Hotel Renacimiento, sin vistas

Hotel Renacimiento (Sevilla) 

Los que decidieron que el congreso del PSOE se celebrara en un hotel por buen nombre Renacimiento no carecían de sentido del humor. Humor sevillano, que siempre tiene un temple de ironía no exenta de tristeza. Los hermanos Quintero, de Utrera, pero también los Machado, de capital. Hay que tener cierto sentido del humor, o en su defecto un cuajo de búfala, para convocar en el hotel Renacimiento el congreso de un partido que ha entrado en el asilo de la tercera edad. Dos perdedores luchando por un título tan devaluado que no sabíamos si presenciábamos uno de esos combates de catch, en los que todo está amañado, hasta la bolsa. O un psicodrama con ribetes de festival.

Nunca tuve la menor duda de que Rubalcaba vencía. Era lo suyo. Un partido político interpreta partituras para todo tipo de instrumentos. Y los secretarios generales, o los aspirantes, o sus equipos, deben adaptarse a instrumentistas, supuestamente músicos, que ni siquiera suenan bien en el kiosco de su pueblo. Pero es lo que hay. Y así pasa, que toque bien o toque mal, es el que domina la plaza. Hay que tenerle en cuenta, por el bien de la cofradía. No me costaba imaginar a los primeros violines pasando lista a toda la orquesta. González, Guerra, Zarrías, Ibarra, Blanco… los controladores, poniendo en cada casilla un signo positivo, una cruz o un interrogante, que debía resolverse con una llamada, una pequeña presión, un recordatorio, una velada amenaza, apenas un asunto de intereses y futuro.

Me equivoqué en los votos de Carmen Chacón, no pensaba que obtendría tantos. Hay que estar muy harto y muy desesperado para imaginar que Chacón podía ser la penúltima oportunidad del PSOE. Tiene mérito escoger entre dos derrotados y encontrarles la diferencia. No hay política, no hay planes, no hay más que una cosa, importantísima para quien vive de ello: ¿Quién va a administrar la derrota? Una chica boom, cuyo mayor mérito, seamos serios, es haber pasado revista al Ejército con bombo de embarazada. Un icono precioso, que hubiera exigido un fotógrafo de excepción que lo inmortalizara, pero los eméritos se olvidaron del detalle. Zapatero fue un apasionado de las imágenes. Su política no tiene nada que ver con lo líquido ni con lo sólido. Lo suyo son imágenes.

Tenía que ganar Rubalcaba. Curtido fajador. Cuando la Chacón va, él ya ha vuelto tres veces, y la mira con esa cara de malo de película de la serie B. Alfredo Rubalcaba no es mal tipo si puede evitarlo, en ocasiones marrullero y con tendencia a sacar pecho y hacer de “malote”, pero le ocurre como aquella horrenda canción que decía “que el mundo me ha hecho así”. Sería lo más parecido a Andreotti si este país hubiera tenido esa mezcla incomparable de Renacimiento –sin hotel– y mafia, pero el destino puede haberle marcado para hacer de Bettino Craxi; el penúltimo eslabón antes de que pongan el cartel de cerrado por asistencia a los tribunales. Es de ciencias y eso le consiente saber algo de números; será un escrupuloso administrador de la derrota. No le pidan más; lo demás es milagro, cosa que acontece en política con más frecuencia de lo que creemos los ateos. Zapatero fue un milagro; salió por casualidad y casi nadie sabía quién era, pero había que cerrarle el camino a Bono, de quien todos sabían todo.

Este congreso hubiera exigido un cronista de fuste. ¡Qué relato! Imagínense que nos han dicho: la delegación asturiana votó como un solo hombre por Rubalcaba. Falso. Tini Areces, ex presidente de la Comunidad, votó por Chacón. Podría jurarlo; primero, porque le conozco, y segundo, porque ella cometió un lapsus de aprendiz en su discurso. ¿Están seguros que el PSC, como una piña, votó a Chacón? ¿Pepe Zaragoza también? Vaya historia brillante, que al final el gran superviviente sea este especimen, turbio y mediocre, que empezó empujando camillas y que con todo su derecho no quiere volver a la Sanidad, ay, tan recortada. El tránsito del PSC hacia la inanidad dará para tesis doctorales. ¿Qué habrá votado Montilla? ¿Hacemos apuestas?

