Brújula socialista

Kepa Aulestia 

 Por eso les vendría bien a los socialistas salir a campo abierto, y no precisamente en busca de las sombras que las sotanas proyectan en tantos ámbitos de la vida social. Porque este también sería un recurso evasivo respecto a la gran pregunta a la que la socialdemocracia –ese “partido socialista europeo” que preconiza Rubalcaba– debiera responder con algún rigor: cómo hacer del Estado de bienestar un sistema sostenible en la globalización. En otras palabras, qué aspectos del sistema de bienestar han de ser preservados como derechos universales y de qué modo financiarlos.

Los socialistas no han procedido aun siquiera a preguntarse por las causas de la debacle del 20-N, cuando menos no se han tomado el tiempo suficiente como para plantearse la cuestión a fondo. Las menciones de trámite a los errores cometidos, sin especificar cuáles habían sido estos, resultaron desde el principio tan evasivas como las muestras de contrición por haber defraudado la confianza de los suyos. Las dificultades para asumir el fracaso en primera persona del singular hicieron el resto antes de que se convocara el 38.º congreso. Señalada la cita, la brújula socialista fue utilizada para dos cosas que poco tienen que ver con los desafíos de más largo alcance: los candidatos a la secretaría general la emplearon para identificar qué adhesiones les podían ser más asequibles y rentables de cara al cónclave de Sevilla, mientras que muchos de los demás dirigentes y militantes la usaban con el propósito de adivinar cuál de las dos opciones saldría vencedora y así tomar postura sobre seguro. Todo ha sido tan precipitado que, con excepción de los casos en los que la disyuntiva entre Rubalcaba y Chacón se solapaba con otras divisiones internas –como en la federación andaluza–, las diferencias no han cuajado en la formación de corrientes políticas que pudieran mantenerse como tales después del congreso.

Tras el escrutinio para la secretaría general y el refrendo obtenido por la negociada dirección, puede que los socialistas prescindan de la brújula. Resuelto el problema que les atenazaba, que era dejar atrás lo más ordenadamente posible la etapa Zapatero, el rumbo a seguir vendría determinado por el estrecho margen que les dejarían las circunstancias, incluida la mayoría absoluta del PP. Además, el hábito de emplear la brújula casi exclusivamente para orientarse en el laberinto de los equilibrios internos –dado que el sentido de la marcha quedó en manos del hiperliderazgo ejercido por el anterior secretario general desde que en 2004 accedió a la Moncloa– hace que nadie sepa ya interpretar las oscilaciones de la aguja en la intemperie.

Una de las señales más significativas de cuantas ofreció el congreso de Sevilla fue la elocuencia de los aplausos dirigidos a la recuperación de las señas de identidad y, en concreto, al distanciamiento respecto a la gestión conservadora de la crisis. Se trataba de una asamblea de delegados socialistas, y es lógico que los asistentes reivindicasen su autenticidad. Pero si nos atenemos a esos cuatro millones de votantes que el 20-N dieron la espalda al PSOE está claro que salieron en todas direcciones: hacia la derecha, hacia la izquierda y hacia la abstención. Y qué decir de las motivaciones diversas que encarnaron esos otros siete millones que mientras tanto se mantuvieron fieles a las siglas. La implícita conclusión de que todo empezó aquel mayo de 2010 en que Zapatero viró bruscamente para eludir la intervención sobre España constituye, paradójicamente, motivo de pesar y de orgullo. Pero al margen de la simplificación que supone imputar a aquel momento la causa última del desastre electoral, más sorprendente resulta que sus dirigentes no sigan el hilo de la citada paradoja. Brújula en mano debieran preguntarse muy seriamente si el PSOE puede hoy corregir el viraje de Zapatero y recuperar credibilidad.

El hecho de que los socialistas fuesen desalojados de prácticamente todo el poder institucional en el plazo de seis meses propicia que se inclinen hacia una explicación unidimensional de lo que les ha sucedido, aferrándose casi instintivamente a la recuperación del control interno y de un mínimo tono vital. Pero una vez desechada la vía rápida ofrecida por Carme Chacón para restablecerse en la victoria, el partido de Rubalcaba corre el riesgo de acomodarse en una oposición útil como contrapunto más o menos crítico de la mayoría popular. Especialmente si las siempre entretenidas vicisitudes de la recolocación de los descolocados en la liza congresual contribuyen a prorrogar el estado de introspección. Por eso les vendría bien a los socialistas salir a campo abierto, y no precisamente en busca de las sombras que las sotanas proyectan en tantos ámbitos de la vida social. Porque este también sería un recurso evasivo respecto a la gran pregunta a la que la socialdemocracia –ese “partido socialista europeo” que preconiza Rubalcaba– debiera responder con algún rigor: cómo hacer del Estado de bienestar un sistema sostenible en la globalización. En otras palabras, qué aspectos del sistema de bienestar han de ser preservados como derechos universales y de qué modo financiarlos.sistema de bienestar han de ser preservados como derechos universales y de qué modo financiarlos.

Kepa Aulestia

La Vanguardia (7.02.2012)

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