España: de la pandereta al pinganillo

Varios senadores siguen por sus auriculares la traducción simultanea de la intervención en catalán del senador del PSC, Ramón Aleu - Foto: Alberto R. RoldánLa necesidad de un cambio radical 

De la España de pandereta a la España del pinganillo hay un buen pedazo de la larga y tortuosa Historia que hemos recorrido entre duelos y quebrantos.

Aquella fue de cerrado y sacristía, de oración y bostezo, de espíritu burlón y de alma quieta, de embestidas y de tarambanas… Pero, porque conocía el paño y para que no nos hiciéramos ilusiones, el poeta también dejó advertido que «el vacuo ayer dará un mañana huero».

Y en ello estamos: en lo huero, en lo hueco y en los huesos.

Si pasamos a la prosa diremos, a la vista de los acontecimientos, que emblemas hay muchos: quien tiene una cruz, quien una media luna, quien un sol rojo, quien una hoz, quien un martillo, quien una cabra… Nosotros, los españoles, blasonamos de castillos y leones, de cruces y de otros aspavientos pero da la impresión de que nos hemos quedado un poco anticuados. Como el viejo hidalgo que, triste y desbaratado, ya no es capaz de ver el nuevo sol que refulge en las miradas de sus nietos.

La España nueva, la España plural, alegre y confiada, la de los rojos atributos, la de los pájaros en la cabeza, la de los ecos sin voz, la de las luces fatuas, esa España, que ha entrado tan engalanada y tan bien compuesta en el siglo XXI, tiene necesidad de cambiar de emblemas. De ofrecer otra imagen ahora que estamos en tiempos de mercadeo o marquetín. De lavarse su cara pintarrajeada con los churretes de las memorias desmemoriadas.

Porque aquellos leones y aquellos castillos estaban bien para una época de imperios y epopeyas, tiempos bélicos de Sanchos, de Hurracas, de Berenguelas, de los infantes de Aragón y de aquel gran Condestable, Maestre que conocimos tan privado; tiempo de conquistas y naves aventureras, de Colones y Pizarros, de santos y frailes pálidos y elegantemente tocados por el escorbuto, de romances de frontera, de Cides y Jimenas… Siglos de espadones y de carlistones, de obispos leprosos y de episodios emocionales y nacionales…

Pero todo eso es pasado, agua que no mueve molino, historia, historieta, materia de examen.

Por eso me atrevo a proponer un cambio radical. Y, si pensamos en él, el pinganillo debe ocupar un lugar central. El pinganillo como emblema nacional. Sí, hay que meter el pinganillo en la bandera, en los desfiles militares, en los despachos oficiales, y crear una mística del pinganillo, una oda al pinganillo y un himno al pinganillo. Hemos estado tanto tiempo preocupados porque nuestro himno carecía de letra y ahora se nos desvela con la naturalidad propia de las grandes revelaciones: cantemos al pinganillo como los poetas han cantado a la rosa y a la Luna, tan gastadas ya a estas alturas.

Se podría pensar en una orden del pinganillo con sus grandes cruces, sus placas y sus encomiendas. Serían entregadas por el rey en momentos solemnes, por ejemplo, de aprobación de estatutos de autonomía y fastos gordos por el estilo.

Hemos andado penando por la identidad nacional, por el ser de España, preguntándonos cuál era nuestra naturaleza de españoles, cuáles nuestros atributos como país… Hasta que hemos dado con el pinganillo.

Adiós a la pandereta del subdesarrollo. Todos con el pinganillo. Y ¿qué es el pinganillo? Dícese de un aparato que sirve para entender a un prójimo que habla nuestra propia lengua. El audífono de un pueblo sordo.

Francisco Sosa Wagner, eurodiputado por UPyD

Ine.es (23.01.2011)

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