La autonomía como peldaño

Xavier Rubert de VentósLa política catalana sigue allí donde no ha dejado de estar en los últimos treinta años

Tras cuatro meses del Govern de CiU, ya empieza a vislumbrarse el diseño global de su actuación política en los próximos cuatro años, tanto en su letra como en su música. En cuanto a la letra, el eje principal se articula en torno al ideario liberal del momento: desregular la vida social y económica, rebajar impuestos directos, adelgazar lo público y potenciar lo privado. Realmente se trata de una reacción natural tras los años del tripartito, de aquel Govern que se proclamaba “catalanista i d’esquerres”, pero que se distinguió mucho más por lo primero que por lo segundo, confundió socialismo con burocracia clientelar y creó un déficit y una deuda que tardaremos años en pagar. Por tanto, que el péndulo haya oscilado hacia el otro lado es natural: reducir la deuda y no incurrir en déficit es una buena orientación exigida por el sentido común, la lógica económica, el Estado, la UE e, incluso, la semana pasada, el mismo FondoMonetario Internacional. Hasta ahí, pues, vamos bien.

Sin embargo, a partir de ahí, las opciones no están claras. El punto clave consiste en determinar los campos en los que este ahorro debe aplicarse. Ciertamente, hasta la presentación de los presupuestos no podremos emitir un juicio bien fundado, pero todos los indicios apuntan a que las tijeras del recorte se dirigen, preferentemente, hacia el gasto social: es ahí donde el liberalismo se tiñe de conservadurismo. Quizás sería la ocasión de contemplar otras opciones.

Por ejemplo, ¿no se podría aprovechar para llevar a cabo la tan aplazada reforma del régimen local y reducir drásticamente los municipios, el 40% de los cuales tienen en Catalunya menos de 500 habitantes?, ¿y si se iniciara el desmantelamiento de las diputaciones provinciales?, ¿hasta cuándo se mantendrán las costosísimas subvenciones a empresas patrióticas de tan triste porvenir como Spanair? Todo esto también sería liberalismo, señor Mas, constituiría un ahorro y no sería contradictorio con su ideario sino al contrario.

En cuanto a la música, al chunta-chunta más visible y popular, no parece que nos hayamos movido de sitio: el agravio, la queja, el supuesto maltrato que España inflige a los catalanes desde hace siglos siguen siendo la razón principal de esa independencia cocida a fuego lento y que nunca llega pero que es necesaria para demandar ciertos privilegios. En fin, la pesadez de siempre, aunque ahora menos metafísica que en los tiempos de Jordi Pujol, más materialista, formulada en el lenguaje de las escuelas de negocio en tiempos del twiter. De momento reclamamos que la Generalitat reciba ya un fondo de competitividad previsto, en principio, para el año 2013. Si nos lo dan, bien; si no, seguiremos quejándonos, una agravio más, peix al cove de los sentimientos.

Pero esto es, simplemente, el aperitivo, para hacer boca. La reclamación de imposible cumplimiento que suministrará un buen guión a estos cuatro años de legislatura será la petición de concierto económico bajo el nombre de pacto fiscal. La función de estos brindis al sol, como fue la desgraciada historia del Estatut y tantas otras, está bien clara y la describió perfectamente Xavier Rubert de Ventós hace unos meses en este mismo periódico (véase su artículo “Rumbo a la independencia” en La Vanguardia del 22 de enero pasado) al referirse, precisamente, al concierto económico como eje vertebrador del programa de Mas para esta legislatura y como un hito en el camino hacia la independencia.

Decía así Rubert: “(…) No se trata de empezar por lo más emocionante [es decir, la independencia] sino por lo que a priori suscita un mayor acuerdo en Catalunya: eso del pacto fiscal, por ejemplo. Un concierto económico que tanto si ‘sale bien’ como si ‘sale mal’ puede tener efectos beneficiosos. Si sale bien (como es poco probable) y Madrid acepta el reto, porque cargará nuestras arcas y nos dará medios económicos para enfrentar a la vez la crisis fiscal y la construcción estatal de Catalunya… Y si sale mal, si Madrid se resiste, servirá para cargar definitivamente de razones nuestro independentismo. Como dice Terricabras, “el rechazo habrá servido entonces pedagógicamente para que, de aquí a cuatro años, el independentismo tenga más munición’… y menos lastre”. No se puede ser más claro: el pacto fiscal como elemento táctico de una determinada estrategia. Por unas u otras razones, siempre se sale ganando.

Eso sucede cuando la autonomía no es un fin en sí misma sino sólo un peldaño para la independencia, cuando la autonomía no sirve para hacer política, sino para crear conciencia nacional. Algunos quizás llegaron a pensar que Mas sería un político más pragmático y menos ideologizado que el anterior tripartito, se preocuparía más por la existencia de los catalanes que por las esencias patrias.

Todo indica que no será así, sea por él o por su partido, por la tutela que sigue ejerciendo Pujol padre o por la influencia del grupo de Pujol hijo. La política catalana, por el momento, sigue estando en el mismositio de siempre: allí donde no ha dejado de estar en los últimos treinta años.

Francesc de Carreras

La Vanguardia (28.04.2011)

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