Trilogía de la ocupación

Patrick Modiano 

Nosotros tenemos una escasa y humilde novelística sobre los tiempos oscuros, sobre el fascismo y la tiranía

Cuando un país tiene un jefe de policía que define como “el enemigo” a los estudiantes que protestan, eso tiene un valor, no es ninguna excentricidad y exige un análisis. El cese que se merece ese energúmeno es algo tan obvio que me da igual a dónde le envíen, siempre que sean oficinas. Ahora que se ha puesto de moda el policía obsesivo, al tiempo delincuente y justiciero, deberíamos dedicarles una reflexión: están llamados a ser mucho más importantes que nuestros políticos. Lo están siendo ya. Si somos una sociedad democrática, cosa de la que tengo muy serias dudas, me es indiferente a dónde le manden, si la patada se la dan hacia arriba o hacia abajo, pero hombres así son un peligro. Son de esos que jamás utilizarían el término “enemigo” para designar a la mafia. Se limitarían a definirla como “delincuencia internacional”. Si me inquieta desde siempre el mundo policial es por una evidencia: no hay ciudadanos de uniforme. Siervos o verdugos.

Pero además existe un problema de lenguaje. No acertamos a definir las cosas; se nos escapan en una terminología torpe, rotunda pero imprecisa, sin matices. Y eso abarca incluso nuestra literatura. La ambigüedad de todo ejercicio literario se nos ha escapado y sucede que te basta apenas con leer las veinte primeras páginas de una novela para saber dónde está situado el autor, qué me vende. Tenemos la literatura más efímera, me temo, que conocieron los tiempos.

Quizá se deba a que esquivamos la tradición –es una hipótesis– y que la Guerra Civil quebró ese entramado sutil que consiente que cada generación de escritores pueda romper con sus maestros al tiempo que los hacen suyos, y los superan, o lo intentan. Lo pensaba mientras leía ese ejercicio de talento literario que es la Trilogía de la ocupación de Patrick Modiano. Obra de un veinteañero que abre un pasadizo insólito, de apariencia nada rupturista, ejerciendo la singularidad de un escritura ambigua y luminosa; personajes en el límite, enmarcados en una época tan poco dada a la evocación y la nostalgia como la ocupación nazi de Francia. Son tres novelas: El lugar de la estrella, La ronda nocturna y Los paseos de circunvalación. En ninguna recuerdo haber encontrado las palabras de la evidencia; ni nazi, ni fascista. Y sin embargo están presentes, con un protagonismo absoluto.

No soy un “modiniano”, que es como se dice de los apasionados de ese escritor francés, discreto de modales y poco inclinado a la exhibición; algo de agradecer en un mundo donde lo dominante es el espectáculo del autor y donde la obra hay que contemplarla tras la decisión chismorrera de si te cae bien o mal ese fantasma que habla con desparpajo de sí mismo. Soy sencillamente un lector capaz de disfrutar de un libro inusual, como esta Trilogía de la ocupación (Anagrama), recién reaparecida, vieja ya de cuarenta años, pero que se lee con la fruición de una novedad.

Quizá debería reconocer que no me entusiasma Modiano pero que disfruto al leerle. Hijo de un judío, estafador de poca monta, y una actriz belga de menor cuantía, huérfano de familia por trayectoria, nacido ya cuando la guerra en Francia había terminado, reconstruye, no un período siniestro de la historia sino un ambiente, la inclasificable atmósfera de la ocupación nazi de París y la fauna arriscada que surge con ella. La luz. Los franceses tienen muchas palabras para expresar la luminosidad. Bastaría la legendaria referencia a París y su luz. Me impresionó saber de la obsesión de Modiano por un filme de iluminaciones inquietantes, El tercer hombre.

Una de esas películas que uno no se cansa de ver. La interpretación histriónica de Orson Welles, la mirada de Marina Vladi, el candor de Joseph Cotten, incluso la gracia instrumental de Anton Karas transformado en músico de angustias. Y el guión de ese Graham Greene pasadas las tortuosas inquietudes de sus libros primeros, que leímos y sufrimos hace ya tanto tiempo. (Intenten leer de nuevo El poder y la gloria y sabrán lo que vale un peine). Pero por encima de todo está la luz. Se podría hacer un trabajo precioso sobre la iluminación de El tercer hombre; el éxito del fotógrafo Krasler y la gloria del director Carol Reed.

