Multiculturalismo y malentendidos

Multiculturalismo y malentendidosA fuerza de confusión y de instrumentalización, el término «multiculturalismo» ha engendrado uno de los mayores malentendidos políticos de nuestra época. Primer contrasentido frecuente: «multiculturalismo» no quiere decir «multicultural». El multiculturalismo es una filosofía política, de inspiración anglosajona, que consagra el derecho a la diferencia sobre el derecho a la indiferencia. A riesgo de fomentar lo que divide, en lugar de lo que une.

Como muchas otras filosofías políticas, el multiculturalismo es más sutil en la teoría que en la práctica. Sus teóricos más prudentes no aprueban los excesos comunitarias. Y aquí hay que distinguir entre lo «comunitario» y lo «comunitarista». Lo comunitario no es en absoluto un problema; todo lo contrario, puesto que crea vínculos adicionales a los propios de la ciudadanía. Sólo se convierte en excesivo, en «comunitarista», cuando pretende fundar una adhesión que sumerja el vínculo cívico. Paradójicamente, los miembros de la comunidad dominante agitan con frecuencia el espantajo comunitarista cuando una minoría se organiza para alcanzar la igualdad. Como cuando los homosexuales se movilizan para reivindicar el derecho al matrimonio. El espantajo comunitarista se agita, sin embargo, sin razón en estos casos. El verdadero comunitarismo no está ahí. Surge cuando grupos religiosos predican la supremacía de la ley religiosa sobre la ley común, o aspiran a derogar esta última.
 
Este es el verdadero punto débil del «multiculturalismo»: mezclar cuestiones como el rechazo a la discriminación y con otras como la aspiración al particularismo. Esto se debe fundamentalmente a uno de sus promotores canadienses: Charles Taylor. Filósofo pero también político, anglófono y defensor de la libertad religiosa a la americana, defiende el multiculturalismo como forma de garantizar la «autenticidad» y la «supervivencia» de culturas muy diferentes. Aunque su enfoque es esencialista, resulta ciertamente útil para las culturas autóctonas [indígenas americanas], amenazadas por la desaparición. Su interés es más dudoso para la cuestión del Québec. Y claramente peligroso para la vida en sociedad, si se extiende a las comunidades religiosas…
 
Su enfoque incita, por ejemplo, a los judíos ultra-ortodoxos a vivir según sus propias reglas, en un barrio de Montreal, desde hace más de dos siglos. Hasta el punto de abrir lugares de culto sin autorización, exigir que se tinten los escaparates de comercios ‘problemáticos’ o incluso de encender hogueras en plena calle so pretexto de celebrar la cremación de los panes.
 
La crisis del multiculturalismo viene de estos «arreglos religiosos», denominados «razonables» [acommodements raisonnables], pero considerados cada vez más «irrazonables». Ya no se trata de dar acomodo a grupos dominados aspirando a la igualdad –como las mujeres embarazadas en su puesto de trabajo–, sino de dar acomodo a grupos dominantes, a veces integristas, que aspiran a la desigualdad (particularmente, entre hombres y mujeres). Dicho de otra forma, de tolerar la intolerancia.
 
Es por tanto la laicidad «abierta» o «positiva» inducida por el multiculturalismo, y no la inmigración o lo multicultural, la que es responsable de su fracaso. El multiculturalismo ha ido demasiado lejos en Canadá, en los Países Bajos y en Inglaterra. No así en Francia, donde su aplicación no ha rebasado el ámbito local (con la autorización de rezar en plena calle). Lo cual no evita una inmensa confusión propia de la estafa política. A nivel nacional, el político francés que ha apostado más fuerte para importar esta filosofía anglo-sajona se llama Nicolas Sarkozy, hasta el giro de 180º con motivo del debate sobre la identidad nacional. En el programa «Face aux Français» de TF1 [el pasado 10 de febrero], a Sarkozy le bastó con una pregunta de Internet para retomar el control y presentarse como el hombre que la combate. Forzando, como siempre, a la izquierda a sufrir y a posicionarse en contra. ¿Caerá la izquierda francesa en la trampa? Respuesta en 2012.

Caroline Fourest, Sans détour (publicado en francés Le Monde, 19 de febrero de 2011, y en el blog de la autora)

Traducido por Juan Antonio Cordero

 

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