Es el momento de ser valientes

Albert Boadella 

Desde la transición, España ha padecido un retroceso sustancial en la igualdad entre los ciudadanos. Detalles como la lengua, la educación y las ventajas fiscales entre unos territorios y otros son algunas de estas desigualdades que se notan mucho más ahora, bajo estas circunstancias económicas, en las que se necesita una política estrecha y común. Existe un control razonable de las comunidades, pero Cataluña y el País Vasco siempre tienden a romper la baraja. Una actitud que únicamente busca colocar a España en una constante subversión constitucional. Estas regiones funcionan en sentido contrario al resto y eso conlleva un desgaste enorme para el conjunto de la sociedad.

El próximo Gobierno, más tarde o temprano, tendrá que afrontar las propuestas de autodeterminación que le van a arrojar sobre la mesa estas dos regiones. Es evidente que le plantearán el problema. La territorialidad es un problema esencial. Más importante para el país que el económico. Sin un Estado fuerte no vamos a ir a ninguna parte.

El gobierno del Estado español tiene que generar a partir de ahora una política de igualdad absoluta. Recuperar competencias, como la de educación. No puede ser que se eduque a los alumnos según la versión que se quiera dar de la historia en cada una de las partes de la nación. Sobre todo cuando, muchas veces, va contra el propio Estado. También tiene que haber una política de aplicación de la ley y no aceptar ninguna clase de chantaje. Se está en disposición para no tener que asumirlo, sobre todo, como parece, si el lenguaje de las armas calla y las minorías parlamentarias que condicionaban antes al Gobierno central carecen ahora de esa oportunidad. Existen dos posibilidades para que se acabe con el problema de la autodeterminación. Decir: con nosotros o fuera de nosotros. O en casa, o fuera de casa. Creo que si los nacionalistas se encontraran en una situación de estas características se pensarían seriamente sus peticiones. Si soy yo el que digo que te vayas, por lo general, las cosas empiezan a tomar otro cariz. España tiene que ser valiente en esta decisión de una vez por todas. No se puede aguantar un problema que constantemente está desuniendo y creando problemas económicos. Así no vamos a ir nunca a ninguna parte.

El sistema de división de las autonomías, considero, fue un error. Pero, una vez que se ha cometido el error, una vez que se ha hecho ley, no digo, por supuesto, que hayan aparecido algunas  ventajas. Como la aproximación de la administración a la ciudadanía. Aunque, en el fondo, fue una equivocación. Por eso ahora se requiere una decisión más valiente. Si Cataluña y el País Vasco tienen unas peculiaridades especiales, algo sobre lo que discrepo, se hubiera podido mantener un régimen especial. Esto habría estado  mejor, porque el Estado mantendría su fortaleza al conservar el ochenta por ciento del conjunto del Estado, que ahora es muy débil, porque todo está traspasado. La prueba es que existen Ministerios que no tienen ningún sentido. Además, con el paso de los años, se ha ido agravando la cuestión de las autonomías por la deslealtad de estas dos regiones frente a una idea común. 

La consecuencia es que resulta muy dificil plantear unas decisiones económicas que pasan por una enorme austeridad. Sobre todo cuando los sistemas de propaganda de estas regiones continúan. Hay que insistir en que todavía sigue la propaganda institucional secesionista, las inversiones lingüísticas y las embajadas de unas autonomías que se todavía se aprovechan económicamente. Se recorta de los funcionarios, pero no se ha reducido ni un céntimo la financiación de estas políticas. Si se quiere situar el Gobierno en un ángulo más austero hay que eliminar esto. Es algo que hay que tratar seriamente y de una forma radical, porque estas fórmulas desgastan mucho y porque han logrado dos generaciones educadas en el odio a España. Dos generaciones a las que se ha inculcado que España es el enemigo común. Ahora lo que hay que ver es cómo rehacer la trama en el conjunto de una nación que aún desea vivir en común.

Solamente si la situación económica empeora y se vuelve muy precaria es posible que todos estos delirios se calmen por vía del bolsillo y pasen a segundo término. Pero tendría que ir a mucho peor. Si Europa soluciona sus problemas a nivel político –y tiene que unirse políticamente por mucho que anden con juegos–, estas regiones tratarán de formar parte de esos estados europeos. Querrán integrarse entre ellos como Kosovo, porque, en el fondo, les importaría menos formar parte de Alemania o de Inglaterra que de España. Han inventado una gran paranoia y, claramente, son víctimas de esta paranoia.

Albert Boadella, Director de teatro

La Razón (27.11.2011)

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