Carta abierta al Presidente Zapatero

Jordi Sevilla SeguraQuerido presidente:

Todavía estamos a tiempo para corregir el rumbo de la política económica y mejorar las perspectivas de recuperación de la economía española. Tras la negación inicial de la crisis, las medidas de apoyo presupuestario masivo que limitaron los peores efectos de la recesión y los recientes recortes de gasto público impuestos desde fuera, ha llegado la hora de afrontar con decisión los problemas diferenciales que frenan, en España, un crecimiento y una creación de empleo que ya se están produciendo en otros países.

Nunca pensaste que te tocaría gestionar la peor crisis económica de los últimos 70 años. Una gran recesión mundial destinada, por su origen, a arrumbar a las ideologías neoconservadoras de la desregulación y el fundamentalismo del mercado pero que, en un giro insospechado, amenaza con llevarse por delante los restos diurnos del sueño socialdemócrata, a pesar de que han sido Keynes y el Estado quienes han salvado, otra vez, al imposible capitalismo de la libre competencia.

A estas alturas, sin embargo, no parece que el aspecto ideológico del asunto sea lo prioritario. Pero sí lo es encontrar caminos solidarios a la hora de repartir esfuerzos y sacrificios en la recesión para no incrementar, todavía más, las desigualdades sociales y el crispado escepticismo de los ciudadanos respecto de la política y los políticos.

Lo primero es tener claro que el crecimiento y la creación de empleo son el objetivo. Todo lo demás son instrumentos, más o menos necesarios, para conseguir ese objetivo principal. Evitar el error de convertir medios en fines es fundamental en esta fase, porque las reformas son útiles, no como metas en sí mismas, sino para alcanzar algo.

Conseguir una recuperación vigorosa y sostenible de la economía española que fortalezca nuestra solvencia como prestatarios exige cuatro cosas: la primera, sostener la demanda agregada en un contexto de fuerte desendeudamiento público y privado. No podemos fiarlo todo a las exportaciones, aunque empiece por ahí la remontada. Si no queremos provocar una recaída, habrá que asumir, en algún momento, un aplazamiento de dos años -hasta 2015- en el compromiso de alcanzar el 3% de déficit público exigido por el Pacto de Estabilidad.

Aun así, son imprescindibles una profunda reforma de las administraciones y del sistema presupuestario, con impuestos progresivos y más eficiencia del gasto, para gastar menos, pero mejor, manteniendo los estímulos a la reactivación y, sobre todo, las políticas sociales, encontrando una solución al actual déficit sanitario autonómico.

La propuesta keynesiana de utilizar al Estado para combatir las crisis se basa en su legitimidad para redistribuir capacidad adquisitiva ociosa desde las rentas altas hacia unas rentas bajas cuya propensión al consumo es mayor. La supresión del impuesto sobre patrimonio ha devuelto 1.500 millones de euros a las rentas altas que no se han trasladado al consumo privado reactivador con la misma intensidad que si, manteniendo el impuesto, dicho dinero se hubiera destinado a las pensiones, evitando su congelación.

Lo segundo es restablecer el crédito a familias y empresas para financiar, si bien de forma más contenida que antaño, inversiones creadoras de empleo. Por eso, hay que reformar el sistema financiero español para acabar con la actual sequía crediticia. Ello exige remover los obstáculos que, como las cuantiosas inversiones dudosas en ladrillo y cemento, lastran sus cuentas de resultados en forma de provisiones. Eso, y no la bancarización de las cajas de ahorro, es lo que debemos abordar con urgencia mediante algún sistema de captación pública de activos tóxicos (banco malo), a cambio del restablecimiento del flujo de crédito, como han hecho otros países que han recurrido, incluso, a la nacionalización.

Lo tercero es recuperar la competitividad perdida. Es la primera vez que abordamos una situación de crisis grave sin posibilidad de devaluar la moneda, lo que no evita la necesidad de ajustar costes a la nueva situación de empobrecimiento relativo. Rebajar salarios reales es una vía equivocada porque reduce consumo interno, pero rebajar costes laborales no salariales es imprescindible. Relanzar la energía nuclear como complemento a las renovables ayudaría a reducir costes empresariales pero también a generar inversión tecnológica, combatiendo las emisiones de CO2.

Pero hay que rebajar, de manera significativa, las cotizaciones sociales. Ése debería de ser el sentido de una verdadera reforma del sistema de pensiones: bascularlo hacia otro modelo distinto en ingresos, menos basados en la demografía y las cotizaciones, y más en la riqueza colectiva mediante impuestos generales, pero también distinto en gastos, impulsando a medio plazo, tres tramos de prestaciones: general, contributivo y complementario, de tal manera que sea más justo, sin deteriorar la competitividad de una economía abierta.

La cuarta cosa es fortalecer la productividad de nuestra economía. Para eso son necesarias la reforma educativa; la del sistema nacional de innovación; la del mercado laboral, buscando flexibilidad y estabilidad; la de reducción del carbono en nuestro modo de vida; y una mejora en la gestión empresarial implantando los principios de la responsabilidad social corporativa.

No sé si todo esto requerirá cinco años más de esfuerzos y reformas. Pero no se puede abordar sin tres cambios: un gran acuerdo político, social e institucional en torno al conjunto de las reformas; un exquisito cuidado en repartir los costes de manera socialmente equitativa; y una gran tarea de explicación que permita a los ciudadanos entender las ventajas para ellos de todo el proyecto. Como se hizo en los Pactos de la Moncloa, en la reconversión industrial de los 80 o en el ingreso de España en la CEE, ya que no es menor el reto actual.

Esperar a que escampe, sin hacer nada, no es una opción cuando no volveremos al punto de partida y el resto de países se están adaptando con gran velocidad a los problemas planteados, en el sistema globalizado, por los nuevos poderes emergentes. Pero equivocarse en lo que hacemos puede tener consecuencias irreversibles para un país como España, avanzado, solidario, con grandes multinacionales y buenos investigadores, pero que atraviesa horas muy difíciles.

Hacer reformas es necesario. Pero no vale cualquier reforma, ni basta sólo con el título. Creo equivocado asumir que las reformas se hacen solo para tranquilizar a los mercados, pero casi peor es que las palabras no se correspondan con los hechos.

Presidente, en política económica necesitamos ahora hacer cosas distintas y de manera distinta. Espero que estas reflexiones te sean de utilidad porque mi máximo deseo es que aciertes en tus decisiones.

Atentamente.

Jordi Sevilla, exministro de Admministraciones Públicas de José-Luís Rodríguez Zapatero (2004-2007)

El Mundo (9.01.2011)

 

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