El congreso de un partido político sin política es un hallazgo. Como el consejo de administración de una empresa en números rojos donde nadie se atreve a cuestionar al director general. ¿Quién se llevó los ahorros, si es que alguien guardó algo? ¿Quién garantiza que volverán a tener beneficios? Rubalcaba o Chacón. La veteranía o la novedad. Aquí se trata de aguantar y esperar a que ese Partido Popular se vaya deteriorando. Resistir lo suficiente para recoger los restos del naufragio. El invento del 74 en Suresnes está agotado desde hace décadas. Duró lo suyo, no es para quejarse, pero no tiene nada que ver con lo antiguo. Rubalcaba se parece a Indalecio Prieto como un huevo a una castaña, tanto como la Chacón a Margarita Nelken, si es que sabe de quién se trata. ¿Y Largo Caballero? ¿Y Besteiro? ¿Quién dice de Negrín? El PSOE que sale de Suresnes en el 74 no tiene pasado, fuera de Enrique Múgica que venía del frío. Ésa fue la garantía del éxito.

Los van a crujir, porque los enemigos cuentan con el ministerio de Gobernación, allí en Madrid y acá en Barcelona, y harán lo que hicieron ellos: ir descubriendo las basuras que dejaron bajo las alfombras. Empezarán con el PSC, que con toda probabilidad se meterá en una querella escolástica. La herencia de Balmes, dirían algunos. ¿Somos izquierda catalana o catalanistas de izquierda? Genial. Cuando uno pierde de vista la base electoral sobre la que se sustenta, acaba por convencerse de que tiene razón el adversario y que debe cambiar, con lo cual camina hacia su ruina cargado de beneplácitos del enemigo.

Hay dos apuestas de Rubalcaba que merecen comentario. La de Griñán como presidente y la de Patxi López como líder de futuro. Son dos cadáveres políticos con fecha de caducidad. Griñán, con toda probabilidad saldrá descalabrado dentro un mes, en las elecciones andaluzas y habrá que concederle un PLA (Patada Lateral Ascendente). El caso de Patxi López tiene más sustancia. Su ciclo llega como máximo a febrero del próximo año, límite de las elecciones autonómicas vascas, en las que tiene todas las papeletas para quedarse en cuadro, tanto, que podría el PS de Euskadi convertirse en marginal. Ahí late, de fondo, el lastre que dejó Zapatero en el tramo final de ETA; otra operación de imagen y de una torpeza política que habrá ocasión de explicar por lo menudo.

El momento en el que entendí que Rubalcaba era el hombre a la altura de las circunstancias, y por tanto merecedor de la chapa que le hace propietario del chiringuito amenazado de astenia, fue cuando subió el tono y amenazó con revisar el Concordato con la Iglesia. Ahí me quedé rendido. Eso es un profesional. Felicito a su equipo de campaña. El hombre que estaba en el Ministerio de Educación cuando se consolidó la enseñanza concertada, o lo que es lo mismo, la privada pagada con dinero público, lanza una bravata para militantes cándidos y sentimentales.

¡Revisar el Concordato con la Santa Sede! No sería yo el que dijera que no, si tuviera las tragaderas de un congresista del PSOE, pero él sabe mejor que yo que es lo último que se le ocurriría hacer si tuviera la más mínima oportunidad de gobernar. Porque la Iglesia, gracias a ellos, es el único poder fáctico que queda en España. Liquidado el Ejército, entregado a las tareas de la OTAN magníficamente pagadas. Convertidos los banqueros en charlatanes subvencionados, que engolan la voz porque nadie les podrá quitar el lujo de haber pagado con holgura a los partidos. (Conviene retener que la última decisión de Zapatero fue indultar a Alfredo Sáenz por un delito que avergonzaría a un tironero del Raval). Sólo queda la Iglesia, y va el candidato y les dice lo que la militancia quería oír, aunque jamás sería capaz de hacer. Pero a los partidos les gusta eso de reunirse en un hotel que se llama Renacimiento, aunque no tenga vistas a ninguna parte, y decirse cosas bonitas a la espera de que aparezca la citación en los juzgados.

Gregorio Morán

La Vanguardia (11.02.2012)

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