Los “Mossos” y el castellano

Protesta de los 'Mossos' 

Decía Baudelaire que la mayor astucia del diablo consistía en hacernos creer que no existe. El aforismo venía a la mente leyendo las últimas declaraciones del integrista Miquel Sellarès, sobre la exótica forma de protesta que han encontrado los miembros de la policía autonómica catalana, los Mossos d’Esquadra, para quejarse de los recortes infringidos por el gobierno autonómico nacionalista y neoliberal de Artur Mas. Los policías autonómicos han decidido dirigirse a los ciudadanos en castellano, lengua oficial de Cataluña y de uso mayoritario entre los catalanes; en lugar de exclusivamente en catalán, como se les ordena machaconamente desde las altas esferas políticas. Se trata de incomodar al poder autonómico (hoy y anteayer convergente, ayer tripartito; siempre nacionalista), ponerle nervioso, y qué mejor forma de conseguirlo que haciendo saltar, aunque sea por un rato, uno de los tabúes que pesan sobre la política catalana desde los inicios de la democracia.

Es una lástima que una protesta justa y legítima como la de los Mossos, que luchan no sólo por sus derechos laborales sino por la calidad de la seguridad pública en Cataluña, se vea eclipsada por los métodos empleados para llamar la atención sobre su reivindicación. Es el síndrome de la luna y el dedo: está dando mucho más que hablar el gesto de los Mossos de usar el castellano como quien deja de producir en las fábricas, que el motivo último de su iniciativa. Pero así es Cataluña hoy. Estas distorsiones resultan inevitables en un contexto marcado por la hegemonía institucional del integrismo nacionalista, que está embarcado en una guerra permanente y sin cuartel –como todos los integrismos– contra todo resquicio de realidad (es decir, de pluralidad) que consiga elevarse desde las profundidades de la vida cotidiana catalana, la que trascurre fuera de despachos, fastuosos pasillos a media luz, reservados en restaurantes exclusivos, cócteles de alta sociedad y plantas nobles de altísimos edificios de oficinas.  

En Cataluña, la llamada “construcción nacional” e identitaria se ha desarrollado siempre en detrimento de los servicios, los derechos y las libertades públicas; son las prioridades del nacionalismo. Las élites que deciden en Cataluña se escandalizan con más facilidad cuando se toca la identidad que cuando se toca la calidad de los servicios públicos. Es lógico que al final, las víctimas del establishment, que en este caso son los policías autonómicos, acaben recurriendo a lo primero para llamar la atención sobre lo segundo. Como lo es que las proclamas de defensa de los servicios públicos (seguridad, pero también educación y sanidad), en peligro por la oleada de recortes aplicada por las derechas gobernantes en Cataluña, sólo puedan resultar ya creíbles si se acompañan de una denuncia nítida y consecuente del programa de reeducación identitaria que durante años ha consumido –y  sigue consumiendo, pese a la crisis– cantidades obscenas de recursos de todos los contribuyentes. Catalanes y del resto del país.

Decía que los mossos dejan de emplear el catalán como quien se declara en huelga y deja de producir en la fábrica: para desquiciar al jefe. Y el golpe es certero, mucho más de lo que puede parecer a simple vista, porque la principal tarea de la policía autonómica catalana, aquella para la que fue creada y mimada, no es la de mejorar la seguridad pública en Cataluña sino exactamente aquella de la que han decidido abdicar temporalmente: fer país a través de la lengua. Los Mossos nacieron para dotar de homogeneidad identitaria, lingüística e ideológica (nacionalista) a los aparatos represivos catalanes. Por decirlo en palabras textuales de Jordi Pujol: “los Mossos d’Esquadra no se buscaron solo para tener una policía. Policía ya teníamos una: la Policía Nacional. […] Entre otras cosas, la policía [autonómica] catalana, además del orden público, además del respeto de todo el mundo, además de muchas cosas… ha de ser un elemento referencial del país”, así se explicaba el máximo referente vivo del catalanismo contemporáneo en una entrevista radiofónica en 2009. Y, ¿qué quiere decir “ser un elemento referencial del país”? Pujol concretaba un poco más allá, en la misma entrevista: “los Mossos d’Esquadra en mi época [1983-2003] tenían la obligación… tenían la obligación… bien, ustedes se han de dirigir en catalán a la gente”. Acabáramos; los caminos del nacionalismo siempre terminan en la imposición lingüística y todo lo que ella implica. Los sindicatos policiales han decidido, por tanto, presionar por donde más duele. Una policía pensada para fomentar la homogeneización lingüística de la sociedad sólo puede presionar a sus superiores poniéndose del lado de la realidad. Y de su persistente diversidad.

