De Madrid, en blanco y negro

Aguirre y Botella, las 'lideresas' de Madrid 

Nos pasamos años buscando respuestas  y ahora el problema está en las preguntas. La garantía de nuestra supervivencia consiste en no preguntar. Cualquier político con mayoría suficiente para gobernar, aunque sea a trompicones, no admite preguntas. Los jefes de empresa organizan las ruedas de prensa para que no haya preguntas. Los banqueros tuercen el morro cuando alguien osa levantar la mano e inicia el ritual, “me gustaría preguntarle…”. No se puede preguntar ni a los políticos, ni a los jefes, ni a los policías, ni a los municipales. Más exactamente, no se debe.

Los periódicos están hechos para sabios iluminados. Usted los abre y según va pasando las páginas ha de ir poniéndole nombres a las cosas, a los sucesos, a las historias. Son como crucigramas donde debe colocar las letras y que encajen. Donde está escrito “P punto” o “R punto”, ha de sopesar las posibilidades de que se trate de “Pérez” o “Rodríguez”, o quizá “Palop” o “Romeu”. Leer periódicos se ha convertido en una actividad apasionante, que desarrolla la imaginación hasta límites incalculables. Nada de lecturas pasivas. El lector debe aportar no sólo su grano de arena, sino la mitad de la playa. Vuelven a estar de moda los crucigramas; ayudan a entretenerse sin hacer preguntas.

No preguntes, chaval, no preguntes. Viví toda la infancia y media adolescencia escuchando la misma cantinela, y ahora que soy mayor resulta que vuelvo a lo mismo, sin que eso sirva para rejuvenecerme en nada. Al contrario, me reconcome. Han matado a una señora que iba en bicicleta cuando trataba de cruzar entre Diputación y Aribau, he visto su cadáver cubierto con ese papel plateado que parece pensado para meter a los muertos en la nevera, y me he preguntado cómo se llamaba, a qué se dedicaba, a dónde iba, quiénes son sus deudos. Sólo me dicen que tenía 49 años y que era usuaria del bicing. ¡Y qué carajo me importa su edad, si no sé nada más!. ¿Acaso si tienes 49 años y alquilas el bicing te conviertes en anónimo? Cuando no hay preguntas desaparece el sujeto y el accidente se hace estadística. En Barcelona han muerto tropecientas personas que iban en bicicleta; un tanto por ciento menor, o mayor, que el año pasado. Fíjense en el detalle, nuestros muertos ya no tienen nombre, son anónimos. Sólo los que viven del espectáculo, es decir, del público y de su propia jeta, pueden gozar del privilegio de la individualidad.

Yo quisiera hablar de Madrid pero estoy jodido porque tendría que hacer preguntas. ¿Alguien hubiera sido capaz de imaginar que Madrid y sus alrededores tuvieran a Esperanza Aguirre y Ana Botella de lideresas? (Permítanme este modesto homenaje a la ex ministra Aído, recompensada en estos tiempos aciagos con un trabajo en Nueva York). Ana Botella y Esperanza Aguirre. ¿Saben ustedes de qué estamos hablando? No lo digo por lo de las manzanas y las peras y todo aquel lío que se montó Ana Botella a propósito de los homosexuales y que me evoca los guisantes del monje Mendel; lo dábamos en el bachillerato antiguo y nunca logré comprenderlo. Madrid es mucha ciudad y mucho poder para que de pronto, sin que nadie se hiciera la pregunta, llegara lo impensable. Lo más reaccionario de la política española democrática instalado ahí, omnipresente, omnímodo, incuestionable.

Y para mucho tiempo. Lo trajeron ellos, la oposición institucional, tras ímprobos esfuerzos por demostrar su incompetencia. Que no le echen la culpa a los que no votaron, porque se hartaron de esperar respuestas que nunca dieron, y llegó este momento, escasamente feliz, en el que ya no se hacen preguntas. No es extraño que haya sido en Madrid donde el movimiento de los indignados haya tenido más fuerza. La quiebra de la izquierda oficial madrileña deja un erial político, tanto más difícil de superar cuanto que ellos mismos se han esforzado por cubrir de sal el territorio, según el principio de que “esto es lo que hay, o nosotros o nada”. Una alternativa que recuerda la de otros tiempos y otros países, cuando se decía aquello de “revolución o muerte”, que debía ser interpretado como “una larga agonía”.

