Ese terrorista es de casa

Viñeta 

Nos lo repetimos tantas veces  que acabamos por creérnoslo. Todas las guerras son iguales. Todas las guerras son iguales. Pero luego las estudiamos y por muy parecidas que sean nunca son iguales, ni siquiera quienes las provocan. Sólo las víctimas tienen una cosa en común; su condición de víctimas. Decimos, todos los crímenes son execrables, pero resulta que los criminales son diferentes, y es verdad que uno queda mucho mejor haciendo declaraciones generales contra el terrorismo, sin meterse en harina, aunque luego en su fuero interno haya una disociación total entre lo que escribe y lo que piensa. ¿La invasión de Iraq fue terrorismo? Yo creo que sí y hasta lo podría demostrar, pero hay quien se declara riguroso combatiente frente al terrorismo internacional, y lo considera un acto pacificador.

Las teorías conspirativas sobre la relación entre ETA y el yihadismo islámico me parecen una supina estupidez y una prueba más de esa afición simplificadora de la derecha hispana, que lo amalgama todo cuando el terrorismo del enemigo se cruza en sus planes. Pero al mismo tiempo nunca entendí el argumento que rechazaba por principio que pudiera ser ETA la autora del 11-M, basándose en que las explosiones eran demasiado bestias e indiscriminadas. Ha habido en la historia de ETA atentados bestias e indiscriminados suficientes como para que fuera una posibilidad, y en muchos casos si no ha sido mayor la tragedia y el victimario es porque erraron en sus planes. La perversidad de una dinámica terrorista está en que no hay otros límites que la propia capacidad de matar; hasta donde puedan llegar, llegan.

Cuando en ETA se llevó a la práctica lo que un descerebrado con pretensiones denominó “socialización del sufrimiento” -por cierto, uno de los que ahora considera que sólo sirven las vías políticas no violentas-, eso traducía a escala vasca el terrorismo salvaje e indiscriminado de la yihad islámica que luego conocimos. Pero todo lo demás era diferente. No digamos tonterías, los terrorismos no se parecen en nada, salvo en las víctimas, que suelen ser inocentes.

Me impresionó en la misma mañana del sábado pasado leer el titular del ABC madrileño -”Atentado yihadista. Noruega bajo el terror”-, pero aún más a un cretino diplomado, que firma Fernando Reinares, hacerse el interesante en las páginas de El País explicando porqué los islamistas habían atacado Noruega: “en mayo de 2003 me encontraba precisamente en Oslo…”. Recuerdo a este personaje a comienzos de los años ochenta, haciendo una encuesta sobre la violencia -entonces no se decía terrorismo- a la que debíamos responder varios de nosotros, que luego él la presentaría al público lector. Acto de desvergüenza intelectual que el tiempo no se ha encargado de desmentir.

Ahora corrige la frivolidad y señala que escribió el artículo de marras desde Washington, porque reside en Estados Unidos, como si tanto despendole viajero a cuenta del erario fueran argumentos para poder decir naderías irresponsables. Catedrático en la Universidad Rey Juan Carlos e “investigador principal de terrorismo en el Real Instituto Elcano”, dice a pie de texto. ¡Un respeto! (Nadie te pide que corras a palabrear como un tertuliano, sino que pienses, que para eso te pagan, y sospecho que abundantemente). Cada vez me convenzo más que nuestro problema no es la crisis, sino porqué llevamos tanto tiempo en manos de frívolos irresponsables.

Anders Behring Breivik, noruego, 32 años, nacido en una familia culta y no creyente, padres votantes socialdemócratas y separados, amante del deporte, bien parecido, reaccionario (que se define por lo que odia), militante durante siete años del partido conservador, que allá se denomina “del Progreso” -23 % del electorado en septiembre del 2009, cuando ya él lo había dejado; quizá por eso, porque ya eran muchos y se habían ablandado-. Nivel cultural discreto para un adulto noruego, es decir, lo que llamaríamos “medio-alto” en nuestros estándares españoles. Sabe de qué habla y lo que oculta. Ningún problema económico, aunque nadie precisa muy bien de qué vivía. Trabaja para un atentado, pero lo hace solo. Este es un producto occidental, una excrecencia de nuestra sociedad. Éste es de casa y se podría reconstruir su ADN cultural, porque ya hay antecedentes de esa cepa y de ese virus, pero tiene elementos nuevos. Nuestros, pero nuevos.

