Zapatero: la banalidad del bien

Viñeta

Los meses que le quedan de mandato poco añadirán a su trayectoria

Tras su anuncio, el pasado sábado, de que no se presentará a la reelección, tenemos ya suficiente perspectiva para emitir un juicio general razonado sobre los años de gobierno de Rodríguez Zapatero. Los meses que le quedan de mandato poco añadirán a su trayectoria.

Zapatero tuvo un inicio deslumbrante: un estilo nuevo de hacer política y una aparente orientación hacia la izquierda mediante el desarrollo de determinados derechos y libertades. Sabía comunicar sin aspavientos ni constantes descalificaciones al adversario, guardaba las formas propias de una persona bien educada en medio de una disputa de navajeros. Los nuevos derechos, por su parte, desarrollaban los grandes valores de libertad e igualdad, tan centrales en las ideas de izquierda.

Sin embargo, pronto empezó a verse claro que tanto a Zapatero como a su joven e inexperto entorno les faltaba consistencia política e intelectual y les sobraba arrogancia e imprudencia. Estaban dispuestos a tirarse a cualquier piscina sin haber mirado antes si había agua. Ya hace años que Antonio Elorza escribió un famoso artículo sobre el presidente con el kunderiano título de “La insoportable levedad de Zapatero”, en alusión a un rasgo central de su personalidad política. Esta levedad puede resumirse en dos características que le han abocado a este triste final: adanismo y tacticismo.

El adanismo significa que uno no se siente continuador de nada sino comienzo de todo: recuérdese que con Adán, según la tradición cristiana, empezó la humanidad. Así, Zapatero pensó que también con él comenzaba una nueva etapa de la historia de España. El adanismo es un estilo de hacer propio de aquellas gentes para las cuales los problemas son simples y, por tanto, fácilmente solucionables, ignorando que la realidad política es compleja y resolver los problemas no es asunto sencillo. Con adanismo se lanzó Zapatero a cambiar el PSOE y romper con una tradición de consensos implícitos básicos que, como reglas no escritas, habían fundado la época constitucional.

De entrada apartó de puestos clave en su propio partido a toda una generación socialista que rondaba los cincuenta años cuando él llegó al poder y que estaba en el mejor momento para que se aprovecharan sus conocimientos y experiencia política. Con el tiempo se ha visto el fracaso de este imprudente reemplazo generacional: ha tenido que recurrir a Rubalcaba y a Jáuregui, dos ejemplos de esta generación sacrificada. La escasa consideración de los ciudadanos por su clase política algo tiene que ver con los nuevos cuadros zapateristas.

Siguiendo con este adanismo, más grave aún fue el intento de cambiar las mismas bases históricas del sistema constitucional mediante una versión oficial de la República, la Guerra Civil, el franquismo y la transición. El instrumento fue el proyecto de la famosa ley de la memoria histórica que, a la postre, quedó en casi nada gracias a la intervención decidida de un historiador responsable como Santos Juliá. Pero el mal ya estaba hecho: retornaron todos los demonios de nuestra historia pasada que todavía andan rondando por ahí. Por último, el adanismo se demostró también en el frustrado e ingenuo intento del mal llamado proceso de paz en Euskadi, que acabó en agua de borrajas, con bombas y muertos de por medio. Las cuestiones complejas no se solucionan con recetas simples: se ignoraron treinta años de historia.

En segundo lugar, quizás Zapatero hubiera sido un buen táctico en el caso de haber sido un buen estratega. Tiene sentido del regate en corto –por ejemplo, sus respuestas en los debates parlamentarios– pero no del pase adelantado. La estrategia está basada en la coherencia del largo plazo, la táctica en sortear los problemas inmediatos y sólo es buena si se engloba dentro de una estrategia. Pero Zapatero ha sido un táctico sin estrategia: aun habiéndose quedado con el balón tras driblar a varios contrarios no puede culminar la jugada.

Esto le sucedió con el Estatut de Catalunya, sin el concurso del PP y sólo aprobado para asegurarse un pacto con CiU que le diera estabilidad parlamentaria en el Congreso. Esto último no tuvo lugar y, además, por tal motivo, se ha embrollado innecesariamente la cuestión autonómica y no se han solucionado los problemas pendientes. Más visible ha sido el fracaso de las políticas económicas y sociales. Solbes fue un buen ministro de Hacienda –es decir, de control del gasto– al que no se le hizo mucho caso. Pero el ministro de Economía ha sido siempre, entonces y ahora, el mismo Zapatero, que no tiene ni idea de economía. La ignorancia es atrevida y el resultado está a la vista.

En definitiva, Zapatero ha sido un presidente bienintencionado pero, como es sabido, el cielo está empedrado de buenas intenciones. En política, en cualquier trabajo profesional, lo que cuenta es la competencia y esta es una cualidad que no posee el todavía presidente. Lo que quizás ha demostrado en estos años es el significado político de la banalidad del bien: cómo el talante, la sonrisa y la buena educación pesan poco al hacer el balance de la actuación de un gobernante.

Francesc de Carreras

La Vanguardia (7.04.2011)

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