La corrala española

Cuadro

Cuando el griterío trata de enfrentarnos y se empeñan en ensanchar las grietas para derribar la casa, yo me rebelo y saco fuerzas para defender nuestra corrala, remozarla y hacerla más confortable. Por eso… ‘Quiero todo esto’, como en el poema de José Agustín Goytisolo, y como el poeta barcelonés ‘quiero que no me maten la ilusión’

Quiero agradecer en primer lugar a la Junta Directiva de la Casa de Madrid y, en especial, a su flamante presidente don Florencio García Cuenca que hayan tenido la ocurrencia de pensar en mí para el pregón de las fiestas de mayo de la Casa de Madrid de Barcelona. Vista la relación de los que me han precedido en el uso del pregón, como diría Radio Futura: ¡Hace falta mucho valor! Pero como acepté encantado y sin rechistar, a lo hecho pecho. Ahí va.

Como un bolero, de aquellos de amor compartido, mi historia es una mezcla de emociones y sentimientos por dos ciudades. Barcelona, la ciudad en que nací y resido, y Madrid, la ciudad en que me hice mayor. Bien es cierto que a lo largo de mi vida he conocido a otras, que también me han dado momentos de felicidad, pero la pasión -lo que se dice pasión de enamorados- solo la he sentido por ellas.

Permítanme que hoy dedique mis palabras a la capital. Descubrí Madrid en un tórrido mes de agosto de 1982. Tenía 23 años, la carrera de Derecho aprobada y superado el periodo de formación de Alférez de Complemento del Cuerpo Jurídico de la Armada en Galicia. Me habían destinado al Cuartel General de la Armada en la calle Montalbán, muy cerca de la Plaza de Cibeles y me esperaban en la capital dos años por delante (finalmente fueron cinco).

Tras llegar a Chamartín, me instalé en la que se conocía y se conoce como la Casa del aviador, una residencia para militares en los bajos del antiguo Ministerio del Ejército del Aire, allá en el distrito de Moncloa. Por poco dinero comías, dormías, te adecentaban la ropa y compartías risas con chistecitos de catalanes y madrileños. Allí, por primera vez en mi vida, me llamaron Pep.

El día de mi llegada lo dedique a pasear. En Madrid, en plena canícula, no se ve ni un alma por las calles salvo unos pocos turistas que, a la que pueden, se refugian en bares y museos en búsqueda del fresquito. La ciudad estaba, por lo tanto, a mi disposición. Barcelona es una ciudad comprimida entre sus dos ríos, la montaña y el mar. Madrid, en cambio, se ensancha y va creciendo sin mesura ni topes. Basta comprobar el Madrid de entonces con el de ahora, en aquellas fechas cuando te ofrecías a acompañar a alguien a su casa y te soltaba que vivía en Moratalaz, se te cambiaba la cara. Ahora, Moratalaz está a tiro de piedra del centro.

En mi bautismo capitalino, tanteé a fondo sus calles, sentí su pálpito y desde el primer minuto Madrid me atrapó. Inicié la ruta en la calle de la Princesa. Al llegar a la Plaza de España saludé a la estatua de Cervantes y quedé empequeñecido ante el que fue el rascacielos más alto de España (ahora parece un liliputiense comparado con sus hermanos del Paseo de la Castellana). Me dirigí callejeando hacía la Plaza de Oriente. Estábamos en los albores de la llegada al Gobierno de Felipe González (PSOE), y todavía la sociedad española padecía las secuelas del intento de golpe de Estado de Tejero. Pisar el escenario en donde Franco, desde el Palacio Real, aleccionaba a los “españoles todos” me impresionó.

De allí, a la Puerta del Sol (donde revisé el famoso kilómetro cero de esa España radial que tanto critican aquellos a los que en realidad lo que les molesta no es el segmento que va del centro a cualquier punto de la circunferencia -eso es el radio- sino que exista la circunferencia). Bajé por la Carrera de San Jerónimo y me acerqué a Daoíz y Velarde, los dos leones que custodian las puertas del Congreso, que representa la soberanía nacional, y que han sido testigos de tantos acontecimientos decisivos en la vida de España. De allí a Neptuno, me embobé ante el Museo del Prado y subí zigzagueando por los Jerónimos y la Real Academia Española hasta llegar al Parque del Retiro. Bordeé el lago, reí con el teatro de títeres y dancé en la glorieta de la sardana, esa a la que los catalanes residentes en Madrid acudían a bailar.