Nosotros, los mayores, pertenecemos a un mundo de jugadores de parchís. Puede sonar a chiste, pero no lo pretendo. Es difícil encontrar a alguien de nuestra época que no haya jugado al parchís en su vida. También a las cartas, incluso a las máquinas tragaperras. Cuando me enteré que Juan Antonio Bardem, director de cine, se había convertido en un ludópata de máquinas tragaperras, confieso que me quedé impresionado. Lo entendí como si alguien, un amigo ya mayor, se hubiera colgado del cable telefónico cuando ya nadie utiliza otra herramienta para comunicarse que los móviles; instrumentos que dan juego para todo menos para el suicidio. Anders Behring Breivik sin ser un adicto era un apasionado de los videojuegos. Los preferidos World of Wircraft y Modern Warfare 2. Sé de videojuegos lo mismo que de física cuántica, pero me alcanza pensar que ese tipo hizo en la isla de Utøyalo mismo que un videojugador en vivo: eliminar enemigos de la pantalla.

Las generaciones de jugadores de parchís estamos perdidos en nuestra ignorancia para situarnos en el lugar del criminal. Porque no se trata de un asesino en serie sino de un terrorista; un individuo que actúa con un fin que sobrepasa sus intereses inmediatos. ¿Y cómo abordamos dos elementos fundamentales: la preparación del atentado y la crueldad? Sobre todo, la crueldad. Eliminar implacablemente con balas reforzadas a unos adolescentes socialdemócratas, cuantos más mejor. Si hubiera podido a toda una generación, con seguridad lo hubiera hecho. Y preparar una explosión que cumpliera dos finalidades estrictamente pensadas: ensangrentar el centro del poder político, y de paso atraer la atención para darle tiempo a arrasar el campamento de los jóvenes socialdemócratas.

Nuestro recurso más fácil es el de la locura. Está loco. Los nazis no estaban locos y Hitler menos que ninguno de ellos. Lo que ocurre es que perdieron. No solemos decir de los dictadores que lograron morir en la cama, rodeados de aduladores, que estaban locos. Ni Stalin, ni Franco, por citar dos casos de manual. Tenían manías y obsesiones criminales, eso es todo. Pero aquellos que fueron derrotados y pasaron antes por una  etapa de éxito y gloria, esos estaban locos. Una forma de evitar la responsabilidad de analizarlos y saber de dónde demonios salieron, y por qué fueron tan populares. En definitiva, de dónde salió su mentira y cómo se encubrió su crimen.

Detrás de la mente concienzuda y rigurosa de ese terrorista noruego hay acumulados restos que creíamos barridos por la historia. No ha matado emigrantes musulmanes, que le hubiera sido más fácil, e incluso le hubiera servido para justificarse ante una corriente reaccionaria que amenaza tanto más que el islamismo radical, porque procede de nuestra historia, incluso de nuestra cultura -porque hubo una cultura fascista y existe una cultura que la justifica-. Fue directamente hacia el poder socialdemócrata y a los jóvenes que iban a ser la próxima generación de dirigentes noruegos.

Le sorprendió, al parecer, que no le mataran los policías que le detuvieron. De seguro, él lo habría hecho. Incluso buena parte de esos antiterroristas que se impresionaron hasta las lágrimas por la matanza, se sentirían más a gusto con su conciencia si hubieran acabado con él en el lugar del crimen. Sin embargo, pienso que de ser noruego me sentiría orgulloso de ese final. Está todo tan lejano de nosotros, que me gustaría ser ciudadano noruego, aunque sea como homenaje, por unos días, mientras honran a sus muertos. A nosotros nos faltan ciudadanos y nos sobran linchadores.

La próxima ´sabatina´ aparecerá el primer sábado de septiembre.

Gregorio Morán

La Vanguardia (30.07.2011)

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