Del episodio de los Mossos y el castellano alguien podría deducir que el uso del castellano en la policía es subversivo en Cataluña. No; lo que es subversivo en Cataluña es que la presencia del castellano, innegable hasta para los propios nacionalistas, se considere normal, que se eleve a la categoría política de “normal” en la esfera institucional autonómica, que incluye obviamente a la policía de la Generalidad. Lo que es subversivo e inaceptable para el establishment nacionalista es que esa presencia del castellano en la vida catalana se haga explícita, se reconozca en voz alta, se afirme, incluso se reivindique como parte de la identidad catalana, en el caso de que pueda hablarse con propiedad de tal cosa. En un régimen construido a base de apariencias y sobre la base de ficciones identitarias, es la afirmación de la realidad social y lingüística la que resulta subversiva. Cualquier transeúnte que haya pasado cerca de un corrillo de mossos, o de guardias urbanos, o de policía local, puede confirmarlo: castellano y catalán se entremezclan como se entremezclan en las conversaciones cotidianas. Con naturalidad.

Y ese es, en realidad, el fracaso íntimo del nacionalismo en relación a los Mossos d’Esquadra. Para cualquier Administración pública mínimamente avanzada, el fracaso o el éxito de una policía bajo sus órdenes se mediría por su eficacia para combatir el crimen y garantizar la seguridad pública, por ejemplo. No es el caso en la Cataluña de las élites nacionalistas, que miden el éxito de “sus” Mossos por su capacidad para mantenerse al margen de la pluralidad lingüística de la sociedad a la que sirven. Y viven el uso del castellano por parte de sus agentes, incluso cuando hablan entre ellos, como una traición, un motivo de melancolía profunda. El mismo patriarca Pujol nos ha hecho partícipes en numerosas ocasiones de su amargura al constatar, quejumbroso, que los Mossos utilizan “cada vez más” el castellano, pese a los cuantiosos esfuerzos de los sucesivos gobiernos autonómicos. Se diría que los Mossos nacieron para contribuir a la pretendida “normalización” identitaria de Cataluña, según los patrones nacionalistas; y que finalmente es la realidad la que lleva camino de normalizar a la policía autonómica catalana…

En este contexto, la feliz ocurrencia de los Mossos ha debido ser la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de los guardianes de las esencias nacionalistas. Se comprende así el tremendo enfado de Miquel Sellarès, uno de los fundadores de los Mossos y su primer responsable político, como primer director general de Seguridad de la Generalidad pujolista entre 1983 y 1984: “No todo vale. Y amenazar con utilizar el castellano es patético. Es irresponsable. Sabíamos de una ‘quinta columna’, pero no sabíamos de ‘ciudadanos mossos’. Algo ha fallado en la formación de este cuerpo policial nacional catalán”. Algo ha fallado, efectivamente; ha fallado y han fracasado en lo único que les preocupaba cuando se inventaron a los Mossos. “No todo vale”, porque la ficción catalanista tiene sus límites y no conviene ponerlos a prueba. Lo de ‘ciudadanos’ hay que entenderlo pronunciado en sentido peyorativo y con una cierta repugnancia, que es la única manera en que un nacionalista consecuente puede manejar el concepto: concretamente, en el sentido de ‘simpatizante de C’s’, la pequeña fuerza progresista y no nacionalista que entró en 2006, con gran escándalo del establishment, en el Parlament, y que allí sigue. Lo de ‘quinta columna’, por su parte, tiene que ponerse en el contexto de su reciente artículo, Posar fi als quintacolumnistes (El Punt Avui, 5/1/2012), donde Sellarès pide abiertamente la eliminación de aquellos catalanes que “colaboran [con el Estado] por sentimiento de patriotismo español, los que lo hacen por intereses más o menos inconfesables y los mercenarios”. Todos los que no son –no somos– nacionalistas, para entendernos. “Quintacolumnistas”, por si el matonismo fascistoide y la bravuconería de su pensamiento no habían quedado suficientemente en evidencia.

