Cuentos para no creer: “El hombre que conducía un Skoda rojo”

Rubalcaba en su Skoda 

Hacía más de treinta años que no se colocaba unos vaqueros. No sabía si iba a sentirse encorsetado, atrapado, en ellos ya que en las últimas tres décadas sólo había llevado pantalones de tela, de firma. Emidio Tucci, Maximo Dutti, Adolfo Domínguez o Pedro del Hierro eran sus versiones más económicas. Siempre de color oscuro, que es más elegante y versátil…

Pero aquella mañana volvería a enfundárselos porque así lo habían acordado los asesores de imagen con los directores de campaña.

Desde hacía un mes, estaba dando de nuevo prácticas de conducción con un profesor de autoescuela puesto que después de tantos años sin conducir era necesario recordar algunas cosas. Siempre le llevaban y los fines de semana que no tenía que ir a ningún lado, francamente eran tan pocos que optaba por quedarse en casa.

Pero así se lo habían programado.

Para él era volver a su juventud. Esa juventud que hacía ya mucho había dejado atrás. Su calvicie, que le empezó a afectar a los veintitantos, las arrugas en su rostro, las canas y las manchas en sus manos eran manifiestas, evidentes e irrefutables muestras, signos innegables, de su vejez.

Pero aquella mañana volvía a sentirse como un universitario. Conduciría un coche pequeño, de color rojo (no podía ser de otro color ya que los colores oscuros connotan un lado siniestro y el blanco denotaría neutralidad, lo convertiría en un ser insípido). Aparecería en una zona de parking de pago y, aunque era domingo y los domingos no se paga, pagaría con monedas de euros y céntimos. Nada de tarjetas y, por supuesto, nada de billetes grandes. Con monedas, que da mejor imagen. Así parecería que mira por el dinero. Por el suyo y por el de los demás.

Todo estaba lleno de simbología y significados, de connotaciones, esa mañana. La gente, los humildes espectadores, españoles de clase trabajadora, asumirían todos y cada unos de esos elementos como una verdad absoluta e irrefutable y en ese justo momento se olvidarían, desecharían de sus recuerdos que desde hacía muchísimos años no se había bajado de un coche oficial. ¡Ahhh… qué satisfacción más grande la de aquel día en que por primera vez le recogió un chófer en la puerta de su casa! Su mujer salió da despedirle a la puerta y una vez dentro del coche llamó a su madre para que sintiera orgullosa de él. Lo recordaba perfectamente, era un coche negro, grande, muy grande, con los cristales tintados, tapicería de cuero beige y con blindaje para protegerlo de posibles (en su caso era una posibilidad remota) agresiones. ¡Qué distinta era aquella mañana tan lejana y qué parecida al mismo tiempo con ésta en que todo se había preparado para él!

Sentía un sentimiento de enorme agradecimiento a eso compañero, a ese colega, que un día tuteló cuando llegó a Madrid. A ese muchacho de aspecto bonachón, inocente, tierno como un cervatillo… Le había devuelto una juventud y una oportunidad que pasó para él hacía muchos, muchos años cuando otros, más carismáticos que él, le arrebataron la oportunidad de liderar un proyecto. No le permitieron demostrar su valía. Y al mismo tiempo se sentía culpable porque la otra parte del trato incluía hacerle oposición a ese muchacho, negarlo como Pedro negó a Jesucristo, desdecirlo y si tenía oportunidad: deshacerlo.

Tenían que actuar como si no hubieran sido uña y carne, dos mitades de un todo, de un mismo sueño, de un mismo proyecto. Debían comportarse hablando el uno del otro como si no se conocieran, omitiéndose mutuamente y eso no era nada fácil.

Pero todo merecía la pena. Incluso llevarse por delante a la chica que más apreciaba de ese grupo de compañeros de fatigas. ¡Pobre Carmencita!

Era disciplinada, dulce pero firme… Sabía acatar las directrices que le había dado durante estos tres últimos años el Jefe del Estado Mayor. No había dado una sola guerra, ni una discrepancia, ni una queja… ni siquiera cuando en avanzado estado de gestación la mandaron a pasar revista a las tropas y a viajar a las llamadas zonas de conflicto donde, pese a que abanderábamos misiones de paz, los obuses y las balas llovían sobre los cuarteles de las tropas españolas. ¡Qué valentía la de esa mujer y qué mal le habían pagado! Bueno, ella, comprensiva como todas las mujeres, acabaría entendiendo que había sido por su bien. Justamente porque reconocían su valía no iban a arrojarla a los leones. Se habían portado como padres con ella. Y ya se sabe que quién bien te quiere te hará llorar.

Hizo un acto reflejo echando mano a su muñeca para ajustar sus gemelos.

Pero hoy no tenía gemelos que ajustar. Llevaba una camisa de Dustin, de oferta de 2 x 39€ en El Corte Inglés. Al alcance de cualquier trabajador.

Se colocó la chaqueta sobre el hombro y salió, acompañado por su escolta, a la puerta de su domicilio. Ahí estaba, aparcado junto a la acera, justo delante de la entrada.

Señor, ya está revisado y todo está en orden
Gracias – respondió.

Se subió al Skoda rojo, ajustó los espejos y el sillón y puso rumbo al pasado, al espejismo de no ser por unas horas el hombre en que se había convertido.

Encarnación Núñez Jiménez, profesora de Lengua, miembro del Comité central del PCA

larepública (23.10.2011)

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