Hola, soy Felipe

Felipe González y Alfonso Guerra 
Para un delegado socialista andaluz, recibir un telefonazo intempestivo y oír la voz de Felipe González equivale a que te llame la Historia, con mayúscula. Si encima la voz te pide un favor, apela a tu responsabilidad y te insta a salvar el partido, sus moduladas inflexiones, de acreditado poder hipnótico, ganarán tu voluntad. La llamada pudo ser también de Alfonso Guerra, cuyos efectos persuasivos no son menores. Los enviados especiales arrojaban sus crónicas omitiendo, o reduciendo a anécdota, a los dos hombres que crearon el PSOE. Sí, lo crearon: lo de antes era otra cosa, algo que había muerto durante la dictadura. Quedaban unos ancianos en Francia y unas siglas. A los primeros se los sacaron de encima; con las segundas obtuvieron financiación y asesoramiento extranjero suficiente para levantar de la nada una organización cuyos resultados en 1977 indicaron a las claras quién gobernaría tras la UCD. Y vaya si gobernaron: 202 diputados en 1982.
Dos hombres que lo fueron todo, y que la prensa había jubilado, han vuelto a imprimir un giro decisivo en la historia del socialismo español. ¿En la de España? Depende del estado en que el partido llegue a las primarias «francesas» para escoger candidato a presidente de gobierno. Las bazas de Chacón serán entonces inversamente proporcionales al acierto con que Rubalcaba gestione durante los dos próximos años su mando en el partido y su oposición al gobierno del PP. Poco o mucho, los muebles salvados en Sevilla son el patrimonio político del PSOE resucitado de Suresnes, el PSOE todopoderoso del felipismo, el desconcertante PSOE del Congreso de 2000, el PSOE extraviado del zapaterismo, el PSOE humillado en las urnas.
Hasta que González y Guerra emitieron in extremis la voz de la conciencia, la victoria sobre el papel era para Chacón. Cambiando de orientación doce votos (la mitad de la diferencia entre candidatos, más uno), el partido que aglutinó en los setenta a casi toda la izquierda no comunista de España se ha librado de ser dominado por el «casi», el PSC, excepción a la sagrada regla impuesta por Guerra: la integración de todos los partidos socialistas en uno solo. No poco ha lamentado don Alfonso durante estos años la excepción catalana. Estará tranquilo, ha acabado con ella. El PSC es hoy una federación más. Una federación perdedora. A la vez, el felipismo liquida al zapaterismo. Y el grupo Prisa vuelve a estar en posición de recuperar la hegemonía mediática en la izquierda tras librarse de aquellos molestos «visitantes de la Moncloa», los conseguidores que le reventaron negocios como el fútbol. No sólo se temía que el PSC tomara las riendas del PSOE; había pánico a que una familia —en sentido literal y figurado— reeditara el imaginario radical zapaterino, imprevisible muestrario de ocurrencias sin arraigo doctrinal ni sentido político. Pero González agarró la pala de enterrador. Quiero decir el teléfono. Qué tío.
Juan Carlos Girauta
ABC (7.02.2012)

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