Dos estilos de argumentar

Rubalcaba, Chacón y Zapatero (PSOE) 

Rubalcaba supo dosificar adecuadamente la argumentación emocional y la racional. Chacón, en cambio, hizo un mitin chillón

Se ha hablado mucho durante estos días del congreso del PSOE, más de lo normal debido a las difíciles circunstancias por las que atraviesa el partido: nunca en democracia había tenido tan poco poder en las instituciones, acaba de perder en las elecciones generales cuatro millones y medio de votos y, por ultimo, era una incógnita saber cuál de los dos candidatos que aspiraban a la secretaría general resultaría ganador.

Las expectativas no han defraudado. Ha sido un congreso singular, especialmente seguido por los medios de comunicación y que tuvo su momento culminante al emitirse en directo por radio y televisión los dos largos discursos de los candidatos. Desde el sillón de casa, el sábado por la mañana, mientras en la calle apretaba el frío, pudimos ver y escuchar a Rubalcaba y a Chacón.

Ambos discursos fueron interesante, muy interesantes: no por su contenido, sino por su estilo. Se atribuye a Buffon, el célebre ilustrado francés del siglo XVIII, la conocida frase «el estilo es el hombre» (ahora deberíamos añadir, para ser tristemente correctos, «y la mujer»). La verdad es que no sé si hay para tanto pero, en todo caso, a veces el estilo dice más que el significado de las palabras e, incluso, delata aquello que estas pretenden astutamente esconder. El estilo suele revelar la personalidad de una persona porque en ocasiones los modos y las maneras dicen más que los contenidos. En este sentido, el estilo no es sólo forma, sino también fondo: a veces expresa lo más auténtico de nosotros mismos.

Gandhi tenía un estilo, Hitler otro: es evidente que las ideas del primero no podían sostenerse con el estilo del segundo y viceversa. Quizás son casos extremos. Pero demuestran la importancia del estilo de las personas. «El estilo es el rostro del alma», decía Séneca. Exacto. Tanta es su importancia que, en ocasiones, mediante el sentimiento captamos la verdad que muestra el estilo cuando mediante la razón habíamos entendido lo contrario al escuchar el contenido de las palabras.

Pues bien, el sábado contemplamos dos estilos muy distintos de argumentación política que podríamos denominar, respectivamente, emocional y racional. Intentemos distinguirlos.

En la argumentación emocional se intenta convencer apelando a las creencias y utilizando la seducción como método para persuadir. Las creencias operan como dogmas, es decir, no necesitan demostración pues se da por supuesto que el auditorio las considera como verdaderas. La seducción se alcanza mediante gestos, ademanes, mímica y otros movimientos faciales o corporales con el fin de buscar la empatía del público y el asentimiento y adhesión a las creencias que se expresan. Se seduce utilizando las palabras más como metáforas y símbolos que como eslabones intelectuales de un razonamiento. La argumentación emocional va dirigida más al corazón que al cerebro y en su estilo debe predominar la vehemencia por encima de la precisión lógica.

Por el contrario, en la argumentación racional se intenta convencer mediante opiniones que se someten a la crítica y que no son exhibidas como verdades dogmáticas, sino como verdades plausibles, siempre dispuestas a ser revisadas si tras una nueva deliberación merecen ser consideradas como falsas. La principal virtud del discurso racional debe ser su consistencia, es decir, estar basado en argumentos coherentes, no contradictorios entre sí. El político que argumenta racionalmente siempre es algo escéptico y en lugar de buscar la adhesión incondicional a sus propuestas persigue la comprensión de los problemas que plantea. Más que agradar al auditorio, le gusta poner a prueba sus convicciones. El argumento racional va dirigido más al cerebro que al corazón y en el estilo de su exposición deben primar, muy por encima de la vehemencia, la precisión, la claridad y la elegancia enunciativa.

Naturalmente estos son dos modelos teóricos puros de argumentación política. En la práctica se mezclan siempre dosis de uno y otro que deben variar según el ámbito y las circunstancias en que se pronuncie el discurso. En un mitin electoral dirigido a los militantes de tu partido, el factor emocional suele y debe predominar. En cambio, en una conferencia o un artículo dirigido a un público más amplio, el factor racional es el que suele y debe prevalecer.

Un acto como el del sábado se situaba a medio camino. Por una parte, el público presente estaba compuesto por cualificados militantes, pero también se emitía en directo por los medios de comunicación. Por otra parte, cada candidato debía convencer al público mostrando un perfil propio diferenciado del rival. No era, por tanto, ni un mitin ni una conferencia. El factor emocional debía ceñirse al orgullo de partido, el racional a explicar las ideas que le distinguían de su contrincante.

Rubalcaba supo dosificar adecuadamente ambos elementos. Chacón, en cambio, hizo un mitin chillón, estridente y plagado de eslóganes que sólo desbordaba emociones y estaba vacío de contenido. Rubalcaba acertó y Chacón se equivocó: de tiempo y de lugar. El estilo es el hombre… y la mujer.

Francesc de Carreras, Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB

La Vanguardia (9.02.2012)

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