La Puerta de Alcalá me franqueó la entrada al barrio de Salamanca y poco después llegué a la Plaza de Colón, antesala del eje de Madrid, el Paseo de la Castellana. La sucesión de edificios ministeriales y embajadas, ahora también de bancos y entidades de seguros, revelan que el poder está allí. A la altura de la Torre Windsor, la que se quemó en 2005, muy cerca de El Corte Inglés, símbolo de una época que creo que se acerca a su fin, giré hacía Cuatro Caminos en cuyas cercanías había entonces un restaurante que se autodenominaba económico y que respondía a su nombre. Buena prueba de ello era que en aquellos tiempos de apreturas compartíamos mesa estudiantes, mendigos y militares. Desde el barrio de Tetuán, bajé por Bravo Murillo y pasé por el Madrid señorial y pudiente de Cea Bermúdez hasta el Parque del Oeste. Retorné a mi residencia pero… el día todavía no había acabado.

Eran vísperas de las Fiestas de San Lorenzo, ya saben, el día más caluroso del año, y en Lavapiés se disfruta del encadenado de fiestas más largo de España Las de San Cayetano, San Lorenzo y las de la Virgen de la Paloma.

¡Bailes en la corrala! Entonces no tenía ni idea de lo que era una corrala. Ahora sí, un lugar que me gustaría que simbolizase a España, un patio en común con casas de corredor en el que los vecinos, aun con estrechuras y viviendo cada uno en su casa, comparten lo principal: el agua, la ducha, la cocina e incluso el retrete. España como una corrala, una reunión vecinal de españoles que buscan el bien común.

Bueno, tampoco sabía lo que eran ni Lavapiés ni la Latina. El centro del casticismo, hoy parece que ya no tanto. Desubicado, pregunté, ingenuo, al único chulapo con el que me he cruzado en toda mi vida:

– La Corrala, por favor.

Pero que corrala quiés?

– En la que se baila el chotis.

Con ese aire simpático, educado a la vez que retador, -único en el mundo- me lanzó:

Entonces la que es, es la de Miguel Servet.

Se tocó el sombrero, se reforzó el nudo del pañuelo, encorvó la pierna, avanzó el brazo y…

– Escucha, primero Sombrerete, después Tribulete, Provisiones y ya has llegado a la Corrala de Miguel Servet. ¡A entrar y a disfrutar!

Tras ese primer día entré y disfrute de los miles de Madrid que se concentran en un solo Madrid. Comprobé que, efectivamente, como dice el dicho: Madrid es la ciudad en que nadie es forastero, porque entre otras razones, allí casi todo el mundo lo es porque gatos, gatos, lo que se dice gatos, quedan muy poquitos.

Madrid, Madrid, la ciudad que nunca duerme: me sentí torero en capeas, bailé sevillanas, disfruté del flamenco en bares de la Cava Baja, salté en las fiestas de estudiantes en Argüelles, inhalé ese aroma especial que tenía la hierba que algunos quemaban en Malasaña, supe lo que da de sí la casquería cuando se dispone de poco dinero, participé en la movida y frecuenté Rockola, me hice el intelectual en los cines Alphaville y en el Circulo de Bellas Artes, paladeé el mejor teatro clásico, aprendí las reglas del mus que ya he olvidado después de tanto tiempo sin jugar, y… amé, amé a Madrid y Madrid me envolvió con su cielo, que pasaba del azul al ocre en los mejores atardeceres del mundo, los del Templo de Debod mirando hacía la Casa de Campo.

Comí, bebí, disfruté, canté, reí, lloré, leí, también trabajé, y sobre todo me formé. Como ya les dije, Madrid me hizo mayor.

El destino hizo que volviera con mi otro amor, Barcelona, con la que convivo a ratos felices y en otros momentos maltratado. Pero no olvido Madrid y siempre encuentro el hueco para renovar el enamoramiento, descubrir rincones y respirar -sí, respirar- ese aire libre que en mi ciudad, a veces, echo en falta.

