«Soy un exiliado de Cataluña en Madrid»

Félix de Azúa 

Entrevista a Félix de Azúa 

Antonio Lucas.- De este lado del ventanal se ve el arranque de la Gran Vía de Madrid como se ve a una madre. O a una amante que dice: «Ven». Un pasadizo arterial, con su crujiente memoria de cuartos de hotel siempre a un punto de la quiebra, viejos cines que fueron, damas nocturnas a plena luz y los 101 dálmatas que las frecuentan… Félix de Azúa está del lado donde mejor se mira. Va armado de libro y café. Tiene la cabeza amueblada por dentro con ideas que escapan de la metódica holgazanería del pensamiento actual. Su testa de prior benedictino guarda un fondo de individualismo, un rumor de ironía inflamable. También un mosqueo irreparable: aquel que le ha llevado a abandonar Cataluña e instalarse en Madrid. El que le desata todo aquello que tiene que ver con la cutrez festoneada de los nacionalismos. Con ese plateresco de patria chica, tan autocompasivo, tan centrifugador de diferencias, tan escaso.

– No soy el único. Son muchos los catalanes que estarían deseando poder salir para escapar de ese monólogo constante del nacionalismo catalán…

Félix de Azúa es un intelectual ligeramente convulso. Poeta (fugado de la poesía), novelista, ensayista, bloguero, articulista… Hace tiempo ya que decidió no callar ni esconder el pálido rebaño de sus desafectos.

Va por el campo abierto de las letras con reglas propias, mecido por una inteligencia de mucho filo, con los cantos sobados por lecturas fastuosas. Entre sus libros tiene algunos títulos esenciales: Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado, Abierto a todas horas o Autobiografía sin vida. Culto, irónico, deslizante y difícil de cazar si uno se acerca a sus certezas desde la charca de los lugares comunes sin apreciar esa combinación de audacia y riesgo de su puesta en escena. Limita al norte con Juan Benet, al este con Sánchez Ferlosio y al sur con Agustín García Calvo. Es su barricada feroz. «Para un país civilizado, tener a estos tres pilares es impresionante. Pero aquí ni nos hemos dado cuenta», ataja.

Félix de Azúa no gasta ese lado tercamente glorioso de los hombres que van a ser entrevistados. Y así pasamos directamente a lo nuestro empezando por donde la vida empieza:

– Lo de la crisis…

– Vamos a ver… La palabra crisis apareció como un comodín que no dice nada. Llegó cuando nadie sabía qué estaba sucediendo. Lo que tenemos no es una crisis en el sentido tradicional, sino una situación estable en la que vamos a estar decenas de años…

– ¿Tanto?

– Creo que sí. Esto que han llamado crisis no es una alternativa, sino la realidad misma. Se está desinflando la burbuja del capitalismo de los últimos 20 años, que era un disparate… Y si lo piensas bien no es tan trágico. Saldremos de ésta, pero renunciando a muchas cosas. Los jóvenes son quienes lo tienen más difícil porque se les ha convertido en los grandes acumuladores, en el paradigma del consumo.

– Quizá por eso sean también los más estafados de este proceso…

– Es evidente que hay una condición nociva de pobreza, de ausencia de guías, de descrédito absoluto de la política sin excepciones, de falta de expectativas… Aunque entendámoslo como una situación favorable. Y verás por qué: permite apostar por la independencia, rechazar la trampa colectivista y huir de las mentiras políticas. Me recuerda a mi generación. Estábamos peor que ellos ahora. El franquismo era una miseria absoluta. No teníamos más referentes que el Partido Comunista y ya sabíamos lo que había pasado en Hungría y en Checoslovaquia. No teníamos un duro y el futuro era más que incierto. Pero no sólo logramos sobrevivir, sino construir algunas biografías que no están mal. Todo joven debe aprovechar en beneficio propio las situaciones espantosas de sus mayores. Y, en la medida de lo posible, irse fuera, marchar, viajar.

– Y protestar.

– El aspecto bueno de la convulsión es que puede conseguir que los jóvenes despierten de su letargo. El 15-M ha sido interpretado como un abandono del letargo, pero no es así…

– ¿Y cómo es?

– Salir del letargo es darse cuenta de que han sido malcriados, de que son niños caprichosos, de que este tipo de protestas de minorías agraviadas corren el riesgo de convertirse en un sustituto de la Justicia… Tienen que despertar del sueño de que han venido a hacer algo por la humanidad, porque no es cierto. Es por ellos mismos por quienes deben hacerlo.

