De Nueva York a Palestina

Caroline Fourest¿Hay por tanto que añorar la tiranía de Gadafi sobre Libia, o desear que Bachar El-Assad mantenga su despótico poder en Siria? En absoluto. Nada justifica, nunca, el apoyo a criminales contra la Humanidad. Estos criminales son, además, responsables del estado de sus pueblos. Son responsables de la miseria y de la propaganda, desde el espíritu de revancha hasta la instrumentalización del islam que han nutrido la alternativa islamista

Diez años después de los atentados del 11 de septiembre, parece haberse pasado página. Tres acontecimientos han simbolizado el paso de una etapa a otra: el derrumbe del banco americano Lehman Brothers, la “primavera democrática [árabe]” y, para terminar, la muerte de Osama Bin Laden. Ninguno de estos acontecimientos significa el fin del peligro que supone el islam integrista o terrorista, pero todos ellos modifican lógicamente nuestra percepción sobre las prioridades y las cuestiones en juego. Las cuestiones identitarias y religiosas no están ahora menos vivas, pero resultan secundarias frente a los desafíos planteados por la crisis económica y financiera. ¿Qué margen tiene el islamismo en esta nueva situación?

Varias de sus ideas-fuerza han dejado de ser tan sugerentes como solían. Para empezar, el antioccidentalismo de revancha, eco de un imperio otomano humillado, no tiene ya la misma potencia. ¿Cómo encajar “imperialismo” y “occidentalismo” cuando la primera potencia se debilita y el Extremo Oriente -en particular, China- extiende su imperio? ¿Qué sentido tiene la revancha poscolonial cuando la renta petrolera argelina bastaría para cubrir por sí sola el déficit francés?

¿De qué yihad hablamos cuando Francia y Estados Unidos han dejado de apoyar a los tiranos en nombre de la estabilidad, y han pasado a apoyar a los insurrectos -salafistas incluidos- contra Muamar el Gadafi? ¿Cómo movilizar cuando el enemigo no es ya George W. Bush, sino Barack Obama? ¿Cómo hacerlo ahora que Osama Bin Laden ha sido neutralizado?

Sobre el papel, la yihad internacional ya ha perdido numerosas razones de existir y de seducir. En principio, debería regresar a niveles anteriores al 11 de septiembre de 2001 y relocalizarse, es decir, volver a ser una constelación de pequeños grupos desordenados, que siembran el terror por razones locales o mafiosas (como los secuestros para obtener rescates). Sin embargo, varios factores podrían permitir a la internacional yihadista mantener la cabeza fuera del agua, e incluso obtener un segundo impulso.

Criminales de guerra

En primer lugar, el petróleo saudí continúa aprovisionando a todo grupo que se reclama del islam fundamentalista. Algo que permite a los islamistas estar mejor preparados que los demócratas para aprovechar la etapa abierta en los países árabes tras la primavera democrática. Sobre todo, si las cancillerías europeas y la estadounidense cometen el error de apostar por ellos, y de confiar en el discurso tranquilizador de los Hermanos Musulmanes, que siempre han manejado un doble discurso y se presentan como demócratas, únicamente con el objetivo de desplegar su estrategia islamista.

¿Hay por tanto que añorar la tiranía de Gadafi sobre Libia, o desear que Bachar El-Assad mantenga su despótico poder en Siria? En absoluto. Nada justifica, nunca, el apoyo a criminales contra la Humanidad. Estos criminales son, además, responsables del estado de sus pueblos. Son responsables de la miseria y de la propaganda, desde el espíritu de revancha hasta la instrumentalización del islam que han nutrido la alternativa islamista.

Queda abierto un amplio dossier, quizá el último que puede dar una apariencia de coherencia ideológica a esta funesta internacional del terrorismo yihadista: el conflicto israelo-palestino, que continúa crispando los ánimos árabes y minando a un pueblo israelí cada vez más indignado. A falta de poder llevar la paz a Oriente Próximo, Europa y los Estados Unidos deberían al menos reconocer el Estado palestino en la ONU, en lugar de oponer un veto que resultaría incomprensible -salvo por cuestiones de política interior-, que haría tirar por la borda toda la credibilidad obtenida tras la intervención aliada en Libia y que movilizaría de nuevo a los países del sur contra la doble vara de medir de Occidente.

El reconocimiento de Palestina no resulta sólo lógico, puesto que la nación palestina existe, sino que además permitiría dar un carácter más territorial, entre dos Estados, a un conflicto que durante demasiado tiempo ha sido vivido como asimétrico y confesional. Con todos los efectos irracionales que ello produce, y todos los demonios que ello alimenta. Desde hace demasiadas décadas.

Caroline Fourest es profesora en el Instituto de Ciencias Políticas de París, Sciences-Po París, y redactora jefe de la revista feminista Pro-Choix

La voz de Barcelona (11.09.2011)

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