Por eso, cuando el griterío trata de enfrentarnos y se empeñan en ensanchar las grietas para derribar la casa, yo me rebelo y saco fuerzas para defender nuestra corrala, remozarla y hacerla más confortable. Por eso…

Quiero que los pueblos catalanes se llenen de madrileños y las villas madrileñas de gente de Gerona, Lérida, Tarragona y Barcelona.

Quiero que los catalanes en Madrid sean madrileños.

Quiero que los madrileños en Cataluña sean catalanes.

Quiero que el Instituto de Estudios Catalanes lo dirija Elvira Lindo.

Quiero que la Real Academia Española la presida Pere Gimferrer.

Quiero que al Real Madrid lo entrene Pep Guardiola y que Míchel sea el presidente del Barcelona.

Quiero que el Espanyol gane la Champions en el Calderón y que el Atlético de Madrid triunfe en la Liga Europea en Cornellá.

Quiero que nardos y claveles se repartan por las Ramblas el 12 de octubre y que las rosas, el 23 de abril, inunden la Gran Vía madrileña con pubillas con cestos apoyados en la cadera.

Quiero que el presidente de la Generalidad lea un bando el 11 de septiembre, en el que como hicieron Villarroel y Casanova en 1714, llame a los catalanes a defender la Patria y la libertad de toda España.

Quiero que la historia de los héroes del Dos de Mayo la represente en Madrid La Fura dels Baus y Els Comediants, aunque creo que eso ya ha pasado.

Quiero que me llamen Pep en Madrid y Pepe en Barcelona.

Quiero que cada uno se llame como le dé la gana y que eso no incomode a nadie.

Quiero que le den a José Tomás la oportunidad de abrir la Monumental, porque la cerró sin querer.

Quiero que Ferrán Adrià abra una tasca en plena Plaza Mayor.

Quiero que Federico Jiménez Losantos vaya a inaugurar la casa de Macià en Las Borjas Blancas y que Pilar Rahola y Àngel Colom se marquen un chotis en las Vistillas.

Quiero que se acabe la crisis y que ninguna familia ni de Sabadell ni de Getafe, ni de ningún sitio, sea lanzada de su casa porque no pueden pagar al casero.

Quiero que Gemma Nierga se enrolle con Alfredo Urdaci.

Quiero que Lluís Llach cante Suspiros de España y que Marujita Díaz haga un musical sobre L’Estaca.

Quiero que las estatuas de Colón de Barcelona y de Madrid se fundan en un abrazo.

Quiero que los monjes de El Escorial y los de Poblet profesen, de verdad, la misma religión.

Quiero que los aromas de Montserrat y el anís de Chinchón se mezclen, hagan una barretxa y colaboren a una buena digestión.

Quiero que Mingote y Perich hagan chistes juntos en el cielo.

Quiero que se acabe ese cuento de “la máquina de hacer independentistas”.

Quiero que se ajusten bien las cuentas y que no haya agravios ni deudas pendientes.

Quiero que la Nacional II sea un paseo peatonal en todo su recorrido, no sólo en el Maresme.

Quiero que acabe la desazón y que los mercados nos dejen ser como nosotros queremos ser.

Quiero que quien esté parado, sea porque no tiene ganas de trabajar o porque le faltan fuerzas.

Quiero que no se ponga en peligro la salud y la vida de los que no son de aquí.

Quiero que Madrid tenga mar y que Barcelona esté en el centro de la península.

Quiero que se identifiquen los distintos colores de España y que se perciban en el mismo cuadro.

Quiero todo esto, como en el poema de José Agustín Goytisolo, y como el poeta barcelonés quiero que no me maten la ilusión.

Finalmente, un último quiero, quiero que cuando alguien pregunte por las Fiestas de San Isidro, un señor de Barcelona, solemnemente, con ese aire elegante que tienen los barceloneses, responda:

Ha d’anar a la Casa de Madrid, una Casa de l’Eixample del carrer Ausias March.

Quan arribi, pugi les escales i obri la porta. Entri i gaudeixi.

Pues eso, a entrar y disfrutar.

José Domingo es presidente de Impulso Ciudadano

[Texto leído en la Casa de Madrid de Barcelona, este jueves 3 de mayo, como pregón de la casa regional]

La voz de Barcelona (4.05.2012)

Sé el primero en comentar en «La corrala española»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Traducción »