A Sellarès, hombre que representa como pocos la transversalidad del nacionalismo orgánico y su atrincheramiento en el poder autonómico catalán, hay que agradecerle la brutalidad y la extrema claridad de sus declaraciones, que ahorra el trabajo de explicar en detalle el carácter totalitario del integrismo catalanista. Puede que este integrismo haya conseguido hacer creer a muchos catalanes no nacionalistas, y también a no pocos españoles más allá del Ebro, que su existencia, como la del diablo de Baudelaire, era pura ficción, una invención febril y alucinada de españolistas, de inadaptados o de paranoicos. Las palabras del fundador de los Mossos (además de primer secretario de Comunicación de la Generalidad tripartita, entre 2003 y 2004) recuerdan que no, que el integrismo nacionalista catalán no sólo existe, sino que lleva gobernando ininterrumpidamente desde el principio de la autonomía, cuando Pujol pasaba por español ejemplar, espejo de virtudes y paradigma de la moderación. Existe, gobierna y ha ideado artefactos como los Mossos d’Esquadra, cuerpo policial que hoy intenta sacudirse ese lastre (y ojalá lo consiga), pero que no se creó para ser una eficaz policía autonómica, sino un órgano más para la depuración identitaria de Cataluña, depuración con la que sigue fantaseando, en su versión más siniestra, el que fuera su primer director general.

Sólo teniendo en cuenta que para los muñidores de los Mossos, primero era la identidad nacionalista y después, si acaso, la prestación de una seguridad pública de calidad, pueden entenderse muchos de los fenómenos que han rodeado la gestación, despliegue y actividad de los Mossos en los últimos años. Pueden entenderse, por ejemplo, algunas pequeñas polémicas aparentemente anecdóticas relacionadas con los Mossos, como las relativas al indicativo CAT en las matrículas, o las derivadas del incumplimiento de la Ley de Banderas en algunas comisarías autonómicas (la última, recientemente corregida a instancias de la asociación “Impulso Ciudadano”, en la localidad de Cornellà). Pueden entenderse, también, las serias reticencias a incorporar efectivos competentes y experimentados de la Policía Nacional y la Guardia Civil a la nueva policía autonómica: importaba más preservar la pureza de los Mossos como policía no contaminada por influencias “españolas”, que asegurar la experiencia y la competencia de los agentes operativos en Cataluña. Puede entenderse la precipitación y la prisa por sacar rápidamente promociones y promociones de Mossos d’Esquadra, aunque ello obligara a adelgazar y relajar peligrosamente los períodos de formación y los filtros de selección de nuevos agentes, por lo mismo. Y pueden entenderse, en definitiva, algunas de las causas del fuerte desprestigio social que han sufrido a los Mossos desde que son plenamente operativos, a raíz sobre todo de los numerosos escándalos de brutalidad policial en que se han visto envueltos en los últimos años (casos de palizas, maltratos a detenidos como los grabados en la comisaría de Les Corts, en 2007, cargas desproporcionadas y violentísimos desalojos, impropios de una policía democrática como el de los ‘indignados’ de la Plaza Cataluña en verano de 2011, etc.). Unos escándalos que son, en buena parte, consecuencia lógica de los dos factores anteriores, los daños colaterales de unas políticas nacionalistas muy concretas, y minuciosamente diseñadas, por dirigentes que han preferido dar a luz a un “cuerpo policial nacional”, en palabras de Sellarès, al servicio de las ensoñaciones excluyentes e identitariamente puras del nacionalismo, en vez de una policía al servicio de los ciudadanos.

