Los 50 años de Amnistía

Es lastimoso que una organización así tenga que existir, pero, sin ella, el mundo sería mucho peor Patrick Thomas  

Es lastimoso que una organización así tenga que existir, pero, sin ella, el mundo sería mucho peor

Hay algunos aniversarios que sería mejor no celebrar: el de Amnistía Internacional, por ejemplo, cincuenta años de existencia recién cumplidos que demuestran, por desdicha, que, para demasiadas personas, el mundo sigue siendo una pesadilla. Fue en 1961 cuando el abogado británico Peter Benenson publicó un artículo, “Los presos olvidados”, que agitó muchas conciencias. Benenson hablaba de los miles de personas que en muchos países sufrían prisión por expresarse de manera opuesta a la de sus gobiernos respectivos. A partir de ahí, surgió la organización.

Amnistía Internacional tiene ahora tres millones de socios en todo el mundo y ha obtenido el premio Nobel de la Paz. Sus activistas, socios y colaboradores luchan infatigablemente a favor de los presos de conciencia, y de otras numerosas causas relacionadas con los derechos humanos. Su independencia es proverbial: igual que Greenpeace, no acepta subvenciones gubernamentales. Esa libertad le ha permitido llevar a cabo con total autoridad moral intensas campañas en contra de la pena de muerte y de la tortura, así como de los homicidios políticos, las desapariciones y las ejecuciones extrajudiciales que a menudo perpetran los regímenes totalitarios. También contra los abusos y la violencia de muchos grupos armados de oposición y la frecuente toma de rehenes.

Con los únicos recursos del activismo –miles de informes elaborados por profesionales y expertos en cada materia, seguidos de protestas, artículos o cartas a los mandatarios–, Amnistía lleva años enfrentándose al comercio de artículos para la tortura y al siempre espinoso, opaco y cínico comercio de armas, sobre el que exige la firma de un tratado internacional. Denuncia la violencia ejercida contra las mujeres, y defiende la dignidad de los refugiados, de las personas migrantes y de los pobres del mundo. Como habría dicho Publio Terencio, “nada humano le es ajeno”. Su razón de ser está allí donde hay gente que sufre por los abusos cometidos por otras gentes más poderosas, sea en el terreno público o en el privado, y allí donde la indiferencia de muchos permite el abandono y la desprotección de los más débiles.

He dicho que sus cincuenta años de existencia no deberían ser motivo de celebración: es lastimoso que una organización así tenga que existir. Pero lo cierto es que, sin ella, el mundo sería mucho peor. A Amnistía Internacional se la puede felicitar porque, entre otras muchas cosas, ha conseguido que el número de países que no admiten la pena de muerte haya pasado de 9 en 1961 a 96 ahora mismo, o que el concepto de los derechos humanos forme parte de la vida de muchísimos ciudadanos del planeta.

Como socia de la organización, a menudo recibo en mi correo electrónico peticiones para que firme cartas dirigidas a ciertos gobernantes en las que se exige la liberación de un preso de conciencia o la anulación de una sentencia de muerte. Muchas veces, esas cartas van seguidas meses o años después por otra en la que se me anuncia que el objetivo ha sido logrado. Créanme si les digo que en esos momentos tengo la sensación de haber hecho algo muy pequeño cuyo resultado ha sido muy grande, de haber podido contribuir a que alguien soporte menos sufrimiento. Un ser humano al que no conozco, pero que es mi hermano en esta vida frágil.

Ángeles Caso

La Vanguardia-Magazine (4.01.2012)

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