Autopsia de periodista en transición

José Luís Gutiérrez, el Guti

Al Guti se atribuía una de las historias más demoledoras del socialismo felipista, el caso Roldán

Si hay tipos nacidos para la gloria, un consejo para sus madres; si pueden escoger, mejor que den a luz fuera de España. Aquí lo tendrán jodido. No se trata de una maldición, ni de la leyenda negra; es algo más sencillo. Somos pocos, con mucha historia y demasiada mala baba. La madre de José Luis Gutiérrez Suárez, más conocido por el Guti, periodista, no creo que tuviera otra posibilidad que parir en Busdongo.

Para la gente antigua decir Busdongo era remitirse al lugar donde el tren de la línea Madrid-Oviedo se detenía irremisiblemente todos los inviernos por problemas de la catenaria, de la nieve, o de lo que fuera. Guti nació en el culo del mundo, montaña arriba, en la linde entre León y Asturias. Pobre sin solemnidad. Fue uno de los periodistas más audaces del último medio siglo y hete aquí que cayó desfallecido en el pasillo de su piso de la calle Espalter –la zona más hermosa de Madrid, trasera al Prado–. Nadie que le conociera –alto, atlético, carne de gimnasio– podía dudar de que le tocara a él hacernos la necrológica, y que con toda probabilidad habría de ser benévola. Era una buena persona disfrazada de malote.

Decir el Guti en Catalunya, para la gente de mi edad y condición, sólo se entiende para referirse a un político, Antonio Gutiérrez Díaz, del que casi todo el mundo daba en pensar que constituía una mezcla de Palmiro Togliatti y Enrico Berlinguer. Un médico pediatra formado en Finlandia –hoy pasaría como un timbre de gloria en su currículo– que dirigió el PSUC y que dejó una estela de marrullería, voluntarismo y cierto carisma de depredador de señoras. Yo me refiero a otro Guti, al de Busdongo, periodista asentado en el Madrid ansioso y cucañero del tardofranquismo.

A los historiadores futuros, si es que existen después de que cierren de una puta vez esos departamentos de funcionarios serviles, adscritos –aseguran– a la Universidad, tendrán dificultades para encontrar a un tipo como el Guti que les resuma en su propia figura –tamaño XXL, motorista de gran cilindrada, arrogante y con un egotismo digno del Leo que no me consta que fuera– lo que fue el periodismo en el último período de los años del cólera. Preciso, que el Guti no era amigo mío; nos respetábamos en la distancia porque a mí, provinciano de Oviedo, me dejaba turulato su arrogancia, su vanidad, incluso sus manías persecutorias. Pero debo admitirlo, en España, el mayor problema de las manías persecutorias es que a menudo responden a la realidad. Te pueden borrar de un periódico hasta el día de tu muerte, o de un grupo de medios de comunicación, incluso de la vida cotidiana y convertirse en un desterrado en tu propia casa. Quien no lo haya vivido dirá que exagero.

Guti era un obseso con sentido. A él se atribuía una de las historias más demoledoras del socialismo felipista, el caso Roldán. Hubo algunos otros que lo hicieron, pero a él le tocó asumirlo. En Estados Unidos si logras doblegar a un presidente corrupto te abren pasillo hasta Hollywood; aquí tendrás a tus compañeros de gremio, a la clase política, cuando no a la justicia, dispuesta a enterrarte vivo. Lo repito siempre: es la diferencia entre donde hay opinión pública y donde no la hay, aunque crean que la forman ellos. Para la gente olvidadiza, o los nuevos que se han dado a esta antigualla de leer, les recuerdo que el caso Roldán fue un punto de inflexión definitivo del PSOE en el poder. Que al presidente González se le ocurriera nombrar director general de la Guardia Civil a un falsario, delincuente de larga trayectoria –no llegó a ministro de Interior por un tris– debería ilustrar a tanto iluminado que hace aspavientos ante lo que sucede en México. El PSOE, de mayoría absoluta por entonces, se miraba en el PRI mexicano, hasta el punto de enviar una delegación de eminencias, encabezadas por el hoy capitidisminuido teórico Ludolfo Paramio, para que estudiara aquel prodigio.