Félix de Azúa va por la charla con una suerte de soledad sonora. No busca compañeros de viaje. Es un catalán del 44, de los que se confeccionaron en aquella cámara hiperbárica de talento y esnobismo a la que Joan de Sagarra denominó Gauche divine. Un lúdico gulag instalado en la discoteca Bocaccio de Barcelona que tenía de inquilinos a pimpollos entrenados en la pedante estética de saber mezclar el gin-tonic con el meñique sin descomponer el castellers de los hielos.

Allí coincidieron millonarios comunistas a lo Pere Portabella, aves exóticas a lo Antonio Maenza, poetas novísimos como Gimferrer y Azúa, arquitectos, fotógrafos, editores, barbudos de pantalón pata de elefante… «Fue muy divertido hasta que la política intervino y aquello se destruyó», dice. Entonces Azúa se echó al monte de París, que era el destino de los que se habían destejido voluntariamente de la generación anterior y militaban en Bandera Roja y por ahí. En París conoció a Cioran, que le dio unas botas viejas y un abrigo al confundirlo con un refugiado español. Fue discípulo de Foucault, Derrida, Lacan y Barthes. «Me vino bien estar junto a aquella gente. Me ayudaron a descreer. Y, sobre todo, a descreer de ellos». Por allá frecuentó también a Agustín García Calvo, ardiendo en el café La Boule d’Or con su inteligencia macerada en latines y foulards. Y en aquel marasmo de pensadores extremos Azúa abandonó la poesía…

– Fue ella la que me abandonó a mí. Nuestra relación era muy seria, pero la filosofía irrumpió y aquello se convirtió en un adulterio… Podría haber seguido escribiendo poemas, publicándolos, incluso quizás habría ganado el Premio Nacional… Pero aquello ya no era verdad.

– ¿Te ves como un escritor sin punto fijo?

– Soy muy partidario de creer que nuestra vida no tiene sentido, sino que se trata de un cúmulo de azares a veces necesarios y siempre satisfactorios si sabemos aprovecharlos. Yo diría que he seguido la línea más ortodoxa de la literatura contemporánea. De la poesía a la novela, de la novela al ensayo y el periodismo… ¿Cuál será el próximo paso?

– Algunos pasan a la política…

– No, no, eso no. Han sido demasiados desengaños. Mira el PSOE cómo está: desmantelado. Para los de mi generación no era un partido, sino una iglesia. Pero ya no pueden mantener los mascarones de proa ni el rumbo destructivo, tan reaccionario, si miramos, por ejemplo, su actitud ante los nacionalismos.

– ¿El cerco del nacionalismo te ha traído a vivir hace poco a Madrid?

– Sí. Voy a ser padre en unos días y eso me llevó a pensar que el egoísmo está de más. No queremos que nuestra hija sea educada en Cataluña. No deseo que la eduquen unos ideólogos que la van a derivar hacia una situación indeseable con el resto de los españoles. No quiero que me suceda como a un amigo cuando su hijo de 8 años le preguntó: «Papá, ¿nosotros qué somos: catalanes o fachas?». Ésa es la ideología imperante en los colegios y en las universidades a través de la vigilancia extrema de los comisarios políticos del nacionalismo.

– ¿Se trata de un exilio?

– Absolutamente. En Cataluña se da un totalitarismo blando parecido al peronismo en Argentina.

Queda un aparente poso de devastación en el discurso, pero no es tal. Hay quienes le asumen como un apocalíptico, incluso un reaccionario… «¡Pero si me da la impresión de que soy el único que queda de izquierdas en mi generación!», aúlla con una sonrisa que busca batalla… Se dibuja como un optimista febril. Hasta que se le pide diagnóstico para la cultura.

– Es una gran herramienta para salir del aturdimiento. Un antídoto. En ella está la salvación. Resulta evidente que la deriva espantosa del mundo occidental en los últimos 20 años es debida al arrinconamiento de los viejos saberes. Hemos renunciado a 3.000 años de Historia. Estamos en un momento en el que no sabemos lo que vendrá. Es un tiempo histórico distinto, en el que no sabemos cómo se llamará aquello que hoy conocemos.

La parla alcanza una cota de infierno que amenaza con llevarnos por delante. Entonces las palabras arrecian un tanto y hacemos pie con los ojos en la Gran Vía y su techo de nubes. Las nubes y su color hacia dentro, y su timón de colirio, y su telegrama de crines. Ahí nos quedamos. Qué bien hemos echado el día.

El Mundo (4.12.2011)

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