Cataluña, País Vasco e Irlanda: el espejo roto del nacionalismo romántico

Irlanda, fuera de juegoPara el conjunto de España, el famoso rescate financiero de la República de Irlanda tiene un significado ominoso resumido en el célebre dicho: cuando las barbas de tu vecino veas pelar… Pero en ciertas partes de España este desdichado asunto tiene un significado peor: me refiero a Cataluña, el País Vasco y Galicia. Porque la crisis financiera irlandesa es también una crisis de soberanía, una crisis que certifica la muerte del nacionalismo romántico heredado del siglo XIX. Despiadado, el mundo actual no reserva ningún sitio para tales antiguallas. Mira por donde vamos a asistir, de un modo imprevisto, al cumplimiento de una de las pocas profecías acertadas de Karl Marx y Friedrich Engels: las pequeñas “naciones” de base étnica que han sobrevivido a la primera etapa de la modernidad están condenadas a desaparecer por efecto de la presión disgregadora e integradora del sistema económico mundial (el capitalismo, en el viejo lenguaje).

Irlanda ha sido, para los nacionalismos catalán, vasco y gallego, tanto una fuente de inspiración mitomaníaca como un ejemplo vivo de su propio modelo de Estado futuro. El mito radica en que no se puede comparar de ningún modo el papel marginal, arcaizante y colonizado de Irlanda en el viejo imperio británico con el papel de avanzada de lo moderno y posición política dominante que Cataluña y el País Vasco han tenido en España desde el siglo XVIII. Respecto a la romanizada Galicia, el paralelismo con el céltico Eire se agota en la importancia musical de la cornamusa, las leyendas neocélticas de Breogán y el papel de la patata o cachelo en la dieta.

Lo importante es que la antigua, prolongada y heroica lucha de muchos irlandeses por la independencia de su país, y lo digo sin la menor ironía, dio como resultado el único nuevo Estado independiente aparecido en la Europa Occidental en el siglo XX. Ninguna otra “nación sin estado” de esta parte del mundo lo ha conseguido: ni escoceses, galeses, bretones, occitanos, flamencos, corsos… ni catalanes y vascos. Por eso mismo Irlanda –y no Serbia, Chequia o Grecia- ha sido el espejo elegido por los nacionalistas catalanes y vascos: si los irlandeses han podido –yes, we can-, ¿por qué no ellos? (cosa más fácil comparando el poderío del Reino Unido con el decaído Reino de España). De ahí los paralelismos, más bien caricaturescos, entre las historias del nacionalismo y terrorismo irlandés y los vascos, tan bien estudiados por Jon Juaristi.

Y ahora, ¿qué ha pasado? Todo: que el espejo se ha roto. Irlanda se enfrenta de bruces a su fracaso como Estado soberano en el sentido nacionalista del concepto, es decir, como único dueño de su destino. Pues el rescate de su Estado por la UE y Gran Bretaña, forzado por la quiebra de su sistema bancario y el pinchazo de su burbuja inmobiliaria, han dejado en pelota viva el mito esencial del viejo nacionalismo: el de la soberanía sagrada de las pequeñas naciones independientes. En Irlanda se son muy conscientes de esto y las reacciones de frustración y exasperación, muchas a rebufo de la vieja y arraigada ideología nacionalista, no se han hecho esperar: ¡Irlanda vuelve a ser “colonizada” por Europa y, lo que es peor, por la vieja y detestada metrópoli! ¡Irlanda no puede hacer lo que le da la gana con sus bancos y su política económica, es decir, tiene una soberanía limitada!¡Son los extranjeros los que dictan los impuestos a cobrar y el destino que debe dárseles! Menos soberanía, diríamos, de la que tienen a día de hoy, aunque por poco tiempo, las comunidades autónomas españolas…

No es casualidad que tanto las finanzas de Cataluña como las del País Vasco estén empeñadas en disparaderos que antes o después exigirán severos recortes de su soberanía política. Sus problemas son consecuencia del modo nacionalista de entenderla. Veamos: las haciendas forales vascas –pues una de las grandes e ignoradas ironías de la “construcción nacional vasca” es que no existe una hacienda vasca única, sino tres- ya están en el punto de mira de Bruselas por sus alegrías fiscales, regalando dinero a las empresas ubicadas en la Comunidad Autónoma Vasca con absoluto desprecio de las normas europeas de competitividad y competencia. Pasado un tiempo de una sentencia terminante e incumplida del Tribunal Europeo correspondiente, Bruselas exige sin más demora que las haciendas díscolas obliguen a las empresas beneficiarias a devolver las primas ilegales y a pagar una multa. Y pocas bromas: está en juego la “disciplina fiscal” que se ha convertido en política única contra la crisis de la Unión Europea. Si se puede intervenir a Irlanda, un estado soberano, qué no se puodrá hacer con tres pequeñas diputaciones arcaicas y trasnochadas. Si no fuera por la protección de Madrid…

¿Y Cataluña? Pues embarcada en la venta de las joyas de la abuela: los bonos superrentables de deuda pública que la próxima Generalitat deberá financiar con más y más deuda hasta lograr un espléndido crack financiero, más argentino que europeo.

En definitiva, estamos asistiendo a un efecto político nada menor de la crisis financiera: el desvanecimiento como alternativa política posible y viable del nacionalismo romántico, basado en el imperio de la voluntad y de los mitos de la sangre y de la tierra. No sólo se ha hundido Irlanda; también le ha ocurrido a otro antaño próspero islote de soberanía de bases étnicas: Islandia. Y por razones parecidas. A las propiamente financieras hay que añadir las políticas: esos pequeños países no son viables en el mundo actual, salvo como paraísos fiscales en el caso de que fueran tolerados. O como Estados fracasados dejados de la mano de dios. Por lo demás, están abocados a integrarse en uniones de estados como la Unión Europea, o a seguir en viejos Estados como la propia e imperfecta España de las autonomías, o la República francesa. En esos marcos hay muchos problemas y poca soberanía, pero fuera no hay absolutamente nada, salvo frío, pobreza y soledad. El espejo querido se ha hecho añicos y Blancanieves ya es ceniza (las cenizas de Angela).

Carlos Martínez Gorriarán

El blog de Carlos Martínez Gorriarán (23.11.2010)

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