Soberanismo, el cuento de la lechera

Leonard Beard 

Los independentistas hablan de las ventajas de la separación, pero esconden los costes que tendría

En las últimas semanas hemos vuelto a comprobar que el debate sobre la cuestión territorial está dominado por dos posiciones que, si bien representan visiones enfrentadas, en la práctica comparten estrategias. Neocentralismo y soberanismo son dos imaginarios regresivos en relación al pacto constitucional, pues propagan la tesis del fracaso del modelo autonómico y comparten el deseo de destruirlo. La gravedad de la situación económica facilita que apelen al bolsillo de los ciudadanos para convencerles de la bondad de sus respectivas recetas. Frente a la crisis, plantean dos quimeras nacionalistas repletas de promesas de bonanza y prosperidad.

El neocentralismo ha convertido el modelo autonómico en el chivo expiatorio del despilfarro público y de la crisis política, incluida la corrupción. Propone el retorno al Estado unitarista. La lenguaraz Esperanza Aguirre expresó hace unos días lo que piensa un sector minoritario pero influyente de la derecha española: que las autonomías devuelvan a la Administración central las principales competencias.

Con ello, supuestamente, nos ahorraríamos una porrada de dinero tan inmensa que casi no habría que hacer recortes. El neocentralismo pretende ignorar que en el mundo contemporáneo la eficiencia de los estados está ligada a la gestión descentralizada de los servicios y recursos. Pensemos, por ejemplo, en el modelo federal alemán. Pero, curiosamente, donde más aplausos ha encontrado la presidenta madrileña no ha sido en su partido, sino en el soberanismo catalán, que no se cansa de vilipendiar el mal llamado café para todos. Artur Mas ha aprovechado la ocasión para marcar nuevamente la diferencia entre las nacionalidades históricas, merecedoras del autogobierno, y las «artificiales», aunque sin precisar cuáles son. Este desatino subraya la regresión que, en términos históricos, representa el soberanismo en relación con el catalanismo optimista e integrador del siglo XX. Supone, además, un desprecio ante unas identidades territoriales que en España son muy complejas, sin menoscabo de la existencia de tres culturas nacionales diferentes de la castellana. Cualquiera que relea los debates constituyentes de 1978 verá que desde Miquel Roca a Jordi Solé Tura, pasando por Joan Reventós, los partidos catalanes defendieron que la autonomía era extensible a todos los pueblos de España sin excepción.

Pese a esta coincidencia con el nacionalismo español más castizo, el objetivo del soberanismo es, evidentemente, otro: la conquista del Estado propio. Ahora bien, tiene enfrente un obstáculo sociológico: resulta que la gran mayoría de los ciudadanos nos sentimos en grados diversos catalanes y españoles. Para superar el muro de la doble identidad, el soberanismo neoliberal no desaprovecha la menor ocasión para socializar argumentos de grueso calibre del tipo: «España nos roba, pero libres haríamos de Catalunya una de las economías más prósperas de Europa». En definitiva, la independencia como una gran panacea, según nos relataba ayer con fruición Xavier Bru de Sala, y en la que, por supuesto, florecerían los millonarios y los parados podrían, en el peor de los casos, convertirse en funcionarios del nuevo Estado.

Este tipo de cuentos de la lechera son de una enorme frivolidad. Primero, porque el relato parte de una premisa falsa: que la legalidad española es lo único que impide proclamar la independencia, pues los catalanes ya estamos casi todos de acuerdo. Segundo, se habla solamente de los fabulosos beneficios de la separación, pero jamás de los costes sociales y económicos de la ruptura y de un periodo de transición indeterminado (¿durante cuánto tiempo nos quedaríamos fuera de la UE?). Seamos serios, por favor. Si alguien deja a sus vecinos porque esgrime que le roban, ¿acaso estos van a seguir saludándole y entrando en su negocio o empresa? Tercero, se esconden informaciones esenciales, como el hecho de que, aunque la economía catalana se ha abierto al mundo y exporta, nuestro superávit comercial únicamente se produce, y de manera muy notable, con el resto de España (www.c-intereg.es). Cuarto, el repetido argumento de las balanzas fiscales esconde matices y sorpresas. Lo hemos visto en relación a los datos del 2009 suministrados torticeramente por el conseller Mas-Colell.

Hay un abanico de cálculos posibles en función del enfoque que se adopte, que va de un déficit de 16.000 millones a un superávit de poco más de 4.000, pasando por otras aproximaciones intermedias igualmente correctas. Hay un dato revelador del que CiU no habla y que indica hasta qué punto hemos de ser prudentes con las cifras. Desde que comenzó la crisis, la Seguridad Social gasta en Catalunya mucho más de lo que recauda: 1.200 millones ya solo en el 2009.

El problema de fondo es que el grueso del soberanismo es neoliberal y, por tanto, considera que cualquier déficit, sea entre grupos sociales o territorios, es ilegítimo. Entre tanto, nos vende un peligroso cuento de la lechera donde solo existen fabulosos beneficios mientras esconde los costes económicos, sociales y políticos de la ruptura. ¿Acabaremos por tropezar? Historiador.

Joaquim Coll, historiador

El Periódico (12.04.2012)

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