Bruce Springsteen y la politización del fútbol

Una generación de nacionalistas mal criados...

Una generación de nacionalistas mal criados, mal acostumbrados, déspotas y sectarios se creen con derecho a ver los símbolos nacionales de España como indignos de ser respetados y tratar de ultraderechista a cualquiera que no se someta

Es inaudito que los altavoces nacionalistas acusen a Esperanza Aguirre de politizar la final de la copa del Rey. Pero aún lo es más que, los que nunca dicen ni mu y mucho menos escriben cartas indignadas contra los constantes exabruptos de los nacionalistas, lo hagan contra la presidenta de Madrid por incendiaria.

Llevo más de media vida en Cataluña y he visto cómo el deporte, la lengua, la cultura o cualquier otro evento social, han sido politizados hasta la náusea. Viene de lejos. En 1981 llenaron el Camp Nou para cerrarles la boca a todos los ciudadanos de Cataluña que habían firmado el «Manifiesto por la igualdad de los derechos lingüísticos de Cataluña». El fútbol, el Barça, al servicio del grito, «Som una nació». Servía para politizar la lengua a través del deporte y, a la vez, para despreciar los derechos individuales de los ciudadanos. Sin embargo, ya por entonces Pujol denunció a los firmantes de politizar la lengua. El cinismo del verdugo que pretende pasar por víctima.

Desde entonces hasta hoy el mismo fascismo postmoderno; ellos pueden quemar banderas españolas, despreciar el himno nacional, difundir que España nos roba, acusar al Estado de expolio fiscal, hacer un referéndum ilegal por la independencia camuflado tras una consulta popular, amenazar con instituir una hacienda propia, llenar estadios con banderas, gritos e insultos contra España, votar la insumisión a las sentencias de los Tribunales para seguir prohibiendo el español como lengua docente, y siempre mezclarlo todo con eventos deportivos y culturales, donde el Barça es más que un club. A pesar de todo esto y más, tienen la barra de acusar a otros de politizar la final de fútbol de mañana entre el Athletic y el Barça, cuando fueron los propios diputados nacionalistas quienes primero llamaron a silbar al himno nacional desde las escalinatas del Congreso y convertir el estadio en clamor contra España. No quiero ni pensar lo que pasaría si en Cataluña, en cualquier estadio, manifestación, acto cultural etc. se pitara Els Segadors y se insultara a Cataluña…

Una generación de nacionalistas mal criados, mal acostumbrados, déspotas y sectarios se creen con derecho a ver los símbolos nacionales de España como indignos de ser respetados, y sin embargo, tratar de ultraderechista a cualquiera que no muestre sumisión a sus ritos y símbolos. Si Falange Española es la ultraderecha por defender los símbolos nacionales, lo es el presidente de la Generalitat y todos y cada uno de los nacionalistas de Cataluña. Tienen el mismo discurso, agitado por banderas diferentes. Han generado ya suficiente literatura política para avalar esta tesis. En Cataluña la ultraderecha se deriva del totalitarismo nacionalista, porque no otra cosa es la limpieza lingüística, el sectarismo contra cualquier manifestación cultural o política españolas, el rechazo a los símbolos constitucionales, la insumisión a las sentencias de los tribunales, las amenazas y los chantajes contra la legalidad democrática, o el acoso moral contra todos los que no claudiquen ante la religión nacionalista subvencionada…

El pasado 18 de Mayo asistí al último concierto que Bruce Springsteen hizo en Barcelona. Toda una metáfora, sólo la bandera catalana y la americana a cada lado del escenario. Ni una palabra en español salió de la voz ronca del «Boss», ni un saludo escueto a España, pero muchos a Cataluña. Estaba bien aleccionado. Incluso se atrevió a dedicar una canción «a los que luchan en Cataluña». Sentí lástima por el «Jefe». Pasó de la genialidad musical al ridículo político sin darse cuenta que lo habían instrumentalizando. No es una crítica al cantante, es la obsesión catalanista por utilizar cualquier evento deportivo o cultural para plasmar que en Cataluña no existe España. Los promotores del evento y las instituciones cuidan con mimo estos detalles. Desde hace mucho tiempo han querido instrumentalizar a grandes figuras internacionales de la canción, el cine o a cualquier celebridad para difundir su discursito virtual fuera de nuestras fronteras. Desde Bill Gates y Woody Allen a Steven Spielberg. Con este último pretendieron que dirigiera una película épica de la nación catalana con Braveheart como modelo. Como en la Feria del libro de Frankfurt de 2007, donde dejaron una millonada por tener pabellón propio para parecer un Estado. Así me lo contó allí mismo su máximo responsable, Josep Bargalló, por entonces director del Institut Ramon Llull. El metro cuadrado costó al erario público catalán 3 veces más que a cualquier Estado para publicitar «la nació» con la disculpa de la literatura. Pero después le echan la culpa a la España que les roba, y montan relojes para evaluarlo cada minuto con campañas con cargo al contribuyente.

Esperanza Aguirre se equivocó al cuestionar la libertad de expresión. En ningún caso erró en recordar la legalidad vigente y sus consecuencias. Tiene ella tanto derecho a la libertad de expresión para defender la legalidad como los independentistas para saltársela. Pero Patxi López, «el valiente», se envalentona con la madrileña. ¿Por ser del PP?, ¿Por ser española? ¿Por no arrugarse ante el acoso nacionalista? Si es por esos detalles, por qué no escribió Patxi López una Carta previa a las organizaciones subvencionadas por el Presidente de la Generalitat al enterarse que convertirían la final de la Copa del Rey en un acto reivindicativo en favor de las selecciones nacionales?

Si cuando en la final de 2009, el actual portavoz del Gobierno de la Generalitat, Francesc Hom, hizo un corte de mangas al himno nacional español, hubieran salido en tromba los líderes políticos españoles para afearle la conducta como lo ha hecho en esta ocasión la presidenta de Madrid, y hubieran repetido la acción cada vez que ningunean la legalidad constitucional, los ciudadanos sabrían dónde están los límites y quiénes son los maltratadores.

Una solución: si los que desprecían a España aprovechan la final para un acto de propaganda contra la legalidad, ¿por qué las instituciones no instalan una megafonía de miles de voltios con aplausos para tapar el agravio a la ley? Libertad de expresión por libertad de expresión, prefiero la que inspira al Estado de Derecho.

Antonio Robles

Libertad Digital (24.05.2012)

Sé el primero en comentar en «Bruce Springsteen y la politización del fútbol»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Traducción »