¿Cobran demasiado los políticos?

Viñeta de El Roto 

Al político que ocupa un cargo electivo se le exige un altísimo nivel de dedicación, sea por la complejidad del cargo o por la necesidad de atender a los electores

Hace un par de años un grupo de amigos que se reúnen habitualmente cada mes para hablar un poco de todo me invitaron a una de sus cenas. Sorprende la cantidad de peñas de este tipo que hay en Barcelona. La gente tiene ganas de intercambiar opiniones sobre temas generales dentro de un amplio abanico de ideas. Es indudable que ello es bueno en toda sociedad, esta es la auténtica sociedad civil, no la oficial y subvencionada.

En el transcurso de la conversación se trató, como es natural, del bajo nivel general de nuestra clase política, asunto que se ha convertido ya en un tópico difícilmente rebatible. En otras cuestiones aparecían discrepancias, en esta hubo unanimidad. El grupo estaba formado por profesionales y ejecutivos de alrededor de cuarenta años, todos ellos muy preparados, que ocupaban altos cargos en empresas y despachos profesionales. Sus preguntas eran inteligentes, sus opiniones no eran en absoluto banales, sabían siempre muy bien de lo que hablaban.

En un momento dado les pregunté: ¿cuál de vosotros estaría dispuesto a dar el paso de dedicarse a la política y pasar a ocupar un cargo público? Ninguno estaba dispuesto. Las razones eran variadas pero una era común a todos: en su trabajo profesional cobraban, por lo menos, cuatro veces más que en un cargo político de alto nivel. Con este, decían, casi no alcanzaban ni a pagar la hipoteca. O sea: jóvenes profesionales muy competentes no estaban dispuestos a entrar en política por una cuestión de sueldo.

Ciertamente todo es relativo. Lo que para unos es mucho, para otros es poco. Un alto cargo político, por lo general, cobra más o menos lo mismo que un alto funcionario en sus últimos años de carrera, pongamos un catedrático de Universidad o un magistrado de Audiencia cuando han acumulado ya muchos complementos. Aunque en estos casos se trata de puestos funcionariales asegurados hasta la jubilación. No es el caso de los políticos, siempre provisionales en su cargo, al albur de luchas partidistas y vaivenes electorales.

Contrariamente a lo que muchos imaginan, al político que ocupa un cargo electivo (parlamentario, alcalde y concejal de una gran ciudad, presidente de Gobierno, ministro o consejero) se le exige un altísimo nivel de dedicación, sea por la complejidad del cargo, especialmente en el caso de que sea ejecutivo, o por la necesidad de atender a los electores, en el caso de que sea legislativo. Para muchos de estos cargos no hay horas libres, casi ni fines de semana. Se me dirá que nadie lo ejerce por obligación y es cierto. Pero también es cierto que alguien debe ejercerlo: si queremos vivir en democracia necesitamos políticos.

Además, el ejercicio de cargos públicos lleva inherentes pesadas servidumbres. Un empresario o profesional que habitualmente critica a los políticos consideraría una intromisión a su privacidad que los periodistas estuvieran continuamente husmeando en su empresa o despacho, hablando con sus empleados, publicando asuntos internos, apareciendo su nombre en las cabeceras de los periódicos y su imagen en la televisión. Además tendrían razón: el control de los poderes públicos es legítimo y necesario, el de las empresas y ciudadanos está vedado por el derecho a la mirada exterior. Quizás si los periodistas pudieran hacer lo mismo en sus empresas y despachos averiguaríamos su mal funcionamiento y muchos de sus trapicheos antes de enterarnos por las páginas de las crónicas judiciales. Por tanto, que empresarios y profesionales no presuman tanto de competencia y preparación frente a la ineptitud de los políticos.

Pero volvamos por dónde habíamos empezado: ¿cobran demasiado los políticos?, ¿se forran como dicen algunos? Por los sueldos que perciben es evidente que la respuesta es no. Si lo comparamos con responsabilidades equivalentes en el campo privado que requieran un grado de preparación parecida, las remuneraciones del sector público son muy inferiores. Por eso bastantes jueces, fiscales, inspectores de Hacienda o catedráticos, abandonan la función pública y pasan al campo privado. Probablemente este bajo nivel de los sueldos es, entre otros, uno de los factores de la baja preparación de los políticos actuales.

En un mercado de trabajo regulado por el principio de la competencia, por lo general, quien es más competente, dentro del mismo grado de responsabilidad, es el que exige un mayor sueldo. No sucede así en la política. Unos están mejor remunerados de lo que merecen y otros mucho peor: ciertos presidentes de Diputación cobran más que el presidente del Gobierno y algunos alcaldes de ciudades medianas sólo algo menos.

Ya sé que el tema no acaba ahí, que todo es mucho más complejo. Pero cuando oigo hablar, sin distinciones ni matices, de rebajar el sueldo a los políticos, me echo a temblar. Muchos cargos sobran, desde luego, pero no todos, ni mucho menos. En aquellos que son necesarios y exigen una buena preparación técnica, lo que debe hacerse es incrementarles el sueldo. A menos que queramos políticos todavía más ineficaces que los de ahora. ¿Cobran demasiado los políticos? Unos demasiado, otros demasiado poco.

Francesc de Carreras, Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB

La Vanguardia (20.10.2011)

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