¿Y el pueblo?

El puebloEn el cataclismo de las ideologías aún vigentes en los años sesenta e incluso setenta, ciertas categorías – no necesariamente ideológicas – se fueron a pique. La idea de revolución se abandonó en los llamados países occidentales, tras haber sido completada o prolongada mediante otras formas de invocación a la violencia política o alusiones positivas a la acción guerrillera o al terrorismo, de forma que la única faz visible que sobrenadó en la corriente fue la del Che a la manera de Cristo. Considerada desde el mundo occidental, la Revolución ha dejado de ser objeto de deseo para adoptar formas como la del islamismo en Irán a principios de los años setenta o Argelia a principios de los ochenta, al tiempo que la realidad social que había de encarnarla y llevarla en el mismo núcleo de las sociedades industriales – el proletariado obrero – desaparecía prácticamente de los medios de comunicación y se evaporaba en el universo simbólico colectivo si no de la propia realidad. Como dijo François Furet en el contexto histórico de su bicentenario (1989), la Revolución Francesa ha terminado. El comunismo ha perdido toda legitimidad, toda capacidad de llevar en su seno la esperanza de una emancipación, de un progreso o de la justicia social.

El marxismo ha dejado de ser el horizonte insuperable al que se refería Jean-Paul Sartre y, salvo en el caso de algunas universidades estadounidenses, apenas contribuye a cimentar el trabajo teórico de las ciencias sociales, políticas o económicas. Por lo que respecta al pensamiento, no deja de interrogarse sobre los factores susceptibles de dar paso a transformaciones graduales, no violentas, queridas y aceptadas por todos a través de la deliberación; en suma, en una palabra nuestras sociedades conceden una importancia inédita a la reflexión sobre la democracia y su mejora, por ejemplo mediante la acción deliberativa y participativa.

No obstante, parece haberse obviado o al menos dejada de lado una categoría a raíz de la gran sacudida que ha modificado en profundidad los términos de nuestros debates: el pueblo. Término, por lo visto, molesto e incómodo pues no figura en el Lalande,diccionario técnico y crítico de filosofía cuya primera edición en fascículos data de los años 1902-1923, como tampoco en el diccionario de ética y filosofía moral publicado bajo la dirección de Monique Canto-Sperber (PUF, 1996), siendo así que es omnipresente en el discurso histórico, político y social del los siglos XIX y XX.

El pueblo – en caso de ser evocado – parece asociarse más bien a la radicalidad, a un cambio absoluto y total, que a las reformas paulatinas y negociadas. Desde este punto de vista, es a la vez positivo – vector necesario de la liquidación de un orden insoportable – y negativo por ser susceptible de desbordamientos y actos de violencia extrema.

Es ambivalente: encarna la legitimidad; es, pues, necesariamente justo. Pero también es capaz de los peores excesos, hasta el punto de que se le imputan instintos siempre sospechosos, el gusto por la sangre.

El pueblo que invocan los políticos y los intelectuales, al que aluden los historiadores, es esa totalidad de una colectividad, sobre todo nacional – el pueblo francés, por ejemplo; pero también sólo una parte de ella: la gente de recursos modestos, la plebe, los hombres y mujeres precisamente del pueblo,para no decir el populacho… En suma, el pueblo así considerado es el conjunto de la comunidad en cuestión, pero sin incluir a las élites ni a las clases privilegiadas.

El pueblo de los novelistas y de los historiadores, sobre todo los del siglo XIX, es un conglomerado relativamente amorfo de individuos; no está estructurado, organizado; no dista demasiado de la imagen de la muchedumbre o de la masa o bien de un símbolo, de un personaje que lo encarna, por ejemplo Gavroche (personaje de Los miserables).

De hecho, el pueblo es predemocrático. Se halla adornado de todas las virtudes, aun las atribuibles a la democracia, cuando se alza por una causa justa, ya se trate de poner fin a una situación de opresión o auna grave injusticia pero también de responder a una amenaza a la patria cuando es generoso y se identifica con una lucha de signo humanitario. Así, en un instante, es menester servirlo y acudir a él como hicieron sobre todos los populistas rusos tan magníficamente descritos por Franco Venturi (Los intelectuales, el pueblo y la Revolución. Historia del populismo ruso en el siglo XIX,París, Gallimard, 1972, 2 vol.), pero también, en cierto sentido, numerosos movimientos izquierdistas de los años setenta. Y este pueblo objeto de las alabanzas de políticos e intelectuales que puede decepcionarles sin querer hacer suyas sus ideas de cambio revolucionario, puede ser incapaz de comprender que le han encomendado una visión histórica; he ahí una fuente importante de terrorismo que se trae a colación cuando el pueblo no se adecua a su noción de modo que los protagonistas políticos e intelectuales siguen hablando en su nombre de forma crecientemente artificial.

Porque el pueblo, en ocasiones, dista notablemente de encarnar los bellos y nobles valores que algunos se complacen en atribuirle. El populismo, cuando lo halaga, se tiñe fácilmente en su caso de notas racistas o xenófobas, se convierte en seguida en demagogia y apunta mucho más en la dirección de los instintos que de los valores.

Tal ambivalencia otorga al concepto un tono de encanto y seducción. Cuando la democracia se ha asentado de modo firme y dinámico, el pueblo, ya se trate de una realidad o de un ideal, no precisa ser movilizado como tal; las fuerzas políticas apelan en mucha mayor medida al ciudadano y a sus derechos y los intelectuales no necesitan apelar a él para hacer comprender sus razonamientos; el debate puede articularse. Pero cuando la democracia es débil e incluso inexistente, “decorativa” según nos ha dicho el presidente ruso Medvedev en el foro de Yaroslav (octubre del 2010), cuando el autoritarismo o la dictadura imponen su opresión, entonces el pueblo puede convertirse en una voz, en un fragor para poner fin, mediante su movilización, a la dominación y a la injusticia extrema.

El pueblo, inútil de algún modo en democracia, se convierte entonces en una realidad adecuada, oportuna; se le espera para imponer medidas de progreso y justicia y, precisamente, para traer la democracia. Y, en tal espera, puede perfectamente convertirse en su contrario. Tal es la lección de los regímenes que se apoyan, al menos en ciertos periodos de su historia, en una movilización popular, incluso en el modelo del totalitarismo: el nazismo, como el estalinismo, no se comprenden sin hacer referencia a una fuerte dinámica popular.

Las democracias occidentales, si son realmente aptas y satisfactorias en el plano político, no deberían dar a la noción o a las realidades de pueblo un lugar importante. Sin embargo, experimentan dificultades considerables que motivan que se haya podido hablar de posdemocracia con la correspondiente distancia que se abre entre las élites, los expertos, los medios de comunicación, el poder político y la población. En esta perspectiva, no es imposible que la idea de pueblo recobre una cierta actualidad. Que se revele no sólo predemocrática, sino también posdemocrática.

Miche Wieviorka, sociólogo, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París

La Vanguardia (13.01.2010)

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