Las tres vergüenzas

Las tres vergüenzasBofetón de Marruecos a la ONU: “Vayamos hablando mientras envío a la policía a sangre y fuego”

Apesar de que no hay ningún conflicto simple, y menos aquellos que atañen a dictaduras amigas, lo del Sáhara permite explicarse con pocos renglones torcidos. El titular se resume fácilmente: “colonia española abandonada a su suerte y vuelta a colonizar por otro país”. Por supuesto, hay mucha letra pequeña en la azarosa historia saharaui, pero todo redunda en la misma traición de inicio: España vendió la suerte del Sáhara Occidental a Marruecos, en plena agonía de Franco, y no por caridad cristiana. La vendió porque era vendible, ¿o no tuvo nada que ver su enorme riqueza en fosfatos y los acuerdos con Marruecos que ello representaba? Por supuesto, la inestabilidad del momento no hacía fácil ninguna solución arriesgada, con el vecino alauí respirando en el pescuezo, pero lo cierto es que la desgraciada historia del Sáhara empieza con la cartera en la mano. Y como todo atraco, acaba con heridos, muertos, represión y un largo currículo de vidas humanas trágicas, cuyos relatos de cárcel o de familiares desaparecidos es un auténtico museo de los horrores. Marruecos no tiene piedad con el Sáhara. Y, por supuesto, al mundo le importa un pepino.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Por la suma de tres vergüenzas, o por la multiplicación de tres culpas, cuyo resultado es el actual callejón sin salida para miles de personas. Primero, como ya se ha dicho, la vergüenza española, incapaz de resolver dignamente una colonia a la que, abandonándola a su suerte, condenó para siempre. El papel de España desde los acuerdos de Madrid no ha dejado de ser miserable. Segundo, la ONU, como siempre incapaz de resolver un conflicto, testigo inerte e inapetente de los desmanes y las tropelías que las dictaduras perpetran sobre los colectivos más débiles. El bofetón de Marruecos a la ONU, entrando a sangre y fuego en el campamento de Al Aaiún, justo cuando se entablan nuevamente conversaciones para la resolución del conflicto, es tan brutal como desacomplejado. “Vayamos hablando mientras voy enviando a la policía”… Y finalmente, Marruecos, Nôtre ami le roi, como tituló Gilles Perrault su famoso libro de denuncia, cuya impunidad en la aplicación de una férrea dictadura se basa en el dique de contención que significa para el avance del islamismo radical. Es cierto que sin la dictadura alauí, el movimiento Justicia y Espiritualidad ya habría imitado la revolución iraní –a lo que aspira su máximo líder, Abdesalam Yasin– y el problema en el Magreb se habría agravado seriamente. Pero la trampa mortal que ello significa explica el momento actual: para evitar una dictadura islámica, nos hacemos amigos de otra dictadura. Y vamos sumando. Por el camino dejamos pueblos, cadáveres, esperanzas, gentes abandonadas a su tragedia. El Sáhara es una herida lacerante, un grito, una rabia. La cuestión es si le importa a alguien.

Pilar Rahola

La Vanguardia (10.11.2010)

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