La italianización de Cataluña

La italianización de CataluñaSi preguntáramos por el nombre de un país mediterráneo de envidiado nivel de vida, donde en las elecciones arrasa un partido corrupto y responsable de la situación de crisis económica y política, donde partidos xenófobos y ultranacionalistas no menos corruptos registran un importante auge, donde un tipo surgido del fútbol profesional consigue un importante éxito político, donde el socialismo tradicional obtiene un resultado catastrófico, donde casi todos los medios de comunicación trabajan para el gobierno o están controlados mediante subvenciones de todo tipo para que emitan un discurso único (¡más y más!), donde la campaña ha sido protagonizada por putones verbeneros y vídeos zafios que han escamoteado todos los problemas reales agitando el miedo a la inmigración y a la inseguridad ciudadana, es muy probable que muchos pensaran en Italia. Y sin embargo, se trata de Cataluña.

Algunos finos comentaristas, como Félix de Azúa, han advertido en alguna ocasión del alto riesgo de italianización de la política y la sociedad catalanas (a distinguir de las alarmas por la “italianización” del parlamento, asunto menor). La cosa no tendría importancia, e incluso podría estar muy bien en ciertos aspectos, si no se tratara de italianización en aquello que ese gran país tiene de menos admirable, a saber, la aceptación de la corrupción como cosa normal, el auge de la frivolización más obscena en el discurso político, la conversión de sinvergüenzas repelentes en líderes políticos populares, la adopción de la xenofobia como recurso político de éxito popular seguro, y el escapismo más lamentable en todos los problemas realmente serios. Pues esto es lo que ha pasado en Cataluña porque eso es lo que han votado los ciudadanos catalanes, y de verdad que lo siento (y temo que más lo sentirán ellos en algunos años).

Veamos: CIU, campeón de la jornada electoral, ha recibido votos de prácticamente todos los demás partidos. Preocupados por echar al nefasto tripartit de la Plaza de Sant Jaume, los electores han perdonado graciosamente a este partido su constante implicación en casos graves de corrupción y, lo que no es menos importante, su no menos constante apoyo al gobierno de Zapatero en todas las nefastas políticas que nos han conducido a la catastrófica situación actual, de la intocabilidad de las cajas de ahorros en quiebra al incremento del derroche autonómico pasando por la fallida reforma laboral. Bajo una apariencia de cambio y giro político, los electores catalanes han votado más de lo mismo ya conocido. Pero con pésimas perspectivas.

Veamos más: los dos partidos de extrema derecha, el del futbolero Laporta y el del camisa vieja Anglada, han obtenido estupendos resultados. El primero nada menos de cuatro escaños, el segundo a punto de obtenerlos y con una magnífica base para las próximas municipales. Ni los casos de corrupción de todo tipo del primero, ni el aroma rancio a fascismo que desprende el segundo, han echado atrás a los electores que les han preferido. El significado es siniestro: los partidos al estilo de la Liga Norte padana o el Frente Nacional de Le Pen han entrado en España a través de Cataluña. Habrá tiempo para lamentarlo.

No dejemos de ver esto: el celebrado progreso del PP ha sido mínimo en votos, aunque no tanto en escaños, para un partido con serias aspiraciones a desbancar al PSOE en las próximas elecciones generales. El fenómeno del voto dual –el hábito de votar cosas distintas en autonómicas y generales, como si no tuvieran nada que ver-, tan catalán como les mongetes amb butifarra, ha optado por convertir a CIU en socio indispensable de cualquiera que en el futuro inmediato profundice nuestra ruina desde la Moncloa.

Finalmente la campaña ha estado dominada por el discurso único, además de por personajes zafios y ruines. Ninguno de los partidos que ha obtenido representación parlamentaria, y digo ninguno, ha osado trasladar al electorado la gravedad de la situación política y económica, e incluso la degradación de la ética pública de la que la impunidad de la corrupción y el auge del putiferio son síntomas alarmantes. Todos, con ligeros matices, han coincidido en que el problema de Cataluña es que recibe poco dinero del Estado, que vendría muy bien un Concierto económico al estilo vasco y navarro, etc. No se ha oído ni una palabra de reforma constitucional, de la ley electoral o de la regeneración democrática a fondo –no populista o ultra- de un sistema político profundamente viciado.

¿Ni una sola palabra de regeneración democrática? ¡No, también allí ha habido una aldea de irreductibles asediados por las legiones del imperio! Me refiero, obviamente, a los centenares de afiliados y voluntarios de UPyD empeñados en hacer una campaña para hablar de esas cosas de las que no ha hablado ningún partido parlamentario, y de hablar en contra de las que decían los que han gobernado y los que se ofrecen a gobernar. Campaña sin vídeos nudistas, sin travestismo alguno, sin eludir esos temas de los que no quiere oír hablar la gran mayoría, comenzando por lo principal: la fiesta ha terminado y ahora tendrán que pagar la factura los que no han roto un plato.

Este mensaje apenas ha llegado a los catalanes, cerrojo informativo en el que ha tenido un papel protagonista la legión de medios de comunicación catalanes, tanto públicos como concertados. Pero tampoco vamos a engañarnos: es obvio que la mayoría social en Cataluña todavía no quiere ni oír hablar de las cosas que proponemos. Siguen convencidos de que la fiesta volverá a reanudarse en cuanto el sr. Mas presida la Generalitat (como los italianos con Berlusconi, vaya) y vuelva a sacar tajada al Estado en forma de todo tipo de concesiones. Cómo va a ser posible semejante cosa es algo que sin duda merecerá la pena escuchar. Si la idea es, como ha sido anunciado en campaña, que el fin del “expolio fiscal” perpetrado por España permitirá a los catalanes vivir como si fueran suecos, todos vamos a divertirnos un rato.

Y queda lo último: si UPyD ha cometido un error no yendo a las elecciones con C´s (en el caso de que eso fuera algo más que una desinformada conjetura). Es cierto que el resultado ha sido muy malo, y algunas voces lamentan que hayamos rechazado ese trato que nos habría dado, probablemente, al menos un diputado. Pero esas voces parecen ignorar que UPyD se toma en serio su compromiso de entrar en las instituciones sólo para promover su programa político, negándose a perseguir escaños como un fin en sí mismo. Si alguien no quiere la reforma constitucional ni de la ley electoral ni limpiar el sistema, hace bien no votándonos. Y de ningún modo podríamos presentar candidatos que defendieran algo distinto. Si alguien no se creía que somos un partido diferente, aquí tiene la prueba: no queremos escaños si no es para hacer la política que proponemos a los ciudadanos; no entraremos en cambalaches para conseguirlos si ello implica sacrificar objetivos y principios. Sin imitaciones descafeinadas, franquicias de línea blanca o adaptaciones al medio a cambio de sacrificar nuestras ideas genéticas. Así somos, qué le vamos a hacer.

Carlos Martínez Gorriarán

El blog de Carlos Martínez Gorriarán (1.12.2010)

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