El Rey afronta dos semanas de pesadilla que pueden agravar la crisis de la Corona

El rey Don Juan Carlos, en una imagen de archivo. (Efe)

Bodas de oro, Copa del Rey, Aniversario de Isabel II, Diego Torres…

Stop corrupciónJosé L. Lobo.- De no ser porque lo que está en juego es el futuro mismo de la Jefatura del Estado, al Rey y a la institución que representa se les podría aplicar la burlona -y fatídica- ley de Murphy, según la cual cualquier situación, por mala que sea, siempre es susceptible de empeorar. Don Juan Carlos, noqueado por una caída en picado de su popularidad, que se ha llevado por delante gran parte del prestigio de la Corona, afronta desde hoy dos semanas de pesadilla que pueden ahondar aún más la crisis sin precedentes que sacude al palacio de La Zarzuela.

El calendario es implacable: los 50 años de la boda de los Reyes, que se cumplen hoy y que nadie -empezando por ellos mismos- quiere celebrar; el 60 aniversario de la coronación de Isabel II de Inglaterra, este viernes, al que Doña Sofía acudirá sola y en soledad; la bomba de relojería de Diego Torres, antiguo socio de Iñaki Urdangarín, que puede estallar en cualquier momento pese a que su declaración judicial de la próxima semana ha sido aplazada; la final de la Copa del Rey entre el Barça y el Athletic del día 25, que, más allá de las seguras proclamas independentistas de una parte de ambas aficiones, servirá de termómetro del malestar popular hacia la Corona…
Como un fatídico adelanto de lo que está por venir, el fin de semana ya amaneció con negros nubarrones sobre La Zarzuela. Tras el fallecimiento, el pasado jueves, de Juan María Urdangarín, padre del duque de Palma, Don Juan Carlos y su número dos, Rafael Spottorno, se despertaron el viernes con un nuevo quebradero de cabeza que resolver: ¿qué perfil institucional debía adoptar la Casa del Rey en el funeral del suegro de la infanta Cristina de Borbón, hija menor del monarca? Éste, que aún se recupera de la operación de cadera por el accidente sufrido en la cacería de Botsuana, podía excusar su asistencia; pero, ¿y los Príncipes de Asturias?
La decisión fue largamente meditada, pero finalmente Felipe de Borbón y su esposa, Letizia Ortiz, no acudieron a Vitoria. Viajar a la capital alavesa para dar el pésame a la familia Urdangarín habría sido visto por buena parte de la opinión pública como un gesto de magnanimidad del heredero de la Corona, capaz de mostrarse cálido y humano pese al abismo que lo separa de su cuñado a raíz del caso Urdangarín; pero también podría ser interpretado como una señal de indulgencia y acercamiento al duque de Palma, enfrentado al Rey y al Príncipe por su pretendido pacto con la Fiscalía para evitar la cárcel. Al final pesó más la razón de Estado, y sólo la Reina y la infanta Elena de Borbón se sumaron al duelo.
En el peor momento
 
Las bodas de oro de los Reyes -que se casaron en Atenas el 14 de mayo de 1962- han llegado en el peor momento. El caso Urdangarín, el safari en Botsuana, el accidente de caza de Felipe Juan Froilán, la irrupción en escena de la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein, los enfrentamientos y desavenencias familiares y, en definitiva, la crisis matrimonial que atraviesan los Reyes han terminado por arruinar una celebración que, lejos de circunscribirse a la esfera privada, habría servido en otras circunstancias para reforzar los valores supuestamente inherentes a la familia real: unidad, estabilidad, permanencia…
Esa quiebra de facto del matrimonio real volverá a hacerse visible el próximo viernes con motivo del 60º aniversario de la coronación de Isabel II, al que acudirán los titulares de todas las casas reales europeas, reinantes o no. El Rey, escudándose de nuevo en su estado de salud, no viajará a Londres para agasajar a la soberana británica, un gesto que, sumado al hecho de que la abuela paterna de Don Juan Carlos era nieta de la reina Victoria de Inglaterra, podría ser considerado allí como una pequeña afrenta. Sí asistirá Doña Sofía, aunque su presencia en los fastos se limitará al almuerzo que se celebrará el mismo viernes en el castillo de Windsor, en Berkshire. Pero la ausencia del Rey hará que las razones que justifican esa deserción resulten aún más evidentes.
Cuatro días después, el martes 22, Diego Torres debía declarar ante el juez instructor del caso Urdangarín, José Castro. La suspensión a última hora de esa comparecencia -a petición de aquél- habrá supuesto, sin duda, un alivio momentáneo para la Casa del Rey, muy preocupada ante las poco veladas advertencias del ex número dos del Instituto Nóos y su abogado, Manuel González Peeters, que habían amenazado con desvelar el contenido de decenas de correos electrónicos supuestamente comprometedores para la monarquía cruzados entre Urdangarín y Torres.
Pero el aplazamiento del testimonio de Torres puede acabar volviéndose en contra de los intereses de la Casa del Rey. No sólo porque el ex socio de Urdangarín podría cambiar de estrategia en cualquier momento y pedir de nuevo al juez su comparecencia, sino porque la suspensión de esa declaración puede ser interpretada como un intento de ambos ex socios por ganar tiempo para negociar una salida. Y ésta pasaría por que el duque de Palma compre el silencio de Torres o, lo que aún irritaría más a la opinión pública, por un pacto con el fiscal que les libre de la cárcel a cambio de devolver una parte del dinero malversado. Dos escenarios que se parecen mucho a un apaño, y que, de llegar a materializarse, harían inevitable la sospecha de que detrás ha habido una intervención directa de La Zarzuela.
Protagonismo… y desgaste
 
A la penúltima estación de ese via crucis se llegará el viernes 25, fecha marcada en el calendario para la final de la Copa del Rey, que enfrentará en el estadio Vicente Calderón de Madrid al FC Barcelona y al Athletic de Bilbao. La Zarzuela aún no ha confirmado si Don Juan Carlos presidirá el partido, su partido, pero todo parece indicar que será el heredero de la Corona quien asuma el protagonismo… y el desgaste. Ambos equipos ya jugaron la final de 2009, que siempre será recordada por la sonora pitada que las dos aficiones dedicaron al himno de España, y que TVE censuró.
Se da por hecho que en la edición de este año volverán a reproducirse las pitadas al himno nacional y las proclamas soberanistas de una parte del graderío. Pero está por ver si esos abucheos se dirigen también -o principalmente- al Rey o, en su ausencia, al Príncipe de Asturias. Éste ya entregó en 2010 el trofeo que lleva el nombre de su padre debido a la convalecencia del monarca tras una operación de pulmón, pero entonces se enfrentaron en el terreno de juego el Atlético de Madrid y el Sevilla. Y, sobre todo, las circunstancias que rodeaban al jefe del Estado y a la monarquía hace dos años eran muy distintas a las actuales. 
El Confidencial (14.05.2012)

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