Esa hegemonía conservadora en la capital de España, con todo lo que supone de emblema, plantea muchas preguntas en un tiempo en el que están prohibidas. Sin entrar en el pequeño detalle de dónde podrían hacerse; otra pregunta incongruente. Pero hay algo que resulta ciertamente una obviedad y que hasta la llegada de esta ocupación absoluta del espacio político por parte de la derecha más conservadora, apenas si nos habíamos planteado. ¿Hay vida fuera del poder institucional? O lo que es lo mismo, ¿la cultura, el debate, la inteligencia, pueden funcionar sin necesidad del calor financiero del poder?

Esa, que sería una pregunta golosa y de inminente actualidad en Catalunya, pero que hoy no toca, lleva afrontándose en Madrid desde hace tiempo. No me atrevería a decir que los resultados sean vistosos, porque en una sociedad como la nuestra sólo se exhibe lo que se institucionaliza, pero Madrid demuestra que hay vida más allá de la subvención. Pero hay que buscarla. No te la ofrecen fácilmente. Volvemos a tiempos difíciles y nos pilla mayores y con malos hábitos. Llevamos años, quizá un par de décadas, de dominio absoluto de los trepas; augustos personajes que subieron por la cucaña en condiciones que avergonzarían a cualquier aspirante, y que ahora aseguran no hay razón para la crítica y el desánimo. No es que vuelva el personaje volteriano que creía vivir en el mejor de los mundos, es que se ha establecido el filisteo; con el trabajo que le ha costado llegar hasta aquí y hay quien duda de sus méritos. A lo mejor ocurre que después de haber vivido una especie de amnistía para las memorias, ahora habremos de reconocer que llevamos años asumiendo una amnistía a la mediocridad, ésa que se establece bajo la fórmula “qué buenos somos y qué talento tenemos”. Otra edad de plata o similar. ¿De platino?

Después de muchos años considerando que Madrid era el poder, cosa que no dejó de ser nunca, deberíamos volver a plantearnos que hay otra vida fuera de la oficial. Y no me refiero a la política, que es un ejercicio que o se hace o se sufre, sino a la cultura, a la literatura, al teatro, al arte. Los únicos supuestos debates aparecidos en los medios de comunicación los pagaron el Estado o las fundaciones. Reconocerán conmigo que esto es algo sin precedentes en la historia de la cultura, que ha convertido nuestra mediocre vida intelectual en una estafa. De esa faramalla no quedará nada. Podría poner ejemplos, pero no están los tiempos para temeridades.

Madrid bien merece una atención. Hay vida fuera de las subvenciones. Es verdad que no resulta tan vistosa, pero deberíamos ir ejercitándonos en la búsqueda de lo valioso, que tampoco es un ejercicio que exija otra cosa que proponérselo, y romper con ese canon implícito que nos marcaban las instituciones y sus ruinosos departamentos de comunicación.

Probablemente éste será un año sin preguntas después de tantos sin respuestas. No hay ninguna razón para el optimismo, al contrario, pero me hace gracia ese rigor que se aplica para toda aquella gente que se creyó que eran ricos porque disponían de créditos ilimitados, y no nos planteamos que algo similar ocurrió en la cultura. Las épocas de crisis son terribles para la vida colectiva, pero fructíferas para el talento. Habría que fletar autobuses para visitar el otro Madrid, que está vivo, y que sobrevivirá a Esperanza Aguirre y Ana Botella.

Ayer, viernes y Reyes, habría cumplido cien años un poeta olvidado. De esos que volverán, porque los poetas no mueren si han tenido la fortuna de dejarnos un par de versos. Celso Emilio Ferreiro los tiene. He echado mano a su Larga noche de piedra, un libro viejo de medio siglo, que suena mejor en gallego pero que en castellano guarda la fuerza que depositó el tiempo. “Sólo te tengo a ti, memoria mía… Unas gotas de lluvia resbalando por un cristal de sueños”.

Gregorio Morán

La Vanguardia (7.01.2012)

Sé el primero en comentar en «De Madrid, en blanco y negro»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Traducción »