El catalanismo y De Carreras

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Asear el término catalanista, cuando ha sido el Caballo de Troya para que entre y se instale sin que se note el cuidado toda la soldadesca soberanista, es un ejercicio de buena fe no exento de irresponsabilidad

Es muy difícil en tiempo de levas y trincheras, matizar los comportamientos o ponerles palabras clarificadoras. Fransesc de Carreras, hombre racional y sensato ha sido demasiado condescendiente al distinguir en su artículo Patriotismo y nacionalismo, de La Vanguardia, entre dos conceptos prostituidos: catalanismo y nacionalismo.

Si en un tiempo tuvo sentido la distinción, hoy carece por completo de ella; no sólo porque los dos términos son instrumentos destacados de la exclusión identitaria, sino porque asignarles el papel de policía bueno y policía malo es cooperar a perpetuar el engaño en partidos con comportamientos nacionalistas que, sin embargo, se declaran catalanistas. Caso del PSC.

Tú mismo, Francesc, acuñaste (¿o fue Iván Tubau?) las siglas del PUC (Partido Único Catalán) para designar el comadreo de todos los partidos, a excepción del PP catalán y Ciudadanos, en la omertá nacionalista. Volver a recuperar el concepto catalanista para distinguir entre catalanes razonables y odiosos es permitirle al PSC continuar comportándose como nacionalista, pero sin que se note. Es seguir con la confusión, y facilitarles a todos los que se sienten incómodos fuera de las murallas, acogerse a sagrado.

Hace ahora un año, publiqué un artículo sobre la degeneración de estos términos. Se titulaba La santísima Trinidad: catalanismo, nacionalismo e independentismo. En él defino los términos, su recorrido histórico y su significado actual. Quien tenga interés en ver las razones por las que no estoy de acuerdo con la visión de Francesc, le recomiendo su lectura.

Es verdad que la labor de un intelectual y el deber de todo ciudadano es evitar la manipulación del lenguaje y de la historia, hacer un esfuerzo de clarificación y denunciar la utilización de símbolos o palabras. Si quieren, devolver los hechos y los significados a su correcto sentido. Pero las palabras y los símbolos se desgastan, para bien y para mal, y a veces devienen lo contrario de lo que fueron. Un ejemplo extremo es el de la cruz del sol y la buena suerte de los hindúes, convertida por el nacionalsocialismo en el símbolo más odiado de la historia, la esvástica.

Para quienes sufrimos la exclusión de derechos en Cataluña, salvar el término catalanista no es respetar su cultura, es disculpar la inmersión, las multas, la pedagogía del odio, el victimismo, los referendos ilegales, el derecho a decidir para que otros no decidan, sacar ventajas económicas en nombre de la diferencia, etc., porque es en su nombre sobre el que se han legitimado social y políticamente. Asear el término catalanista, cuando ha sido el Caballo de Troya para que entre y se instale sin que se note el cuidado toda la soldadesca soberanista, es un ejercicio de buena fe no exento de irresponsabilidad.

No hay que ser catalanista para ser catalán, pero es necesario serlo para impedir con buena conciencia que el hijo del vecino pueda tener el mismo derecho a estudiar en su lengua como el catalanista en la suya; no hay que ser catalanista para ser un ciudadano respetuoso con las leyes y pagar sus impuestos sin considerar que tiene más derechos fiscales por el mero hecho de ser catalán, pero hay que ser catalanista para prevaricar, desacatar y justificar con buena conciencia y cara de indignado, la Constitución y las sentencias judiciales.

El tiempo no pasa en vano, Francesc, y tú eres el mejor ejemplo; no has tenido que ser nada para ser una persona honesta.

Antonio Robles es profesor y ex diputado autonómico

La voz de Barcelona (7.05.2012)

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