El discurso del odio

Nacionalismo xenófobo 

A primeros de julio pillé un taxi en el centro de Barcelona para que mellevara al aeropuerto. Tras comentar el posible aumento de carteristas, el taxista comenzó a desarrollar un discurso que fue adquiriendo un beligerante tono racista y antimusulmán, atribuyendo todos los robos callejeros a los inmigrantes norteafricanos. Tras decirme que vivía en un barrio de una ciudad cercana a Barcelona, progresivamente ocupado en los últimos años por marroquíes, pasó a informarme de una conspiración de los países árabes con el objetivo de dominar Europa, dirigida por los poderosos reyes y emires que controlan el mercado del petróleo.

Me mostré algo escéptico ante tal posibilidad pero, más preocupado por no perder el avión que por rebatir los argumentos del taxista, dejé que se explayase y comprobé que alguien le había adoctrinado mediante un guión minuciosamente elaborado. En este plan maquiavélico por dominar todo el continente, España y, en concreto, Barcelona, habían sido escogidas como el país y la ciudad por donde empezar la reconquista europea dado que eran el eslabón europeo más débil, con los gobernantes más abiertos en materia de inmigración y con un rey y un presidente del Gobierno sobornados por los petrodólares árabes.

Mi interlocutor no cesaba de suministrar detalles y cifras sobre los avances de este imaginario plan. Incluso, ya llegando al aeropuerto, trajo a colación la vieja polémica sostenida a mitades del siglo pasado entre los historiadores Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz: el primero estaba equivocado, según el taxista, al considerar que las raíces identitarias de España provenían de un cruce cultural entre cristianos, musulmanes y judíos; el segundo acertaba, por supuesto, al sostener que las raíces culturales españolas son cristianas.

Por su manera de expresarse, mi conductor no parecía ser un hombre intelectualmente preparado. Así pues, las teorías que me explicaba no eran el fruto de una reflexión propia sino la simple repetición de propaganda panfletaria. Alguien, en consecuencia, está inoculando en personas escasamente formadas el veneno del odio contra los inmigrantes musulmanes, convertidos actualmente en los nuevos judíos: del antisemitismo hemos pasado al antiislamismo, la nueva modalidad de racismo en la Europa de principios del siglo XXI. Al enterarme de la tragedia noruega, el relato del taxista me vino inmediatamente a la memoria. No porque en tal conversación se invocara la necesidad o la conveniencia de acciones terroristas sino porque tales acciones suelen suceder cuando previamente existe un determinado caldo de cultivo.

En efecto, ante la tragedia de la semana pasada, caben dos posibilidades: o bien se trata de un loco aislado que decide matar indiscriminadamente para así intentar resolver sus problemas psicológicos; o bien se trata de una persona, sin duda también alterada mentalmente, que emprende tan salvajes acciones con el objetivo de trasmitir un mensaje a la sociedad sabiendo que una parte de la misma está esperando escucharlo.

Por lo que parece, el asesino noruego pertenece al segundo grupo como muestran sus antecedentes políticos en las actividades de la extrema derecha. En este sentido, el cuadro político europeo es inquietante. Crece la insatisfacción con el funcionamiento de los mecanismos democráticos de los distintos estados, especialmente con los cargos políticos y con los partidos, además de con una Unión Europea que no sabe encontrar soluciones a la crisis económica. Ello se traduce en un aumento del voto a formaciones antieuropeístas, nacionalistas y de extrema derecha, ideológicamente contrarias a los valores de la democracia liberal, es decir, a la igual libertad de todas las personas. Así, partidos de esta naturaleza han obtenido recientemente resultados significativos: 23% en Noruega, 19% en Finlandia, 17,5% en Austria, 16,7% en Hungría, 15% en Holanda, 13% en Dinamarca.

Todos estos partidos se basan en un nacionalismo xenófobo en el que se mezclan la necesidad de preservar una supuesta identidad cultural y cerrar el paso a la inmigración, en especial la proveniente de países musulmanes. Si a ello añadimos, como ha reivindicado el asesino de Oslo, la vuelta a un fundamentalismo cristiano, estamos ante la posibilidad de que estalle una tormenta perfecta, especialmente si tenemos en cuenta que la crisis económica no ofrece signos de remitir ni hay perspectivas de que a medio plazo disminuya la inmigración.

Todos estos factores de crisis –económica, social y política– estaban también presentes en los años veinte en Alemania. Fueron el caldo de cultivo en el que triunfó el nazismo. En aquella ocasión, además, los judíos fueron considerados el enemigo interior, los traidores a la patria por estar al servicio de grandes poderes económicos extranjeros. Hoy el cuadro europeo general empieza a parecerse a aquella Alemania de entreguerras y los inmigrantes musulmanes han pasado a ocupar el lugar de los judíos. El discurso de mi taxista, el discurso del odio, lo explicaba muy bien.

Francesc de Carreras, Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB

La Vanguardia (28.07.2011)

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