Hay que entenderlo. José Luis Gutiérrez había sido cuate –así se expresaban– de Felipe González en vísperas de su victoria electoral de octubre de 1982, y ahora parecía traicionar los pactos de sangre. Para González el asunto no pasaba de un incidente, para Guti resultó un trauma. Se volvió obsesivo y cruzó al otro lado de la barricada, al llamado “sindicato del crimen”, seudónimo excesivo de la oposición al monopolio informativo de los medios de comunicación sociatas, también apodados “el Régimen”. ¡Qué basuras aquellas!

Para documentación de reclutas. Guti había sido director de una revista, hoy felizmente olvidada, Gentleman. ¡Hay que ser gilipollas para, en aquellos años de franquismo tardío, hacer de oxfordiano! El detalle se debía a los hermanos Camuñas, una institución de la paleografía de la transición que acabarían dando sustento dañino a Adolfo Suárez y su UCD, pero que apoyaban al hombre que según ellos iba a instalar en España la democracia, Manuel Fraga Iribarne. Recuerdo que entonces eran fraguistas coyunturales todos los que eran algo, desde Juan Luis Cebrián hasta Aranguren, pasando por los Ortega, los Polanco, los Fierro, etcétera, etcétera. (Me falta espacio y audacia para hacer la nota local, catalana, sobre la ola fraguista de aquel momento en Catalunya; heredera de Vicens Vives, si me consienten la impertinencia). ¿Quién puede olvidar aquellas fotos de Fraga con bombín debajo de la estatua londinense de Winston Churchill, obra del tándem Cebrián-Guti?

Guti venía de otra transición, la que había empezado tras su trabajo de chapista y el descubrimiento de Jaime Borrell. La Guía del Ocio madrileña fue un invento de ese catalán indescriptible, Jaime Borrell, publicitario en Movirecord y luego en Pegaso, brillante y efímero escritor de cuentos –Paco Umbral lo cita en su único libro decente, La noche que llegué al café Gijón–. A Borrell lo fue matando el dinero y el alcohol que, en gente sensible y a determinadas dosis, resultan letales. El descubrió a un joven chapista, que chapurreaba el inglés –había estado en Irlanda– y que era una mina porque tenía fuerza, voluntad y ganas de triunfar en el periodismo, José Luis Gutiérrez, Guti.

Al hoy olvidado Jaime Borrell siempre lo imaginé como un Mefisto. Tenía un talento único para la narración verbal o escrita, era inteligente y culto, y convertía en dinero casi todo lo que tocaba. Baste decir que consiguió que una actriz barcelonesa, magnífica, como era Laly Soldevilla, que había empezado haciendo a Bertolt Brecht acabara casada con él y presentando detergentes para lavadoras. Ganó muchísimo dinero consiguiendo probablemente la primera gran ilegalidad urbanística del Madrid contemporáneo, “la Torre de Valencia”, cuyo único problema consistía en conseguir que la prensa del franquismo no citara para nada aquel monstruo que saltaba sobre el parque del Retiro. Yo tuve el privilegio de escucharle el relato de cómo lo fue haciendo, como si se trata de una escena de El Padrino, y no es descabellada la referencia, porque entonces era alcalde de Madrid, Carlos Arias Navarro.

No era para ganarse premios Pulitzer pero fue la escuela periodística española, cuyas vedettes aún sobreviven convertidas en liberales airados. No les engañen con pendejadas. Guti se formó ahí y en las publicaciones que dirigió, España Pesquera o Carreteras, antes de pasar a Gentleman, Cambio 16 o la etapa agónica de Diario 16, donde su porte no fue precisamente aristocrático. Hizo libros sentidos e imprescindibles sobre Felipe González y Miguel Boyer. Vivió intensamente. Se enfrentó a poderes ante los que otros hubieran salido corriendo. Y detalle de dignidad que le honra: terminó sus días dirigiendo una interesante revista de literatura, Leer, que ninguno de sus detractores hubiera osado ni siquiera abrir.

El periodismo español, muy agostado, pierde a una de sus figuras más representativas. De Busdongo y activista en las filas del nacionalismo leonés, que también existe.

Gregorio Morán

La Vanguardia (26.05.2012)

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