La Inteligencia y el músculo

El presidente de EE.UU., Barack Obama, el vicepresidente, Joe Biden, y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, siguen en directo la operación que acabó con la vida de Bin Laden./ PETE SOUZA

¿Imaginan qué dirían quienes aquí estos días aplauden al comando de EE UU si fuera nuestro?

León Panetta, director de la Agencia Central de Inteligencia, en castellano la CIA, ha ofrecido una traca final como despedida del cargo antes de ocupar el de secretario de Defensa en el Pentágono. Nada menos que la eliminación de Osama Bin Laden, ejecutada a tiro limpio por un comando de la Armada. La noche del domingo, en un mensaje a la nación desde la Casa Blanca, el presidente Barak Obama hizo el primer anuncio de semejante hazaña en términos de victoria contra el maligno, de triunfo sobre el príncipe de las tinieblas terroristas. Un mensaje que concluyó implorando la bendición de Dios para América. De la operación del comando apenas se conocieron detalles, salvo que se había efectuado sin bajas propias, que había durado 40 minutos y que apenas había encontrado resistencia.

En la Red hubo referencias inmediatas a la comprobación del ADN del enemigo número uno y al “traslado del cadáver a Afganistán para enterrarlo en el mar de acuerdo con la práctica musulmana”, según informaciones atribuidas a la CNN y a The New York Times. Permaneceremos atentos para saber a cuál de los inexistentes mares afganos, descubiertos ahora para asombro general, ha sido arrojado el cadáver de Osama. Porque desde que se dibujaron los límites cartográficos de Afganistán, sus fronteras se mantuvieron a seco, sin noviazgo alguno con el mar, padeciendo la envidia de las olas, como nuestra María Dolores del bolero. Sus fronteras son todas terrestres y están más o menos deslindadas con Tayikistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Irán y Pakistán. En cuanto a lo de la práctica musulmana de las tumbas en el mar, parece más bien una metáfora como la de las rosas en el ídem de Luis Eduardo Aute.

La onda expansiva de la noticia generó enseguida celebraciones públicas ante la Casa Blanca de Washington o en los lugares santos de Nueva York, como Times Square o la Zona Cero. Eran manifestaciones de júbilo popular por la muerte del “bastardo”, como tituló el periódico News Day. De todas partes llegaron enseguida felicitaciones a las autoridades americanas por haber matado a Osama Bin Laden, ideador de Al Qaeda, sobre quien se habría cumplido la sentencia dictada hace 10 años por Bush tras la masacre del 11 de septiembre. Además, en sus palabras del domingo noche, el presidente Obama parecía en posesión del criterio inapelable sobre la vida cuando dijo aquello de “se ha hecho justicia”. Afirmación que recuerda las de los alcaides de penitenciarías al dar cuenta de la ejecución de una pena de muerte. La analogía se agudiza porque la operación del comando de la Armada para nada ha sido un encuentro fortuito, accidental, donde acabaran desenfundándose las armas, sino el cumplimiento estricto y deliberado de un designio de muerte.

Lo que estaba en juego era el orgullo herido de Estados Unidos, que buscaba de modo incesante reparación desde el mismo día 11 de septiembre de 2001. De ahí el bombardeo de Afganistán, primera demostración de músculo, que confirmaba la conocida inutilidad de dar coces contra el aguijón. De ahí también la invasión de Irak, que fue transmutado en amenaza mediante el malabarismo de asignarle la posesión de unas inexistentes armas de destrucción masiva y de culparle de afinidades íntimas con Al Qaeda. Siendo así que Sadam Husein, que en su día fue abastecido de gases de toxicidad letal, tan útiles que resultaron contra los kurdos del norte, jamás había mostrado connivencia alguna con los terroristas, excluidos de allí por completo.

Otra cosa es que disparar sea un ejercicio situado en las antípodas de las sutiles tareas propias de los servicios de Inteligencia. Andar a tiro limpio reflejaría que manca finezza. Ofrecer un cadáver, que ya ha quedado hundido en el fondo del mar e invocar para ello la conformidad con una práctica musulmana de la nunca hubo noticia, puede suscitar entusiasmo, pero convengamos en que Bin Laden vivo hubiera podido suministrar ayuda decisiva en la ingente tarea de la desarticulación de Al Qaeda, que es de lo que se trataba. A menos que Bin Laden hubiera pasado a ser irrelevante, pero entonces su eliminación también lo sería. Pena da que Estados Unidos derive hacia la elementalidad de las tropas de choque del antiguo KGB soviético, que abandone la sutileza por el músculo, que se aleje del modelo Joseph Conrad, Graham Greene o John Le Carré.

No se trata de “dar una bofetada en la cara del viento dominante”, de la que hablaba C. P. Snow, pero esta war on terror, a base de Abu Graib o Guantánamo y de tribunales militares sigue una senda de deshonor. En todo caso, ¿imaginan qué andarían bramando quienes aquí estos días aplauden al comando de EE UU si fuera nuestro?

Miguel Ángel Aguilar

El País (3.05.2011)

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