PSC y PSOE (II de VI)

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La mejor expresión para definir este entramado, esta alianza, esta omertá, la acuñó la propia Asamblea de Cataluña al justificar el acceso o no a su seno, según se fuera o no de “obediencia catalana”. Ello dejó meridianamente claro a quién se consideraba de naturaleza digna por el llamado catalanismo. Ni la izquierda comunista o socialista, ni los sindicatos de clase, fueron admitidos, si eran de ámbito estatal. De ahí el lento e inexorable camino de transformación de valores y de mensajes de estos partidos y de estos sindicatos en Cataluña. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Unos inmunes a la realidad, otros pillaos por donde más duele. En aquel tiempo…

En las postrimerías del régimen franquista, hace bastante más de tres décadas, nos encontramos con una España deseosa de cambios hacia la libertad. Se perseguía el fin de la dictadura, el advenimiento de la democracia, el consenso político, la conciliación de las diferencias de intereses, el logro de una Constitución para todos, avanzar hacia Europa como garantía de modernidad y de hacer imposible cualquier involución. No cabe duda del protagonismo cualitativo y cuantitativo del PSOE, entre otras fuerzas políticas, en ese periodo y en ese movimiento.

En Cataluña se participaba de la misma inquietud y de la misma hiperactividad, probablemente con cierta supremacía en el liderazgo de las iniciativas o, al menos, la percepción era que aquí residía una buena parte de la punta de lanza hacia la modernidad. La condición de Barcelona como ciudad de la cultura y la proximidad de Francia añadían un plus envidiado y envidiable.

Al mismo tiempo, también en Cataluña, se había ido conformando y consolidando un entramado de alianzas y de objetivos políticos centrados en la llamada construcción nacional. La institucionalización de buena parte de este quehacer se acabó visualizando a través de L’Assemblea de Catalunya. Es decir, en Cataluña ocurren simultáneamente dos fenómenos de movimiento político: uno mayoritario, democrático y compartido con el resto de España, centrado en recuperar las libertades; y otro, de naturaleza nacionalista, minoritario y simpatizante del nacionalismo vasco.

Estos dos fenómenos, coetáneos pero distintos, se expresaban con cierto mimetismo de lenguaje y de comunicación. El nacionalismo aprovechaba el rebufo modernizador y el afán colectivo por la libertad y por la democracia para expresar sus objetivos mediante la expresión “recuperar las libertades nacionales”, incluso mediante el sofisma de que la consecución de las libertades nacionales era la condición previa de las libertades individuales. El tiempo ha ido mostrando cuan diferentes eran estas aspiraciones y cuan distinta su esencia.

Así pues, hace 3 ó 4 décadas, entre las élites políticas, sindicales, intelectuales y progresistas, además de la sed de democracia, se percibía el nacionalismo como un movimiento merecedor de simpatía, de comprensión y de ayuda. Los paradigmas de aquel presente estaban cargados, tanto de la necesidad de reparaciones históricas, como de la urgencia de dejar atrás el paréntesis oscuro de la guerra y, sobre todo, de la larguísima postguerra, gestionada por una dictadura cruel, inacabable y totalitaria.

De hecho, eslóganes como: “Suarez, cabrón, som una nación”, “Queremos pan, queremos vino, queremos a Fraga colgado de un pino”, “Llibertat, amnistia, Estatut d’Autonomia“, “Gora ETA askatuta” y “Visca Catalunya Lliure“, eran frecuentes e intercambiables, sin ninguna crítica, en las manifestaciones de las izquierdas, tanto del trabajo como de la universidad (muchos participábamos de aquel entusiasmo y las coreábamos; todo valía contra el franquismo).

Sin embargo, las acciones e iniciativas de construcción nacional llevadas a cabo en Cataluña tenían objetivos muy diferentes, que veían en la democracia, no un objetivo en sí mismo, sino una oportunidad de acción más fácil y de mayores alianzas; pero el objetivo real, como todo objetivo de construcción nacional, era conseguir un estado soberano e independiente.

La confesión explícita de este objetivo habría conseguido muy poco respaldo, al ser nimia la base social que la sustentaba, incluso irrelevante en términos electorales, pero se añoraba el retorno a los acuerdos republicanos en los que se había aprobado la autonomía y el Estatuto que la regulaba. Por otra parte, presentar el independentismo como horizonte utópico, en una sociedad que se abría hacia fuera, ávida de europeísmo y de valores universales, habría sido calificado de ruindad y hasta de traición.

Por estas razones, este movimiento se manejó (y lo sigue haciendo) con una dualidad comunicativa permanente, obligada por la disfunción entre lo que se puede decir y lo que se pretende conseguir. Por ello, la movilización de los sentimientos, la creación de mitos, la invención de la historia, la ambigüedad del lenguaje, el proselitismo permanente, el sobreentendido sin palabras, la complicidad, la exaltación de lo propio, el repudio de lo no propio, el culto a la autocomplacencia, el chantaje victimario, la trama de intereses… son las herramientas propias del nacionalismo, que el transcurrir del tiempo ha ido mostrando con toda su impudicia. Esto se comprende con facilidad: al ser su objetivo teleológico, todo elemento de utilidad debe ser usado, con independencia de la catalogación moral que pueda merecer.

La mejor expresión para definir este entramado, esta alianza, esta omertá, la acuñó la propia Asamblea de Cataluña al justificar el acceso o no a su seno, según se fuera o no de “obediencia catalana”. Ello dejó meridianamente claro a quién se consideraba de naturaleza digna por el llamado catalanismo. Ni la izquierda comunista o socialista, ni los sindicatos de clase, fueron admitidos, si eran de ámbito estatal. De ahí el lento e inexorable camino de transformación de valores y de mensajes de estos partidos y de estos sindicatos en Cataluña. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Olegario Ortega es vicepresidente de Ágora Socialista y militante de UPyD

Publicado el 10 de octubre: PSC y PSOE (I de VI). Introducción

La voz de Barcelona (16.10.2011)

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