tópicos. La espantosa soledad del hombre, y la mujer, solos; hay una larga secuencia de una cena entre dos profesores que se erige en prodigio de sensibilidad imposible. La incongruencia del lenguaje culto que aspira a precisión y sólo queda en filisteísmo.

Profesor Lazhar es un filme canadiense del Quebec francófono, rodado en Montreal. De su director, Philippe Falardeau, lo desconozco todo, probablemente ninguna de sus películas o documentales se han podido ver en España. (Aquí siempre aparece el cinéfilo avezado que “se ha bajado” buena parte de su obra o sencillamente asistió a un pase en algún festival exótico y que nos dejará deslumbrados. Lo espero y lo deseo). La primera cuestión que me parece admirable es que está basada en una obra de teatro; un monólogo escénico de la escritora canadiense Évelyne de la Chenelière. Convertirlo en filme tiene algo de extraordinario, tanto como escoger al excepcional actor, cantante y showman argelino Fellag que transforma su interpretación en un recital.

Como muchos distribuidores están convencidos que los espectadores son algo lelos y que hay dárselo todo mascado, trasformaron el título original, Monsieur Lazhar, por Profesor Lazhar. La diferencia es de calidad, porque cuenta la historia de un hombre, Bachir Lazhar, argelino de Argel, la ciudad blanca, que llega a Canadá huyendo de una amenaza de muerte del fanatismo islámico, que liquidó a su mujer y a sus hijas, y que ha de buscarse el trabajo y el sustento en el territorio que le toca en suerte; profesor interino de francés en un colegio público.

Esta es la historia del señor Bachir Lazhar, no la del profesor Lazhar. Las historias de colegios y niños tienen un centro de atención que no son precisamente los chavales sino los profesores. Esto es detectable desde aquella película que tanto influyó en algunos de nosotros, Es grande ser joven, donde el protagonista real no era otro que el entrañable profesor que hacía aquel actor añorado, John Mills. Esos cafres, que éramos nosotros hacia 1959, con el cólera infectándolo todo, emocionados por la sensibilidad de unos chicos interpretando a Haydn, sentíamos la película como un homenaje a la libertad y a la educación. Algo parecido me sucedió, ya mayor, en El club de los poetas muertos con un magnífico Robin Williams, tan denostado hoy; le hubiera elegido como tutor.

Hay muchas películas sobre adolescentes y profesores, colegios y conflictos. No tienen nada que ver con este Profesor Lazhar. Aquí está nuestra sociedad concentrada en 94 minutos. La capacidad de adaptación de un tipo que rumía su tragedia, y en frente un colegio de Montreal, donde los niños son normales, las familias diversas, las procedencias dispares y los problemas antiguos. ¿Volvemos a los dictados, antes de que olviden cómo se escribe? La película es del 2011 y no veo en mesa alguna de los chicos canadienses esos ordenadores que iban a abrir el futuro, según nuestros horteras super ferolíticos. Llama la atención. No aparecen ni móviles ni ordenadores. ¿Estamos de verdad en el siglo XXI de los reyes destronados del ladrillo o en la educación de niños dentro de una sociedad establecida?

La lectura de La piel de zapa de Balzac en un colegio público francófono y la perplejidad de los alumnos traduce una situación que ningún profesor español responsable podrá olvidar. ¿Leerán a Clarín, o a Galdós, o a Max Aub? ¿En algún colegio se lee a Martín-Santos, que era muy bueno, o a Villalonga, que no lo era tanto? No es cuestión de canon, sino de gusto. Una sociedad donde los padres se sienten orgullosos de llevar a sus hijos a jugar al fútbol y entenderían como una excentricidad llevarles a un concierto o a un museo; es que algo ha dejado de funcionar.

Sería una torpeza introducirse en la sinuosidad del argumento cinematográfico, quedémonos en las situaciones. Esos padres que advierten al profesor de que su tarea consisten en “enseñar” no en “educar”; que para eso están ellos, se entiende. Cuando las marujas ilustradas por la televisión, los arrogantes albañiles sin futuro y los inversores en inmobiliarias asaltaron las escuelas y plantearon cómo querían que se enseñara a sus hijos, empezamos una etapa siniestra de la educación. Momento feliz cuando el maestroprofesor explica a una niña que se trata de buscar el “sujeto” de una frase, y ella le responde en moderno, “un S.N.”, y el maestro perplejo exige una traducción que ella aporta con desparpajo: “Un sintagma nominal”.

El tránsito del “sujeto” al “sintagma nominal” es un cambio de paradigma que Noam Chomsky, intelectual de piñón fijo y sin dialéctica, no entendió nunca. De los sujetos y los verbos a los sintagmas nominales y verbales hay una distancia similar a la clase obrera y los emprendedores. Lo entiendo cuando trato de leer las columnas de Agustín García Calvo en La Razón. La filología, y la enseñanza, siempre fueron campos donde se define la clase dominante. El momento histórico en el que Barcelona se inclinó por las apariencias en detrimento de la pedagogía, se produjo otro cambio de paradigma. Una tortuosa línea roja que va de Ferrer Guardia y Rosa Sensat hasta las escuelas de diseño. No es una crítica, es una constatación.

Los niños no se tocan”. Es genial la formulación. Todos los deportes son violentos por naturaleza; en la película aparecen varios y todos sin excepción son durísimos. La única vez que hay un partido amable, se juega sobre un tablero de damas. Pero los niños no se tocan, ni para bien ni para mal. Excluido el contacto físico, la violencia se acumula y se vuelve perversa. El relato del profesor de gimnasia, “el del silbato”, daría para un máster. “¿Cómo van a saltar el plinto si no puedo tocarles? Me creen idiota porque les hago correr, es lo único que consienten las normas”.

Vivimos en una sociedad más cínica aún que la ilustración del XVIII; porque ellos sabían de los límites y nosotros los hemos convertido en leyes. ¿Qué es más letal, la carretera y los coches, o el tabaco? Discusión inútil; lo importante es la apariencia de legalidad, no la eficacia de la libertad.

Un tal monsieur Lazhar llega a Montreal con una mano delante y otra detrás, con un cargamento de sufrimiento personal y una cultura en plena decadencia para mostrar ante una sociedad culta, amable y limpia, que todo se caerá en pedazos, y que esos chavales habrán de recoger no los restos del naufragio, que para eso ya estamos nosotros, sino los retazos de una civilización que se convirtió en cobarde, limitada y sin otra ambición que no sea sobrevivir. Ese diálogo final entre el profesor despedido que aspira a leer su última fábula y esa directora de colegio que apenas si le han dado el tiempo para terminar el curso, muestra a las claras que la democracia, entendida como dominio de los mediocres, puede ser tan peligrosa como la dictadura de los aristócratas.

Quizá Monsieur Lazhar representa más la cultura del futuro que esa basura tecnológica que nos animan a compartir. Los niños en el filme son perversos, algunos con sadismo, pero los adultos son tan amables y falsos que podrían servir para dirigir campos de concentración debidamente homologados.

Gregorio Morán

La Vanguardia (3.06.2012)

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