¿Qué hacemos con nuestros banqueros? (I)

Rodrigo Rato

Una democracia feudal al servicio de los poderosos: El poder económico tiene cogidos a los partidos políticos, a los medios de comunicación, y de manera colateral a cualquier pensador que pudiera ser independiente y que sabe lo que se juega si denuncia esta inmundicia 

Tengo la obligación ética de anunciar que estoy dispuesto a ejercer mi rebelión contra el pensamiento establecido. Lo hago desde una profunda indignación que solo logro amortiguar cuando escribo lo que me place o intervengo en programas de radio sin renunciar a esa rebeldía profunda de la que me siento modestamente orgulloso. Estamos en un punto crítico en donde lo evidente, lo demostrado, cuesta un gran esfuerzo manifestar. El dogma está amortizando la capacidad crítica de una sociedad donde sus élites y sus intelectuales han abdicado de la responsabilidad crítica y la reivindicación de la utopía. El inmenso poder de la Banca condiciona las conductas de quienes debieran denunciar los abusos que forman parte de la nueva ética social: la de la conveniencia.

El poder económico tiene cogidos a los partidos políticos, a los medios de comunicación, y de manera colateral a cualquier pensador que pudiera ser independiente y que sabe lo que se juega si denuncia esta inmundicia.  Sesudos editoriales de El País defienden los intereses de la Banca, desde sus deudas de más de tres mil quinientos millones de euros (56.00 millones de las antiguas pesetas) que es metafísicamente imposible que puedan devolver con su negocio editorial. Eso no es óbice para que el consejero delegado de Prisa, Juan Luis Cebrián, se adjudique retribuciones millonarias por haber llevado a una situación técnica de quiebra a una empresa que no va a tener corazón con el ERE a sus trabajadores.

Esta sociedad no es solo injusta, sino además ya es intransitable. El modelo económico, agudizado en su carácter neoliberal desde la caída del Muro de Berlín, ha fracasado, excepto momentáneamente para esa minoría que se sigue enriqueciendo de una manera espuria con sus especulaciones financieras, que no tienen en absoluto carácter productivo.

Los avances de la humanidad hacia una concepción del estado que garantizase derechos fundamentales está sucumbiendo a la defensa de los derechos individuales: una coartada de este liberalismo para garantizar los privilegios y aumentar exponencialmente las desigualdades.

La desregulación de los mercados establecida a finales de los ochenta, ha permitido campar a sus anchas a los grandes ejecutivos de la Banca en todos los países occidentales. Ni siquiera son propietarios de las instituciones que administran sin control efectivo, siquiera, de los accionistas. Los consejos de administración, ocupados por minorías llamadas “núcleos duros” han establecido un sistema de cooptación de supuestos hombres de negocios excepcionalmente brillantes que se auto adjudican remuneraciones astronómicas. La justificación es que generan riqueza para la empresa y deben ser recompensados con primas y bonus. Forman una élite no sometida al control  efectivo del estado. Se ha establecido la no intervención pública en los ámbitos empresariales al calor de esa concepción ultraliberal de que las empresas solo responden ante sus juntas generales.

Estos individuos, ajenos a la realidad de sus sociedades, viven en mundos inaccesibles con retribuciones de decenas de millones de euros al año. A ellos no les afecta la reforma laboral, ni ningún otro instrumento de austeridad que sufren el común de los ciudadanos. La ejemplaridad que se les supone a las clases dirigentes ha dejado de existir. Ni el Rey ni ninguno de los poderosos que forma parte de esta oligarquía económica neo feudal, está concernido por los sacrificios que se exigen a la población. Estamos en una nueva época Feudal en el que estos señores de las finanzas viven en unas burbujas de riqueza que son inaceptables en la concepción de un estado verdaderamente democrático. No tienen pudor en exhibir sus privilegios. Y tienen corifeos que les alaban sus retribuciones en función del supuesto valor añadido que le dan a sus empresas.

Estos liberales a ultranza se vuelven socialistas (aparentemente) cuando sus empresas están en apuros. Entonces, el chantaje se manifiesta en proclamar que la quiebra de sus empresas sería una tragedia para el conjunto de la sociedad. Y el estado, sea del color que sea el gobierno que ocupe el poder, corre a socorrer a estas empresas. Con dos condiciones añadidas. Jamás pagan estos ejecutivos por sus errores, sin ni siquiera devolver sus fabulosas retribuciones por unos éxitos que ha devenido en catástrofe. Y, por supuesto, sin establecer una regulación que limite sus excesos y controle la gestión de empresas que al final recaban dinero público.

Algunos ejemplos insoportables: José Ignacio Gorigoilzarri se prejubiló del BBVA con un fondo de pensiones ejecutado de más de cincuenta millones de euros (8300 millones de las antiguas pesetas) y además una pensión de 3 millones de euros anuales (500 millones de las antiguas pesetas al año). Ahora es reclamado para ponerse al frente de Bankia. ¿Un jubilado autorizado a trabajar? Será contagiosa esta medida para el resto de los trabajadores.

¿Donde están las responsabilidades de los conductores de Bankia a la catástrofe? ¿Qué ha sido de Miguel Blesa, íntimo amigo de José María Aznar, colocado al frente de ese conglomerado político que era Caja Madrid? ¿Qué tiene que decir Esperanza Aguirre, madre política de este conglomerado financiero al servicio de los intereses del PP de Madrid? ¿Qué tienen que decir los consejeros de los partidos y sindicatos, partícipes de esta locura colectiva?

¿Por qué fue nombrado Rodrigo Rato presidente de Caja Madrid  (con un sueldo inicial de más de tres millones de euros al año) que es el responsable del nacimiento de Bankia, con la absorción de “joyas” económicas como Bancaja, un fondo de corrupción y de amiguismo político en la Comunidad Valenciana gestionada desde tiempo inmemorial por el PP?

 (Continuará)

Carlos Carnicero

Blog de Carlos Carnicero (9.05.2012)

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