La quimera nacionalista

Alicia Sánchez Camacho (PP) y Artur Mas (CiU) 
La señora Sánchez Camacho ha puesto al PP a «decidir» en Cataluña, logro que, con derecho, airea para consternación de nacionalistas cojos de diputados. Tanto les ha dolido pasar públicamente por el tubo en la aprobación de presupuestos y otras leyes (un tubo moderador de cánones, tasas y cargos), que se les ha quedado mal cuerpo y tienen que compensar la vergonzosa coyunda con una echada al monte para calmar a las fieras. No es difícil advertir la coincidencia de PP y CiU en las materias principales que se van ventilando en el Congreso (sistema financiero, relaciones laborales), y a nadie extraña ni escandaliza que los hombres de Duran las apoyen; pero a la viceversa, nanay.
En Cataluña se trataba básicamente de apuntalar la austeridad y desmantelar la burocracia. ¿Cómo no iba a facilitarlo doña Alicia? ¿Y cómo negarle el derecho a capitalizar su postura? Querría el señor Mas que ella actuara y callara. Claro. Previamente los suyos —y los que no lo son— han procedido a la sistemática demonización de su actual muleta, el PP, enemigo común que cohesiona, muñeco local del pim pam pum, chivo expiatorio, nasty party. Sin la abstención de la lideresa del PPC en los presupuestos, al gobierno catalán sólo le quedaba disolver el Parlament y convocar elecciones anticipadas. Valerse de Satanás no resulta muy popular, especialmente cuando primero le has conferido tal identidad, y hasta has acudido al notario para marcar distancias, en encarnizada competencia con la valiente muchachada del Tinell, que quiso echar del sistema a un partido de ochocientos mil militantes. Recuerdan a aquel cañoncito chinorro que nos apunta desde tierras portuguesas, amenazando: «¡Tiembla, España!»
Forzado a subsanar los efectos españolizantes del indeseable (pero salvífico) abrazo al enemigo, buscó don Artur una machada ruidosa que alegrara los oídos de sus soberanistas, entiéndase separatistas con corbata. Algo duro, que desviara la atención, capaz de devolver a cada cual a su lugar en el imaginario. Y fuese con unas declaraciones a Le Monde que son un «collage» de Tàpies, «arte povera», adhiriendo un recorte la guerra de sucesión para que pareciera de secesión, estampando un par de palabras fetiche (transición nacional), esbozando una taxonomía delirante. Como esta:
Sostiene el estadista que «más de la mitad de los catalanes tienen origen español o extraespañol» (extranjero). El elíptico grupo que resta lo constituirán pues —no hay modo de escapar a la conclusión— los catalanes de origen catalán. Síganme: en la mente del señor Mas, el origen catalán y el origen español son excluyentes, ergo eres catalán o eres español, ergo Cataluña no es España. Qué disgusto. Subyace una lectura histórica que complacería —ah, paradojas— a la historiografía «visigótica»: España como Castilla. Más que inquietud, todo esto ha despertado en Madrid una discreta sonrisa. Debe de ser desconcertante que tus amenazas de referéndum causen el mismo efecto que una canción de Georgie Dann.
En fin, el «president» no necesita exégesis porque se le entiende todo, y en modo alguno requiere deconstrucción. Estamos ante una quimera sin cola, sólo león y cabra. Estamos ante dos piezas ensambladas, y no hay más: mitad radical incendiario, mitad responsable gestor de los decrecientes recursos públicos. De ahí su éxito. Las dos utilidades del producto Artur Mas parecen contradictorias, pero no lo son. Lo difícil es que se te ocurra la mezcla, un mérito de Jordi Pujol, de quien sólo queda la pieza exaltada desde que dejó el poder. El chollo es extrapolable; no sé, que las chicas te consideren James Dean en «Rebelde sin causa» mientras sus madres te toman por Martin Sheen en «El ala oeste de la Casa Blanca».

Juan Carlos Girauta

ABC (19.02.2012)

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