“Las torturas siguieron en Abu Ghraib incluso después del escándalo”

Azeez, durante su reciente visita a Madrid.-MIGUEL GARCÍA CASTROEntrevista a Taha Azeez, portavoz del Frente de Lucha y Cambio

“Aplastaban a una persona entre dos camillas hasta que se mareaba”

“Al llegar a la prisión nos tuvimos que desnudar y los soldados se burlaban de nosotros” 

“La mayoría de los reclusos nos quejábamos de estar detenidos sin haber hecho nada”

Joan Faus – Madrid.- El iraquí Taha Azeez (Bagdad, 1958) es el portavoz del Frente de Lucha y Cambio, que agrupa a una decena de grupos que promueven la lucha política y armada contra el actual Gobierno de Irak. Trabajaba como imán en una mezquita de Bagdad cuando fue detenido en 2005 por soldados de EEUU, por unos cargos que aún desconoce, y trasladado a la infame cárcel de Abu Ghraib. Azeez, que visitó hace unas semanas Madrid, relata con sorprendente serenidad y sarcasmo los horrores que seguían repitiéndose en la prisión un año después de que se destapara el escándalo de las vejaciones contra los reclusos, que eran arrastrados por los suelos o sometidos a descargas eléctricas.

¿Cuál es la situación actual en Irak ante la salida de todas las tropas de EEUU a finales de año?

Los estadounidenses dicen que se van a ir pero no mencionan las 150.000 personas que trabajan en las 250 compañías de seguridad privada que hay en el país. Desde mi organización nos oponemos a la ocupación y al Gobierno iraquí, que es un títere de Washington. El actual Ejecutivo es chií y reprime a los suníes. Cada vez hay más detenidos y las torturas no han desaparecido de Irak.

¿Me puede dar algunos detalles?

Las torturas son como un fantasma, no se ven pero existen, sobretodo en las cárceles de control iraquí. Un amigo mío perdió un ojo. Hay unos 400.000 internos en las prisiones iraquíes y unos 26.000 en las extranjeras. Un 90% de los detenidos son chiíes y un 30% no tienen ninguna acusación. La mayoría son arrestados por cuestiones políticas. En Irak puedes pasar dos años detenido sin ver a un juez y sólo consigues la libertad si sobornas a un funcionario.

¿Cuánto ha cambiado el país desde que Sadam Husein fue derrocado en 2003?

Yo no era partidario de Sadam, pero hay que reconocer que con él vivíamos mucho mejor y el país no estaba destruido. Por ejemplo, en cuestiones de seguridad. Ahora es muy peligroso salir tanto de día como de noche por los atentados. También la educación y la sanidad han empeorado de forma dramática. Según la Unesco, en 1991 no había apenas analfabetos en Irak. Desde 2003, 5.000 académicos han sido asesinados, un 60% de los niños no van al colegio y un 30% de las mujeres no han acabado sus estudios por miedo a ser asesinadas, secuestradas o violadas.

¿Cómo fue su detención antes de ingresar en Abu Ghraib?

Lo recuerdo perfectamente. Fue el 3 de julio de 2005. Estaba en mi casa de Bagdad con mi mujer y mis cinco hijos, y de golpe irrumpieron diez soldados estadounidenses junto a un traductor. Todos gritaban. Me llevaron por la fuerza fuera de casa, me vendaron los ojos y me esposaron. En ningún momento pude hablar. Registraron mi casa, pero no tenía armas ni nada ilegal. A continuación, subí a un vehículo y me llevaron a una sala donde me descubrieron los ojos. Había unas 18 personas, algunas llevaban 20 días allí. Estuve un día entero sin poder hablar. Nunca supe por qué fui detenido.

¿Qué pasó en los días siguientes?

Me habían rotulado el número 208 en la mano. Me llamaron por ese número, no por mi nombre, me pusieron un saco en la cabeza y me esposaron las manos a la espalda para sacarme de la sala. Estuve dos días en otro lugar, donde por fin pude hablar. Me interrogaron varias veces, una de ellas con los ojos descubiertos. Eran un hombre y una mujer, ambos estadounidenses vestidos de civil. Detrás de mí había un traductor, al que pude ver en un segundo de distracción de los interrogadores. Me preguntaron que en qué trabajaba, cómo era mi familia, de qué trataban mis discursos en la mezquita, si conocía a ciertas personas. Fui sincero y les dije que animaba a luchar contra la invasión estadounidense, pero que también me oponía al régimen de Sadam.

