Abrigándose en la calle Nicaragua

PSOE - PSC

Los capitanes seguirán a cubierto, mientras el socialismo catalán se vuelve irrelevante como el valenciano

Hace ya 17 años, en el congreso de Sitges (1994), el núcleo que dirige el PSC tomó el poder. Aplastando a los obiolistas, controlaron el partido de modo leninista (como hacen, por cierto, todos los partidos). Cooptación de cargos dirigentes. Genuflexión previa a la entrada en las listas a parlamentos, alcaldías, concejalías, diputaciones. “Quien se mueva…”. Un poder sin fisuras, sí, pero extraño: aplastado Obiols, el grupo vencedor en lugar de situar al frente a José Montilla (o a cualquiera de los hombres fuertes del núcleo que dio en llamarse “capitanes”), entregó el PSC a un político de los llamados de Sant Gervasi, que regresaba de Madrid bastante quemado: Narcís Serra (1996).

Serra es un personaje listísimo y exitoso que siempre, incluso en las peores circunstancias, logra que le retraten de buen perfil. Lo hemos visto recientemente: nadie le pregunta si tiene alguna responsabilidad en las dificultades de Catalunya Caixa. El liderazgo de Serra, poco activo en apariencia, aportó detalles relevantes. Contribuyó a consolidar el poder de Miquel Iceta, que manda desde muy joven. Iceta pilotó la unidad de las juventudes en 1979, está en la ejecutiva de Barcelona desde 1982, en la del partido desde 1984 y, por si fuera poco, se encargó de los análisis del complejo presidencial de la Moncloa, que Serra dirigió como vicepresidente (1991-1995). La segunda aportación de Serra es la candidatura de Pasqual Maragall a la Generalitat (1999), que seguramente no hubiera sido posible en una dirección exclusivamente formada por los capitanes. Que Maragall no era santo de la devoción del grupo dirigente lo demuestra su dimisión de la alcaldía de Barcelona (1997), incomodado por la fiscalización política a que le sometía Antoni Santiburcio, concejal y secretario de la federación de Barcelona.

La presencia de Serra sumada a la candidatura de Maragall (1999-2003) y a su corta presidencia de la Generalitat (2003-2006) contribuyen a crear una imagen del PSC muy distinta de la real. En apariencia, es un partido con dos almas (la catalanista y la españolista, la metropolitana y la de Sant Gervasi). Dos almas que, supuestamente, transaccionan, se reparten los papeles y sintetizan una ideología. No hay, en la política catalana, tópico más inconsistente y menos fundado.

El PSC no tiene desde 1994 más alma que la de este extraño grupo dirigente que, pese a controlar con mano de hierro los intestinos de la organización, no se atreve hasta el año 2000, con Montilla, a encabezar el partido con un rostro propio. Seguramente Freud podría explicar, tras largas sesiones de psicoanálisis con los Iceta, Montilla, Zaragoza, Sala y compañía, por qué en 1994 y 1996 en lugar de optar uno de ellos al liderazgo del partido, que acaban de conquistar en un congreso, lo entregan formalmente a Serra. Y por qué no dieron un paso al frente en las elecciones a la Generalitat de 1995, cuando Obiols, ya defenestrado, renunció a perder por enésima vez (sólo Joaquim Nadal, alcalde y periférico, tuvo el coraje de dar un paso al frente). Y por qué apoyaron a un candidato como Maragall, por el que sentían tanta extrañeza (no mayor, es cierto, que la del propio Maragall hacia ellos). Maragall cosechó en 1999 los mejores registros del PSC en unas elecciones catalanas: 1.183.299 votos, 52 escaños. Aunque superó a Jordi Pujol en votos, no pudo gobernar. Cuatro años más tarde, con menos fuelle personal y menos votos, llegó a la Generalitat. Los tres partidos que le sostenían le crearon problemas. Pero el más duro fue, con o sin razón, el propio PSC. Finalmente, en el 2003, Montilla logra 796.173 votos y 37 escaños. Incluso en Cornellà tuvo menos apoyo que Maragall. El arraigo del alma supuestamente metropolitana quedaba en entredicho, pero la reedición del tripartito lo disimuló. La hecatombe del año pasado evidenció lo que cualquier observador atento sabía: que el PSC avanza de inercia, recoge votos para el PSOE pero no aporta valor añadido: ni discurso, ni arraigo ni proyecto.

Para renacer, el PSC debería refundarse. Pero la confección de las recientes listas a Madrid demuestra que sucederá lo contrario. Iceta y compañía hablan de unidad y de renovación consensuada. Ni asumen sus responsabilidades ni quieren marcharse. Es la lógica de la conquista. Sólo un grupo interior más fuerte podría obligarles. Pero ellos filtran la representación en los congresos. No es extraño que los candidatos alternativos a dirigir el PSC se muestren tan discretos y miedosos: quieren renovar, pero no pueden ofender a los que mandan. El grupo que controla el PSC desde 1994 seguirá abrigándose en la calle Nicaragua mientras el socialismo catalán se acerca sin prisa pero sin pausa a los niveles de irrelevancia del socialismo valenciano.

Antoni Puigverd

La Vanguardia (28.11.2011)

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