“Un pueblo ignorante da siempre la razón al poder”

Letizia Battaglia (Foto de Raquel González)Letizia Battaglia: “Un pueblo ignorante da siempre la razón al poder”

“Si Europa no nos ayuda no venceremos jamás a la mafia”

A sus 75 años, la fotoperiodista Letizia Battaglia no ha perdido ni un ápice de energía. Sus afiladas palabras guardan cierto paralelismo con las crudas imágenes en blanco y negro con las que enseñó al mundo, en los años de plomo de los 70 y 80, lo que las oscurantistas autoridades italianas se negaban a admitir: que la mafia estaba desangrando Sicilia. Letizia habla, sueña, fuma, grita y se lamenta hoy con la misma pasión que cuando aún creía en la utopía

Vicente Chilet.- Regresó de Milán a Palermo como fotógrafa del extinto diario de izquierdas L’Ora en los años 70, en plena guerra entre clanes y contra el Estado, representado en el pool antimafia de Giovanni Falcone y Paolo Borsellino.

“Fueron años terribles. Terribles, porque morían asesinadas las mejores personas, porque era muy evidente el poder político y militar de la mafia sobre la sociedad. Pero a pesar de eso había personas con valentía, que querían luchar. Durante veinte años he visto derramada mucha sangre, mucha gente muerta, mucha gente siendo cada vez más pobre”.

¿La fotografía fue convicción o vocación?
Comencé a hacer fotos en Milán, como un trabajo más. Tenía tres hijas, poco más de treinta años y estaba separada. Fue el hambre, traer comida a casa, lo que me empujó a decantarme por la fotografía, una de mis aficiones.

¿Llegó a habituarse a la macabra normalidad de fotografiar la muerte?
¡No, nunca! He fotografiado más personas muertas que vivas, y sin ser corresponsal de guerra, porque el drama sucedía en mi tierra. Por ese motivo aumentaba mi dolor y nunca pude habituarme. Por la muerte, el horrible olor de la sangre, la injusticia. Llegué a tal punto de hartazgo, después de dos décadas, que me negué a fotografiar más asesinados. Psicológicamente no podía aguantar por más tiempo ese trauma.

Fue un trauma que le ayudó a tomar conciencia e implicarse.
Cierto. Fotografiar aquella Palermo era algo distinto. La cámara fotográfica me ha hecho conocer la realidad. Me ha permitido tener un contacto directo con todo aquello que sucedía.

Abrir los ojos…
Abrir los ojos, la cabeza, el corazón. ¡Todo! Callejeé por toda Palermo con la cámara a cuestas, siguiendo cada asesinato. A partir de ahí vino la militancia contra la mafia y contra la corrupción. Eso no ha evitado que al mismo tiempo no me haya enamorado de la fotografía como arte. Amé la fotografía y la amo todavía ahora. Adoro a los grandes fotógrafos y la belleza de su trabajo. Y he transmitido a mi hija Shobha esa pasión.

La militancia adquirida a través de las fotos en blanco y negro le hizo saltar a la política con La Rete, al lado del alcalde Leoluca Orlando.
Sí, con las fotografías había denunciado, había mostrado al mundo entero lo que sucedía en Sicilia, pero tenía que recurrir a la acción.

Recogieron una ciudad hundida por la gestión de los alcaldes Salvo Lima y Vito Ciancimino. ¿Cómo fue la experiencia?
Esos han sido los años más bonitos de mi vida, sin duda. Con la fotografía sólo podía denunciar, con la política tenía capacidad para hacer algo por mi gente. Fueron siete años maravillosos. Siempre estaré agradecida a Leoluca, me permitió amar mi tierra y hacer algo por mi ciudad.

Paolo Borsellino decía sobre esta ciudad: “Palermo no me gustaba, por eso he aprendido a amarla. Porque el verdadero amor consiste en amar las cosas que no nos gustan para poderlas cambiar”. ¿Cuál es su relación con Palermo?
Yo la amo y la odio a partes iguales. Porque no he sido sólo la fotógrafa que retrató la mafia en esta ciudad, como palermitana también la he sufrido. Tengo recuerdos desagradables e incluso llegué a huir de allí para refugiarme en París. Pero sentí la obligación de volver.

¿Es una ciudad, una isla, donde todavía cabe la esperanza?
No. La posibilidad que se tuvo de derrotar a la mafia no se aprovechó. No hay ninguna esperanza porque el gobierno no protege a Sicilia, no lo ha hecho nunca. Somos una isla aislada. Tampoco es una responsabilidad exclusivamente italiana. Si Europa no decide ayudarnos contra la mafia, nosotros solos no lo conseguiremos jamás. En el sur de Italia hay millones de personas. Resulta increíble que tengamos que luchar todavía tanto en esta Europa moderna. Nosotros, los sicilianos, los calabreses, los napolitanos, continuamos sufriendo mucho.

