¿Pero qué estamos haciendo?

Escuela en catalán 

Los niños de la inmersión son así, catalanoides clónicos sin genialidad ninguna, dóciles al programa de reciclaje identitario, seres melifluos con un chip implantado que los hace “normales”. Luego felices… Analicen lo que dice la carta, y verán la perversidad del sistema de inmersión.   

Vean esta carta aparecida el 13 de marzo en La Vanguardia. Dice, traducida: “Soy un chico de 20 años nacido en Cataluña de padres venidos de fuera. La lengua que se habla en mi casa es el castellano, pero mi lengua es el catalán. No estoy seguro de que el sistema educativo que tenemos sea el mejor o no. Solo tengo ganas de mostrar mi agradecimiento por la educación que he recibido. Gracias a mi escuela he aprendido la lengua, la cultura, la poesía y las tradiciones de mi país.

Todavía recuerdo cuando dije mis primeras palabras en catalán. Tendría unos cuatro años y estaba en el patio jugando con mis compañeros. Siempre había hablado en castellano con mis amigos, y ellos siempre me habían hablado en catalán. Desde entonces ha sido la lengua que he utilizado siempre en mi entorno de amistades. A pesar de ello, nunca he dejado de hablar en castellano, y, por si no fuera suficiente, también domino el inglés.

Ahora, cuando pienso qué habría sido de mí si no se hubiera hablado en catalán en la escuela fuera de las horas correspondientes a la materia, solo soy capaz de sentir tristeza por todas las carencias que tendría, y no sé hasta qué punto las habría podido recuperar. De no ser por la escuela, no habría aprendido ni habría adquirido la identidad que tengo ahora. Es lo que he recibido, y lo que quisiera para mis hijos.”

Impresionante. Con sencillez, sin estridencias, pero con la triste sumisión del meteco agradecido, esta carta expresa puntualmente la barbaridad que estamos haciendo en la escuela catalana. Los niños de la inmersión son así, catalanoides clónicos sin genialidad ninguna, dóciles al programa de reciclaje identitario, seres melifluos con un chip implantado que los hace “normales”. Luego felices.

Analicen lo que dice la carta, y verán la perversidad del sistema de inmersión. Y se explicarán por qué algo tan antipedagógico, tan antipolítico, tan antisocial, tan impresentable desde todos los puntos de vista, para el catalanismo resulta innegociable, una línea roja “esencial para la supervivencia de Cataluña”. No se trata de aprender el catalán, sino de reprogramar a los castellanohablantes: que sepan que hablar castellano y ser catalán son incompatibles, que si quieren ser algo en la vida deben abandonar el castellano y adoptar el catalán, su verdadera lengua. “En casa se habla castellano, pero mi lengua es el catalán”. Fíjense en el “momento sagrado” del paso al catalán: tiene todos los ingredientes del rito iniciático del bautismo, el momento en que uno se purifica esencialmente, abandona el pecado original y se convierte en un ser iluminado y redimido. Y fíjense en la tristeza ontológica que le invade al catecúmeno si se imagina a sí mismo fuera del “estado de gracia”, fuera de “la lengua, la cultura, la poesía y las tradiciones de mi país”. Antes se le llamaba filosóficamente “horror vacui”.

Esto es lo que estamos haciendo en las escuelas catalanas. En todas las escuelas, en todas las aulas, cada día del año, con todos los maestros, con todos los niños, el tema de la lengua está presente y vigente. En vez de quitarle hierro a lo identitario, en vez de tratar las lenguas diferentes como indiferentes, es decir, con igualdad, estamos alimentando la importancia infinita de lo que somos, de lo que hablamos. Lo trascendente de verdad no es lo que digamos, sino en qué lengua lo decimos. Ese es el mensaje de la inmersión: la lengua no es indiferente. La lengua es esencial. Es lo esencial.

No se crean nada de la propaganda oficial. Este es un tema teologal, de creencias, y por lo tanto no atiende a razones. Los discrepantes pasan automáticamente a la categoría de infieles, apóstatas y herejes. No se crean que de lo que se trata es de “tener un buen conocimiento de las dos lenguas”, ni de “garantizar la cohesión social”, ni de “promocionar a los castellanohablantes”. No se crean lo de que “no hay problemas de lengua”. Desconfíen si les acusan de “querer enturbiar la convivencia”. A estas alturas, los que se creen estas bobadas son tan culpables o más que los que las formulan, las articulan y las distribuyen. En fin, que cuando se arme un follón, que se armará, solo deseo que quien esté al cargo de esto tenga la lucidez de corregir el rumbo con equidad y con sentido común. No con sentido “de país”: no, por favor.

Jesús Royo Arpón, Presidente de Ágora Socialista, es profesor de Instituto de Secundaria y ex militante del PSC.  La mayor parte de su vida docente ha sido catedrático de Lengua Catalana.

Ágora Socialista (21.03.2012)

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