Legítima desconfianza

Sarah Palin (Tea Party)Un populista se apaga. Otros mil emergen. En los Estados Unidos, el movimiento del Tea Party arrastra a la gente hacia el racismo y el odio, contra la élite “distante” que simbolizaría Barack Obama. En Europa, el descontento tiene dos caras. Un populismo de derechas hace caja explotando el rechazo al otro. Un populismo de izquierdas intenta lanzar una OPA basada en el rechazo a las élites. El objetivo no es el mismo, pero ambos populismos se disputan el mismo público. Con un vocabulario que recuerda a lo peor de los años 90: “oligarquía”, “pandilla”, “establishment”, “mediócratas”… ¿Todos corrompidos?
Entre la élite político-mediática –que nos presentan como si fuera un todo indiferenciado– vuelan los cuchillos. Los intelectuales ponen verdes a “los intelectuales”. Los políticos despotrican de los medios de comunicación, que a su vez les corresponden. ¿Cómo explicar tal expansión del dominio del insulto? ¿Es sólo una cuestión de demagogia? La explicación se queda un poco corta.
De igual forma que la xenofobia no sale de la nada, sino que evidencia un desafío muy real que surge en las dificultades de las sociedades multiculturales ante la presión integrista, el auge del “todos son iguales” es sintomático de un drama también muy real. El drama de una democracia enferma e impotente.
“Enferma” es la palabra adecuada. Sólo hay que observar el estado de sospecha permanente en el que nos movemos. Los jueces sospechosos de servir al poder político. Un poder político sospechoso de actuar protegiendo los intereses de los más acomodados. Periodistas que investigan el affaire Bettancourt(1), a los que les desaparecen los ordenadores… Policías acusados de infiltrar los movimientos sociales con alborotadores para provocar disturbios. Independientemente de que estas sospechas estén justificadas o no, son indicativas de una crisis de confianza muy evidente, nociva, peligrosa, pero perfectamente lógica.
La desconfianza no puede hacer más que aumentar en una democracia socavada por los conflictos de intereses, donde los servidores del Estado actúan a la vez como electos y como abogados de empresa, los fiscales están a las órdenes del Ministerio de Justicia. Una democracia donde el presidente de la República tan pronto se arroga el derecho de nombrar a los directores de los medios de comunicación públicos como se viste de “primer policía de Francia”. Medios de comunicación, policía, justicia: ningún contrapoder escapa a su descrédito. La democracia acusa el desgaste. Pero unas elecciones siempre pueden corregir lo que se ha hecho.
No será tan fácil afrontar otro malestar, mucho más profundo, que está en las raíces del clima social tan tenso que vivimos: la impunidad de que gozan los responsables de la crisis. No habrá paz social mientras los ciudadanos tengan la impresión de estar pagando una factura que nadie se atreve a presentar a los financieros. Tanto peor si los verdaderos culpables son los responsables electos que han dejado hacer… Vamos a tener pagar todos los platos rotos de estas decisiones tomadas democráticamente, pero no todos al mismo nivel. A falta de obtener justicia, los más afectados tienen la tentación de llamar a la venganza. El conjunto de “las élites” está llamada a ser confundida con las “élites” del mercado, a la vez protegida y privilegiada. No es ya tiempo de matices, sino de brocha gorda. ¡Es la crisis, os dicen, hay que deshacerse de todo!
Si la cólera fuera una cirugía, consistiría en reclamar la extirpación del cerebro de cualquier paciente afectado por un tumor. Y ésta es la sangrante operación que se está preparando a fuerza de marcar a los responsables de la crisis en función de su estatus social, su profesión o su richeza; en lugar de hacerlo en función de sus ideas. Mediante términos tan vagos como “élites” o “establishment”, cuando de lo que se trata es de señalar con el dedo a los apóstoles del ultraliberalismo, o “marchéisme”, por decirlo en términos del economista Jacques Généreux(2). Se impone calibrar cuidadosamente las palabras si se quiere evitar que una cólera legítima contra el ultraliberalismo se convierta en una desconfianza generalizada. Porque el riesgo es real. En una Europa que envejece, el “populismo progresista” está siempre en desventaja frente al “populismo de rechazo”.
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(1) Lilianne Bettancourt, la heredera del imperio de cosmética L’Oréal y considerada la mujer considerada más rica de Francia, está desde hace meses en el centro de una grave escándalo político y judicial en el que se mezclan las evidencias y sospechas de corrupción política al más alto nivel, en las que está implicado el ministro conservador del Presupuesto Eric Woerth, evasión fiscal, financiación irregular del partido gubernamental y tráfico de influencias. (N. del T.)
(2) Jacques Généreux: “La Grande Régression”, Editorial Seuil.
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Caroline Fourest
Artículo publicado en Le Monde (31 de octubre de 2010), disponible en versión original (en francés) en el blog de la autora. Traducción de Juan Antonio Cordero.

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