¿Le torturaron?

Allí no. Lo peor llegó después. Pasé 25 días en una celda de aislamiento que medía dos metros por uno y medio. Fue horrible. Nos insultaban continuamente. No nos dejaban dormir. Todo el día había música muy alta, ponían el aire acondicionado muy frío y cuando veían que te estabas acostando en tu celda daban golpes contra la puerta metálica para que no pudieras dormir. Allí me interrogaron unas 11 veces. Uno me preguntaba y otro me pegaba. Me daban bofetadas en la cara, me gritaban en la oreja o me tiraban al suelo. Después tuve un interrogador más amable, que me quitó las esposas y me preguntó mi opinión sobre la invasión. “Sois unos bárbaros. ¿Cómo queréis ayudarnos si matáis a gente y destrozáis nuestras calles?”, le dije.

¿Cuándo fue trasladado a la cárcel de Abu Ghraib?

El 1 de agosto. Casi un mes después de mi detención. Al llegar me llevaron a una sala con otros nueve presos, entre ellos dos jóvenes de 16 años. Había unos 12 vigilantes, dos de ellos mujeres. Nos hicieron desnudarnos y ponernos uno al lado del otro. Fue muy doloroso. Se burlaban de nosotros todo el rato. Nos obligaban a poner nuestras manos detrás de la espalda, a arrodillarnos y a dar la vuelta continuamente. No nos dejaban que nos tapáramos nuestros genitales. Puede ser que nos hicieran fotografías cuando estábamos de espaldas.

¿Y después?

Estuve diez días en una sala de unos veinte metros por cuatro, junto a 15 personas. Luego, me llevaron al campo número dos [de un total de cinco], donde había unas 500 personas repartidas en 20 edificios triangulares. Allí pase mis últimos cuatro meses en Abu Ghraib, en una celda de seis por doce metros con 20 personas.

¿Cuál era su estado de ánimo durante el cautiverio?

Ni pasé miedo ni estaba triste, pese a que no hablé con mi familia hasta después de cuatro meses. Me sentía orgulloso porque tenía una causa [ríe]. Era el imán del campo y criticaba a los estadounidenses. Quería ser un símbolo y no parecer débil, pues era de los más mayores, excepto un hombre de 85 años. La mayoría nos quejábamos de estar detenidos sin haber hecho nada.

¿Se seguían practicando las torturas y las vejaciones que salieron a la luz en 2004?

No fui torturado, pero sé que las torturas sistemáticas y las burlas seguían. No pude ver si se repetían las escenas de las famosas fotografías. Cinco personas de mi campo fueron torturadas durante una semana y lo que nos contaron fue horroroso.

¿Qué tipo de torturas sufrieron?

Cada tortura tenía su nombre. El sandwich consistía en aplastar, en una habitación muy caliente, a una persona entre dos camillas hasta que se mareaba. El cajón se basaba en estar una semana entre dos muros de cemento que estaban puestos de tal manera que sólo podías estar arrodillado. Y luego estaban las habituales agresiones físicas.

¿Mejoró su situación cuando fue trasladado al penal de Basora?

Allí era todo mucho peor. Había mucha gente y hacía mucho calor. Estuve con 30 personas en una celda de diez por cinco metros. Teníamos muy restringido ir al lavabo. Nos humillaban continuamente. Consiguieron que los presos nos odiáramos entre nosotros. Había un campo en concreto donde se practicaban las torturas, que eran individuales o colectivas. Un preso habló mal de la Policía iraquí y cuatro estadounidenses le torturaron hasta tal extremo que ya no pudo hablar ni andar y se lo tuvo que llevar una ambulancia. Trataron de ahogarlo y posiblemente de sodomizarlo.

Y un día le liberaron…

Sí. Al cabo de dos años y tres meses. No me dieron ninguna explicación. Volví a Bagdad a vivir con mi familia, pero al poco tiempo la Policía iraquí me detuvo por estar fichado por EEUU. Me acosaron durante meses y a finales de 2008 me exilié en Siria y allí sigo, refugiado en Damasco gracias a la ayuda de la ONU.

Público (12.12.2011)

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