¿Cómo se ilumina una novela? Es algo en lo que nunca había pensado hasta leer la Trilogía de Modiano. Porque él lo logra y sobradamente en los tres relatos, y “por de más”, puesto que en el último, Los paseos de circunvalación, alcanza la excelencia derrochando focos y luces, atenuadas, veladas o circenses. Esos planos, sin secuencia, de escenas callejeras –otra herencia cinematográfica que el propio Modiano admite como capital en el proceso de su aprendizaje literario–, y que consigue la buena literatura y con menos frecuencia el cine. La diferencia abismal entre una imagen y una frase, entre una secuencia y un párrafo.

Una escritura con carácter. Eso que consagra a un escritor y que para nosotros no es nuevo; los caracteres es una constante de nuestra literatura. Lo insólito es la luz. Nosotros tenemos una escasa y humilde novelística sobre los tiempos oscuros, sobre el fascismo y la tiranía. Muchos intentos y pocos logros. Hay siempre carácter, mucho carácter. Cela y La colmena sigue siendo un referente obligado. Luego Tiempo de silencio de Martín Santos, una obra maestra, lo sigo pensando, pero donde hay poca luz. Son novelas grandes, que se manifiestan un tanto desvaídas de color, quizá porque la luz exija distancia y nosotros, ay, no la teníamos. Esa expresión de Modiano de que el cine le otorgó “una cierta manera de iluminar”, para nosotros, me temo, que sea desconocida. Lo más cercano a la literatura del período más negro del franquismo, aquellos años cuarenta apenas estudiados, es una cosicosa de Paco Umbral, La leyenda del césar visionario, descarado plagio de una novela impresionante que se publicó en los primeros tiempos de la transición y en el mayor de los silencios, titulada Memorias de un fascista, obra del gallego Fernando González, un periodista brillante que estuvo en la órbita de Triunfo y que nos dejó muy pronto por un cáncer fulminante.

Y luego la ironía de Modiano, esa manera de burlarse de uno mismo bordeando el sarcasmo. La fineza parisién, que diría un antiguo. “A fuerza de estar abiertos se me han hecho muy grandes los ojos”. Una lógica casi cartesiana después de ver ese París de traficantes, mercado negro, prostitutas, confidentes y mamporreros sin futuro. Sin embargo, es real. Nadie tiene la menor duda de que está inmerso en una prosa que relata con precisión de entomólogo el mundo sórdido de la ocupación nazi de Francia, no sólo de París. Esos detritos que suelen flotar en los tiempos oscuros, de presentes arrogantes y futuros inciertos, mientras alguien con los ojos muy grandes observa y transcribe.

Modiano tiene esa densidad de la escritura que convierte lo anodino en algo significativo, una especie de huella de la época. Su elogio del barman, el imprescindible hacedor de cócteles, que forma junto al policía y el médico, las tres profesiones más trascedentes de los tiempos sombríos. El lenguaje, ese material a veces dúctil y en ocasiones blindado, que hace la literatura y que consiente escribir de algo que todo el mundo conoce y que de alguna manera descubre por primera vez. Hay novelas que cuando pasa el tiempo necesitan notas a pie de página que orienten a los lectores sobre tal o cual guiño o referencia, pero hay textos que están ahí, que todo lector por poco perspicaz que sea entenderá de qué va y a qué tiempo se refieren, sin más conocimiento que una cultura genérica y, eso sí, un cierto gusto por la literatura.

Quizá eso haga de un texto de Modiano algo atractivo, y de un plúmbeo relato de Muñoz Molina o de un salpicado de adjetivos ardientes, firmado por Almudena Grandes, una farfolla para plácidos. Los antiguos, en los años de Valle Inclán, solían exclamar para irrisión de los suyos, “qué prosa, maestro, qué prosa”. Y el alabado, bajaba la cabeza aceptando el requiebro, ¡ese chiste!

Gregorio Morán

La Vanguardia (25.02.2012)

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