Hoy parece que la mafia se haya escondido detrás del silencio. Es tan fuerte que no tiene necesidad de matar. ¿Cómo se lucha contra esa invisibilidad? ¿Cómo se fotografía?
La mafia ya no mata, pero continúa controlando el territorio, dictando las reglas. Sigue siendo la vía para progresar más rápida en una población ignorante e ignorada. La gente tiene hambre y la mafia aporta desde la ilegalidad una alternativa para llevar comida a casa. Muchos capos han sido arrestados, pero no son ellos los verdaderos responsables de la mafia. Hay más y están más arriba, y si no se decide un cambio en las leyes, es decir que los diputados, los alcaldes, los senadores no sean elegidos si no tienen los papeles en regla, si han sido condenados, si son sospechosos, no tendrían que poder concurrir. Si todos los partidos actuaran con claridad, esta gente ya no tocaría más el poder.

No es un fenómeno nuevo. La conexión entre mafia y política se remonta a la propia unificación italiana…
Absolutamente. Desde hace más de 150 años, la política ha estado confabulada con la mafia. Siempre. Mi madre, cuando yo le decía: “Dentro de la Democracia Cristiana está Andreotti, que es un mafioso”, me contestaba “No, en la DC está la cruz, la cruz no puede ser mafiosa”… En esta ignorancia, la Iglesia es muy responsable. En los años pasados, la mayor parte de la cúpula eclesiástica no ha luchado contra la mafia. También en las ciudades, e incluso en los pueblos, muchos sacerdotes recibían dinero y tenían relación con los mafiosos. Este pueblo no ha tenido ninguna educación, somos un pueblo ignorante. Ignorante y, ahora también, corrupto.

Sobre esta ignorancia, la política puede manejar con tranquilidad a una población, además, dependiente…
Puede jugar con el pueblo, atado por sus necesidades. En algunos barrios dicen: “Si tú me votas, yo te regalo un teléfono móvil, te doy 30 euros”. Poco, tampoco se necesita mucho. Porque, si yo soy pobre, con 30 euros para mí, otros 30 para mi abuelo y otros tantos para mi marido, pasamos un poco mejor algunos días. Al pueblo se le puede chantajear.

¿Existen soluciones para acabar con las diferencias entre el norte y el sur?
Hay una parte del norte, abanderada por la Liga, que quiere dividirse. Ellos sostienen que ganan dinero, que generan riqueza, y que nosotros no, que los dejamos, que los abandonamos. Esa posibilidad lo empeora todo. Acabará en una guerra. Una guerra civil, una guerra entre italianos e italianos. El sur debe tener trabajo, escuela, una posibilidad de crecimiento. No es posible que exista tanta desocupación, tanto empleo precario. Se ha llegado a propósito a esta situación. Un pueblo ignorante da siempre la razón al poder.

El pesimismo y la muerte son argumentos literarios que se repiten en autores sicilianos como Lampedusa, Sciascia, Pirandello, Consolo, Bufalino… ¿retratan la sicilianidad?
No sé si es un exponente de nuestro carácter, de la sicilianidad. Dentro de mí no lo siento. Sí es cierto que muchos de nuestros escritores han privilegiado esa parte de nuestro ser. Pero ese aroma de batalla perdida contrasta con las erupciones volcánicas de entusiasmo y compromiso desde los Fasci Siciliani campesinos a los chavales de Addio Pizzo, pasando por el trabajo de jueces como Falcone y Borsellino. Hay mucha energía en esta isla.

Hay partes de esta sociedad honestas. No creo que hoy en día se pueda hablar de resignación. Por una parte hay ignorancia, por otra parte hay rabia. Mi dolor es por mi gente. Yo quiero, quisiera, cambiar la realidad, pero entiendo que yo sola no tengo esa capacidad, ni tampoco otros grupos en torno a mí, porque tenemos grandes enemigos: la corrupción de este gobierno y esta clase dirigente, que no ayudan.

¿Cómo ha influido su condición de mujer en su trabajo, o en el hecho de decidir separarse con 30 años y más tarde enamorarse de un hombre, Franco Zecchin, 18 años menor que usted?
No me ha influido para nada. Soy una mujer fuerte que no acepta condiciones. Sería estúpido no reconocer que he tenido problemas con hombres fotógrafos, pero me siento muy libre como persona. He vivido como he querido. El problema no es mío, el problema es de la gente que vive en esta tierra. Me siento afortunada porque soy fuerte y no soy pobre.

