El racismo existe, las “razas” no

El racismo existe, las  

En Francia, no denomina únicamente el color de piel; también refleja una ideología según la cual los seres humanos no forman todos parte de una misma especie debido a sus diferencias de aspecto. Esta idea inconsciente es difícil de erradicar. ¿Cómo combatirla? Explicando que las razas no existen. Pero, ¿cómo convencer de esto cuando el propio término figura en nuestra Constitución francesa de 1958?

François Hollande quiere suprimir el término ‘raza’ de la Constitución francesa. A Nicolas Sarkozy, esta propuesta le resulta “ridícula”. Esta guerra terminológica esconde una divergencia mucho más profunda de lo que parece, entre un candidato de izquierdas que cree en el derecho a la indiferencia, situado en el núcleo del modelo republicano francés, y un candidato de derechas que prefiere fomentar el derecho a la diferencia, siguiendo una moda más anglosajona.

El derecho a la diferencia parte del principio de que los seres humanos son diferentes, por su color de piel o su origen étnico, pero hay que tratarlos con equidad. Es el matiz que adopta el antirracismo norteamericano, a veces más eficaz pero también menos sutil que el antirracismo francés. En vez de rechazar las categorías de la segregación racial, el antirracismo estadounidense ha luchado sobre todo por obtener un reequilibrio comunitario: la comunidad negra, y posteriormente otras comunidades, se han movilizado -en ocasiones, rivalizando entre ellas- para conseguir medidas de discriminación positiva en función de la ‘raza’. Algo que puede parecer eficaz a corto plazo, para hacer emerger algunos modelos, pero que no cambia necesariamente la mentalidad de todo el mundo, en particular en la América blanca profunda.

En Francia, el desafío es diferente. El antirracismo de los últimos sesenta años no se ha construido frente a la segregación sino contra el exterminio, rechazando las categorías del nazismo. El término ‘raza’ no tiene tampoco las mismas connotaciones en inglés que en francés. Aquí, en Francia, no denomina únicamente el color de piel; también refleja una ideología según la cual los seres humanos no forman todos parte de una misma especie debido a sus diferencias de aspecto. Esta idea inconsciente es difícil de erradicar. ¿Cómo combatirla? Explicando que las razas no existen. Pero, ¿cómo convencer de esto cuando el propio término figura en la Constitución de 1958? Los resistentes (dirigentes de la Resistencia francesa al nazismo y al régimen colaboracionista de Vichy, que tomaron el poder en Francia tras la victoria aliada) que inscribieron el término no se equivocaban, sino todo lo contrario, cuando quisieron elevar a principio constitucional la igualdad entre ciudadanos ‘sin distinción de raza’ (artículo 1). Pero no podían tomar aún la distancia necesaria para emanciparse del vocabulario de su propia época. Es hora de romper esa cadena y pasar página.

Desmontar los prejuicios

Nadie dice que la supresión del término ‘raza’ en la Constitución vaya a acabar con el racismo. Se trata de intentar desmontar los prejuicios que yacen en el origen de las discriminaciones, que no es poco. Y es bastante mejor que querer inscribir el término ‘diversidad’ en la Constitución, como en su momento pretendió el presidente saliente Nicolas Sarkozy. Con la excusa de poner en valor la diversidad, la iniciativa pretendía sobre todo permitir la creación de estadísticas étnicas (prohibidas en 2007 por el Consejo Constitucional francés en base al actual redactado de la Constitución, en la decisión 2007-557) y reconocer el derecho a la diferencia. En el peor caso, esta consagración habría reforzado los estereotipos. En el mejor, habría servido para crear un espejismo: unos cuantos símbolos de la diversidad, expuestos de forma casi exótica, ocultando un bosque de renuncias a una igualdad de oportunidades… mucho más difícil de garantizar.

Al querer suprimir el término ‘raza’, al situar la igualdad en el núcleo de su programa presidencial, al proponer la financiación de ‘empleos de futuro’ en los barrios ‘prioritarios’ -que no ‘sensibles’-, es decir los suburbios populares alrededor de los grandes núcleos urbanos franceses, donde se concentra la mayor parte de la población más desfavorecida, François Hollande conecta con lo que la tradición republicana igualitaria tiene de más ambicioso. Algo que está lejos de resultar ridículo.

Caroline Fourest es profesora en el Instituto de Ciencias Políticas de París, Sciences-Po París, y redactora jefe de la revista feminista Pro-Choix

[Artículo publicado en Le Monde el pasado 17 de marzo. Reproducido en español con autorización de la autora. Traducción de Juan Antonio Cordero Fuertes]

La voz de Barcelona (20.03.2012)

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