Estado de sorpresa

Jóvenes franceses celebran la victoria electoral de Hollande, la misma noche electoral, a los pies de la Columna de Julio en la Plaza de La Bastilla, en París (foto: JACF).

Tras haber entrado en pánico, como en 1981, una parte de la Francia de derechas podría recuperar su ánimo y descubrir al nuevo presidente con una mirada más calmada. Un hombre más competente de lo que habían imaginado, más republicano y más laico de lo que habían temido, y del que su mera elección relanza la perspectiva de una Europa menos austera

Mayo de 2012 no tiene exactamente el mismo aroma que mayo de 1981 [fecha de la primera victoria de Mitterrand en las presidenciales]. A los franceses de izquierdas les alivia el hecho de tener en breve un Gobierno que se les parece. A los más jóvenes les deslumbra que su presidente se dirija a ellos, en lugar de desconfiar de ellos. Pero el contexto es bien diferente.

La juventud no sueña con un mundo nuevo, sino con un mundo menos malo. Con palabras tranquilizadoras y con hechos justos. Con encontrar vivienda, y si es posible, un empleo. Los jóvenes saben bien que el nuevo presidente no lo puede todo y, de hecho, ese es uno de los milagros de su campaña: no ha prometido gran cosa, salvo hacer lo posible, pese al déficit, para relanzar el crecimiento y proteger lo que se pueda. No atizar las tensiones inútiles ni las malas pasiones, sino mostrarse ejemplar y unificador. ¿Se puede ser menos revolucionario y más consensual?

Y sin embargo, ciertos franceses de derechas son presa del pánico, como en 1981. Están tan poco habituados a la alternancia presidencial que casi olvidan que los franceses de izquierdas son también Francia… las últimas semanas de campaña no han ayudado en nada. Tras la elección, Nicolas Sarkozy no ha tenido ningún problema en abandonar los hábitos de candidato de confrontación para tocar la partición de la continuidad republicana. No es tan fácil para su público. A los fantasmas agitados durante la campaña se añade un rechazo casi físico por la Francia de izquierdas, que se vuelve desconfianza antidemocrática.

La alcaldesa UMP de Aix-en-ProvenceMaryse Joissains-Masini, ha ilustrado esta posición hasta la caricatura, manifestando su repugnancia hacia el nuevo presidente a través de la cámara de un medio de comunicación local. Una entrevista de lo más chocante, en la que afirma no sentirse obligada por la elección de un hombre votado por sufragio universal. Juzga al nuevo presidente “ilegítimo”, incluso “peligroso para la República”, porque es de izquierdas; indica que no lo encuentra guapo y que tiene unos “brazos pequeños”. Se alegra de que algunos habitantes de Aix propugnen la desobediencia civil, por ejemplo rechazando pagar sus impuestos, dice estar preparada para el “combate” y pretende incluso ¡plantear un recurso de anulación contra las elecciones presidenciales!

Una marisma de populismo

Sería para sonreírse si estas declaraciones no vinieran de una representante electa de la República, y si ellas no dejaran traslucir una marisma de populismo preparada para alimentar la marea bleu Marine [azul marino, juego de palabras con nombre de la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen] que amenaza con llevarse por delante a la derecha republicana en ciertas regiones de Francia.

Pero hay un escenario más optimista. Tras haber entrado en pánico, como en 1981, una parte de la Francia de derechas podría recuperar su ánimo y descubrir al nuevo presidente con una mirada más calmada. Un hombre más competente de lo que habían imaginado, más republicano y más laico de lo que habían temido, y del que su mera elección relanza la perspectiva de una Europa menos austera.

No habrá estado de gracia para el nuevo presidente, pero quizá haya un estado de sorpresa. Nicolas Sarkozy fue elegido en medio del fervor, por una Francia que esperaba mucho de él y que resultó, en consecuencia, terriblemente decepcionada. François Hollande ha sido elegido por una Francia de izquierdas que espera poco y por una Francia de derechas preventivamente horrorizada. En el fondo, las sorpresas solo pueden ser para bien.

Caroline Fourest es profesora en el Instituto de Ciencias Políticas de París, Sciences-Po París, y redactora jefe de la revista feminista Pro-Choix

[Artículo publicado en Le Monde el pasado 11 de mayo. Reproducido en español con autorización de la autora. Traducción de Juan Antonio Cordero Fuertes]

La voz de Barcelona (15.05.2012)

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