En realidad, es toda la autonomía catalana, con su subsistema institucional, político y legislativo, la que está sometida a ese imperativo identitario y a su inevitable corolario de imposición y exclusión lingüística. Desde los Mossos d’Esquadra hasta el sistema sanitario propio, al que se le exige que trate a los pacientes sólo en catalán mientras se le niegan los recursos para tratarlos en condiciones; pasando por “l’escola catalana” y la “ràdio i televisió nacionals de Catalunya”, todo está orientado hacia la recreación de una identidad excluyente y catalan-only, cuya permanente precariedad tiene mucho que ver con su probada incapacidad para prender en la realidad. El blindaje de esa identidad es la razón última de ser del entramado de institucionales “propias” ligadas a la Generalidad, según rezan los nacionalistas; pero ésa es también su principal debilidad y su verdadero talón de Aquiles: así lo ha puesto de manifiesto, por ejemplo, la iniciativa de los Mossos d’Esquadra y el nerviosismo que ésta ha desencadenado en las filas del integrismo catalanista. No es de extrañar que, en un momento en el que la crisis está obligando a repensar todas y cada una de las bases sobre las que se han asentado nuestras instituciones democráticas en las últimas décadas, tanto en España como en el resto de Europa; sectores cada vez más amplios de la sociedad catalana, dentro y fuera de las estructuras autonómicas, cuestionen con creciente insistencia la utilidad de un régimen nacionalista que dedica sus esfuerzos a preservar ficciones mientras deja sin respuesta problemas bien tangibles y abandona a su suerte a los ciudadanos que los sufren de manera cada vez más apremiante.

La batalla que los policías autonómicos catalanes sostienen contra la Consejería de Interior se sitúa en un movimiento más amplio contra la estrategia de recortes del gobierno autonómico de Artur Mas. Nadie duda de la necesidad de reducir gastos en todas las Administraciones públicas, pero el gobierno convergente está aplicando, en coherencia con su proyecto político nacionalista, una política de austeridad selectiva que erosiona fuertemente a las columnas vertebrales del Estado del Bienestar en Cataluña (enseñanza pública, sanidad y seguridad), mientras mima sin rubor los gastos dedicados a la identidad. En ese sentido, la movilización de los agentes es una buena ocasión para alejar definitivamente a los Mossos d’Esquadra de los delirios identitarios que condicionaron su génesis y hacer del cuerpo una verdadera y eficaz policía autonómica, integrada y coordinada con las demás fuerzas de seguridad que operan en Cataluña, tanto estatales como municipales, y comprometida con lo que debiera ser su único objetivo: velar por el cumplimiento de la ley, de todas las leyes, y por la seguridad y las libertades de los catalanes, de todos los catalanes. Nada más, nada menos. No hace falta que se dirijan a los ciudadanos sólo en castellano; basta con que empleen ambas lenguas con la normalidad con la que se usan en la calle. Es más simple, hace falta que se fijen menos en qué lengua escogen para dirigirse de primeras a un ciudadano —y no sólo para sacar de sus casillas al señor Puig—, y más en prestarle un buen servicio público. En ese empeño, a la vez en defensa de la calidad y la dignidad de los servicios públicos (en este caso, la seguridad pública) y en lucha contra su instrumentalización identitaria, van a contar con el apoyo de buena parte de la sociedad catalana frente a un gobierno autonómico que tiene deliberadamente invertidas las prioridades. No de ahora, sino desde hace mucho tiempo.

 

París, 16 de enero de 2012

 

Juan Antonio Cordero

 

 

La voz de Barcelona (17.01.2012)

Sé el primero en comentar en «Los “Mossos” y el castellano»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Traducción »