Pero más allá de su procedencia social, hace falta mucha valentía para romper con los estereotipos machistas.
¡Me da completamente igual el machismo! Me ha originado muchos problemas, sí, pero debo decir que hoy, a mis 75 años, me siento una viejecita potente. Porque a estas alturas de la vida una tiene experiencia, un conocimiento y una perspectiva mucho mayores que cuando tenía 30 años y era guapa. Podría vivir en cualquier parte del mundo y no me sentiría ni extraña ni débil.

Su archivo fotográfico sirvió para probar judicialmente la relación de Andreotti con los primos Salvo, enlaces con jefes mafiosos como Totò Riina. ¿Cómo compara aquella Italia con la actual?
No hay diferencias, aunque las intrigas de poder sean distintas. En ambos casos estamos ante una clase política corrupta y egoísta, que ejercita el poder por el poder, no para dirigir a un país y ayudarlo a vivir de manera más digna y armoniosa. Andreotti era frío, calculador; Berlusconi tiene una locuacidad casi exhibicionista; Andreotti maniobraba desde la sombra, a escondidas, y gestionaba el poder con sutileza. Berlusconi hace de su comportamiento una regla, un ejemplo que seguir.

¿Es más peligroso el modo de proceder de Berlusconi?
Sí, porque la gente ve en él a un personaje que imitar: rico, con éxito, a muchos italianos no les importa que haga leyes para protegerse a sí mismo.

¿Qué habrá más allá de Berlusconi?
Quedará el berlusconismo, lo ha creado él mismo. Sin esos valores corruptos, sin esa propaganda, él no sería nadie. Si muere o abandona la política, quedarán cien imbéciles, cien pequeños berlusconis, que continuarán su camino.

¿Con 75 años, qué puede seguir apor­tando?
Si la mafia no existiera, yo no estaría en Palermo. Soy una mujer aventurera, no quiero una pequeña vida burguesa. Quiero viajar por todo el mundo, pero permanezco aquí porque es importante para los jóvenes, creo que les da algo de esperanza. También con esa cretinada, moderna, superficial y sin contacto real, que es Facebook. Mi nieto de 18 años me abrió una cuenta, y aunque no escribo, no paro de recibir mensajes pidiéndome que no vuelva a dejar Palermo.

¿Y qué mensaje transmite a las generaciones que están por llegar?
Es necesario caminar, es necesario amar, que florezca el amor. Los que luchamos contra la mafia sentimos que el amor entre nosotros es muy necesario e importante. La solidaridad, la fraternidad… justo lo contrario del estúpido egoísmo que propone la clase política italiana.

Suena a milagro…
No hay milagros. Son necesarios 50 años de trabajo, de política honesta, con una generación de jóvenes con una cabeza limpia, alejada de la mafia y de la corrupción, lista para gobernar. Pero eso, querido mío, yo ya no lo veré.

¿Qué es la utopía? ¿Cree en ella?
La utopía es una cosa estupenda. La utopía es el cielo, amar la poesía, la música… No se puede prescindir de ella. Sin embargo la realidad hay que verla, y la realidad es una mierda… Una gran mierda.

Ante esa realidad ¿qué queda?
Yo quiero sentarme frente al mar… ¡y ya está! Mirar el horizonte y gozar de la paz.

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La palabra y la imagen como militancia

Gomorra no condenó a muerte a Roberto Saviano por su contenido, una relación, bien amasada literariamente, de noticias ya publicadas y de expedientes judiciales, barnizados con la experiencia personal del autor napolitano. Gomorra enfureció a los capos de la Camorra y se convirtió en una obra peligrosa porque llegó a la gente, en forma de millones de ejemplares vendidos, rompiendo la barrera de l’omertà, una de las bases sobre las que la Camorra, la ‘Ndrangheta y la Cosa Nostra consolidan su control del territorio. Las fotografías de Letizia Battaglia para el periódico de izquierdas L’Ora también sirvieron para ir más allá de la ley del silencio. Para conocer y tomar conciencia. A finales de los años 70 todavía se negaba oficialmente la existencia de la Cosa Nostra, pero el corleonés Totò Riina ya había iniciado la batalla interna para tomar el poder de la organización, previo paso de la cruenta guerra contra los defensores del Estado, representado en los jueces, políticos y periodistas a quienes el Estado no supo proteger. Los cadáveres de esos mártires, el llanto de sus familiares, las guerras entre clanes, la dimensión real del drama y la rabia de una sociedad indefensa, fueron captados por la cámara de Battaglia y de su hija Shobha, a quien contagió la militancia. En su faceta política, Battaglia ayudó en los 90 a la regeneración económica y social de los barrios más degradados de Palermo.

La Vanguardia-Magazine (12.12.2010)

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