El castellano está de moda

Español o castellano
No es necesario mostrar el salvoconducto de buen catalán cada vez que respiras en una lengua que no es la del poder. El respeto a las lenguas constitucionales de Cataluña no se ha de gesticular, es la legalidad. Con eso debería bastar. Nadie va por ahí disculpándose a diario de lo respetuoso que es con las señales de tráfico. Es la legalidad, se respeta y basta. Nadie tiene derecho, por muy obsesionado que esté con el control de velocidad, a exigir al vecino cada vez que coge el coche, su compromiso verbal con el ‘stop’ de la esquina

‘El castellà està de moda entre els joves’, rezaba el titular de e-noticies el pasado 31 de marzo. Y añadían en el subtitular: ‘El 54% dels catalans entre 14 i 19 anys la tenen com a llengua inicial’. Eran datos extraídos del Barómetro de la Comunicación y la Cultura de la Fundación Audiencias de la Comunicación y la Cultura (FUNDACC), resumidos por LA VOZ DE BARCELONA. ¡Estupenda noticia para todos los que tenemos al español como lengua habitual! En lugar de disimular, mostrar indiferencia como si no fuera con nosotros, deberíamos mostrarnos felices, gritarlo a los cuatro vientos.

Si después de los esfuerzos insufribles del catalanismo por arrinconar al castellano, la mayoría social de las nuevas generaciones catalanas escogen la lengua de Cervantes, como lengua habitual, ¿no es acaso motivo de gozo para todos los que expresamos nuestras emociones con ella? ¿Quién no se siente feliz cuando el amor le sonríe, quién no comparte ese estado con los amigos cuando cambia a un trabajo mejor o su hija le trae buenas notas a casa? ¿Quién renuncia a celebrar su buena estrella cuando le toca la lotería o gana su equipo de fútbol? ¿Por qué hemos de esconder la satisfacción que nos produce el aumento de hablantes de español en Cataluña? ¿Por qué hemos de callarlo para no sentirnos culpables o para pasar desapercibidos en el paisaje? Si los demás pueden hacerlo, ¿por qué no nosotros?

Esta respuesta tan universal ante la fortuna, en Cataluña, se reprime cuando se trata de celebrar la fortaleza del español. Casi aparece como una agresión al catalán. Tanto y con tanta insistencia nos han machacado con eso de que es un idioma agresor, culpable de la exclusión del catalán e impropio de Cataluña que exteriorizar la suerte de tenerlo por lengua primera nos hace sentir culpables. O al menos, nos impide expresarlo con normalidad. Como pasa con la bandera española y pasaba con la selección nacional de fútbol. El Mundial de Sudáfrica nos demostró dos cosas: la alegría compartida por el triunfo de la selección cohesiona más a la sociedad catalana que reprimir los sentimientos y que si tú no te respetas, no te respetará nadie.

¿Por qué todo lo que se haga por el catalán es motivo de orgullo, y de culpa si se hace por el castellano? ¿Por qué en Cataluña unos ciudadanos pueden exteriorizar el derecho a defender su lengua materna, y a sentirse legitimados para reclamar todos los recursos necesarios para hacerla hegemónica, y otros no? ¿Por qué unos ciudadanos exigen para sí el estatus de lengua propia cuando se trata del catalán y otros han de conformarse con ser meras comparsas, callar y cooperar con el abuso?

¿En nombre de qué los defensores de una lengua tienen derecho a imponerla, y los otros ni siquiera a mostrar su compromiso con ella? Si de lo que se trata es de excluir al otro, ¿por qué ha de aceptar el excluido su eliminación y además asumirla moralmente? En la historia de la humanidad abundan grupos religiosos, nacionales, étnicos, lingüísticos, etc., dispuestos a excluir a otros grupos. Es una constatación. Pero asumir por parte del excluido la necesidad moral de ser eliminado en nombre de la identidad, solo puede ser fruto de una excepcional anormalidad. En ningún caso aceptable.

La respuesta a todas estas preguntas es lacerante, propia del Antiguo Régimen: unos se sienten propietarios y los otros no; unos hablan desde dentro de casa y otros han asumido su condición de jardineros; unos muestran su superioridad moral en nombre de la nació, y los otros soportan acobardados el fardo de España. Las consecuencias son evidentes, a pesar de que el 56,7% de los ciudadanos de Cataluña tienen al español como lengua materna y el 35,3% el catalán, las instituciones políticas, culturales y mediáticas, incluido el Gobierno de la Generalidad, solo tienen una lengua. La sumisión no se puede expresar con mayor contundencia.

No me justificaré con la socorrida letanía de “esto no significa estar en contra del catalán”. Ya cansa tener que justificar la culpa que te imponen otros para robarte con mayor descaro. Nos hemos pasado media vida atrapados por este acoso moral y la otra media perfeccionando el catalán para ser respetables. ¡Basta ya! ¡Sacudámonos de encima tanta farsa! No es necesario mostrar el salvoconducto de buen catalán cada vez que respiras en una lengua que no es la del poder. El respeto a las lenguas constitucionales de Cataluña no se ha de gesticular, es la legalidad. Con eso debería bastar. Nadie va por ahí disculpándose a diario de lo respetuoso que es con las señales de tráfico. Es la legalidad, se respeta y basta. Nadie tiene derecho, por muy obsesionado que esté con el control de velocidad, a exigir al vecino cada vez que coge el coche, su compromiso verbal con el stop de la esquina. Además de acoso moral, es estúpido. Tanto del que acosa como del que consiente ser acosado. El maltratador tiene tanto más éxito cuanto más tiempo consienta la víctima. Y en Cataluña, ya nos conocemos todos; los maltratadores lingüísticos, no cejarán en el acoso. Las muestras de sumisión no nos harán más libres, solo más débiles. Aquí ya nadie engaña a nadie, nunca te arrastrarás suficiente, siempre querrán más. Ahí tenéis a Jordi Pujol y a Artur Mas: ya han votado por la independencia. ¡Menos mal que la realidad está con nosotros!

Antonio Robles es profesor y ex diputado autonómico

La voz de Barcelona (3.04.2011)

Sé el primero en comentar en «El castellano está de moda»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Traducción »