El pecado

Viñeta 

Raro este país nuestro en el que nadie dice lo que gana o lo que tiene. Es sin duda una manera de protegerse de la envidia; una táctica para librarse de los pedigüeños; en el mejor de los casos, el deseo de no herir al que no lo tiene. Un decoro inculcado en nuestro catálogo moral por la tradición católica. En ese respeto a las tradiciones, nuestras derechas y nuestras izquierdas se parecen mucho más de lo que ellas estarían dispuestas a aceptar. El votante de derechas cree que si un personaje público de izquierdas tiene un patrimonio no está legitimado para defender la justicia social; el de izquierdas está dispuesto a desconfiar, por principio, de aquel que se enriquece pero también genera riqueza, es decir, del empresario. El dinero hay que llevarlo en secreto. Es un pecado.

Y van y se publican los patrimonios de los políticos. Y como nuestra mentalidad es la que es, eso alimenta discursos populistas y da lugar a comparaciones entre las casas que tiene uno y los garajes que tiene el otro. Como siempre, debates estériles. Del patrimonio de un político me interesa solo la diferencia entre lo que tenía cuando comenzó a representarnos y el presente; me interesa lo que gana en relación a su responsabilidad; la pensión que cobra en su retiro y los privilegios que supuestamente debe seguir disfrutando de por vida. El resto, la casa que heredó de sus padres o la que se compró con su sueldo, no me aporta nada, no es de mi incumbencia. Creo en la transparencia, por supuesto, pero en un país tan aficionado a culpabilizar al que se le supone un mínimo de bienestar todos los datos tienden a interpretarse torcidamente. En el fondo, esta transparencia que degenera en cotilleo nos aleja de lo esencial: saber si nuestra democracia goza de mecanismos para controlar la corrupción, un pecado hacia el que tenemos una gran tolerancia.

Elvira Lindo

El País (14.09.2011)

Sé el primero en comentar en «El pecado»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Traducción »