A pesar de los pesares, votaré

ViñetaLa decepción de la democracia no es nueva. Desde sus inicios fue despreciada por élites de todo tipo. Baudelaire apunta en su cuaderno: “La razón por la que a los demócratas no les gustan los gatos es fácil de adivinar. El gato es bello y voluptuoso, revela ideas de lujo y limpieza”. Por razones distintas, también el pensamiento tradicionalista fue durante décadas antidemocrático (”el liberalismo es pecado”) hasta que Jaume Balmes construyó un puente entre catolicismo y democracia. Menos recordadas son las críticas de la izquierda. Marx, Engels y Bakunin la denominan “democracia burguesa” y la acusan de falsedad, de poner límites a la verdadera democracia, que sólo se alcanzará con la “dictadura del proletariado”.

El anarquismo despreció el parlamento, dejando a la clase obrera sin dirección, aunque la izquierda marxista se inclinó por el pragmatismo: aprovechó la denostada democracia para escalar posiciones y tejer alianzas a la búsqueda de la completa hegemonía.

La izquierda antifranquista, ahora abanderada del parlamentarismo, se educó en el desprecio teórico de la “democracia formal”. Persiste en tal línea la llamada “izquierda alternativa”: la de Porto Alegre, Attac y los sermones de Chomsky. En la legislatura que ahora acaba, un alto cargo del Govern, Jordi Miralles, atosigó con otros miembros de EUiA a unos cubanos exiliados que se manifestaban en Barcelona en contra de la dictadura castrista. El gesto no escandalizó a nadie: Miralles sigue en primera fila dando lecciones de moralidad pública.

Antes de la Guerra Civil, derecha e izquierda compartieron una idea: la democracia sólo era buena si la dirigían los suyos. El deporte más practicado era el de sabotear al rival. La II República fracasó porque los de un bando nunca reconocieron las victorias del otro. La guerra tradujo esta falta de reconocimiento en asesinato y exterminio. A pesar de la idealización que el catalanismo hace del pasado, en Catalunya pasó lo mismo. Baste recordar algunos hitos antidemocráticos: el pistolerismo blanco (patronal) y negro (anarquista) que convirtió Barcelona en el Chicago de Europa; el recurso al Tribunal Constitucional por parte de la Lliga de la Llei de Contractes i Conreus; el eslogan “Visca Macià, mori Cambó!”, y, por supuesto, la violencia anticlerical: 1909, 1934, 1936.

Los largos años de franquismo institucionalizaron el vicio fundacional de la cultura cívica española. La dictadura perpetuó durante cuarenta años el exterminio de un bando sobre otro con la pretensión de hacer irreversible el proceso: exilio, campos de concentración, trabajos forzados, juzgados especiales, penas de muerte, persecución sistemática de los disidentes. El franquismo legalizó el odio, negó todas las libertades y, mediante una ingente labor educativa y mediática, naturalizó la idea de los “malos españoles”. Popularizó sin desmayo que la democracia tenía dos defectos de fábrica: era fuente de corrupción y no se adaptaba al carácter díscolo de los españoles.

Sobre este humus cultural se alzó la recuperada democracia y la autonomía. No es fácil perdonar a los partidos por haberse relajado tan pronto. Muy pronto, en efecto, se aguó el compromiso de la reconciliación y se perdió el miedo a repetir los desastres de la guerra. Muy pronto la cultura del odio y la negación del otro renacieron. Muy pronto las caricaturas que de la democracia hizo el franquismo encontraron excusa para rebrotar: la corrupción campa por sus fueros; las derechas se burlan de las izquierdas; las izquierdas no reconocen legitimidad a la derecha, y los nacionalismos (el español y el catalán, por no hablar del vasco, que todavía quiere matar) se alimentan de prejuicios, medias verdades, visceralidad. La democracia está siendo pisoteada por sus protagonistas.

Por si los fundamentos culturales e históricos de la decepción democrática no bastaran, por si la dejadez, corrupción y ensimismamiento de nuestra clase política no clamaran al cielo, la crisis económica y el fiasco del Estatut han dejado en Catalunya un profundo rastro de irritación y extrañeza hacia la política. No recuerdo una campaña política que más tristeza causara a los demócratas de a pie. No recuerdo más asco y displicencia entre los herederos de la tradición antidemocrática. Y no recuerdo más estupidez entre los jefes de campaña: con alguna notable excepción, han trabajado, no para sus partidos, sino para los que desprecian la política (y en especial para los que desprecian la política catalana).

Buscando desesperadamente llamar la atención, la mayoría de los partidos catalanes han dejado a Catalunya a la altura del betún. Como recuerda Eurípides en Las bacantes,cuando los dioses quieren destruir a alguien, provocan antes su locura. ¿Tan difícil es interiorizar que la fuerza y la astucia del débil se expresa en la resistencia a las provocaciones enloquecedoras del fuerte? A pesar de todos los pesares, yo sí iré a votar. El vacío no existe en democracia. Con la crisis de Manos Limpias, se desmoronó el anterior sistema italiano, pero llegó Berlusconi, que ha empeorado los problemas y no ha curado ninguno de sus vicios. Iré a votar aunque sea para no ceder a la amargura. No quiero creer que la caricatura catalana es irreversible. No quiero creer que el mal de nuestra democracia es incurable.

Antoni Puigverd

La Vanguardia (22.11.2010)

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