La muerte del joyero anónimo

La muerte del joyero anónimoA todos los comerciantes debe sobrevenirles cierta desazón cuando levantan la persiana por la mañana

Ni siquiera la hora del crimen parece confirmada. Aseguran que fue al mediodía del sábado, en ese momento optimista que inaugura la mañana del fin de semana, cuando todo es posible porque aún nos queda para disfrutar no sólo el día que acaba de empezar sino también el domingo, completo. Las mañanas de los sábados, a los que cantó Vinicius de Moraes en una hermosa letanía, que es cuando tendemos a imaginar la multitud de cosas que habremos de emprender, aunque luego no las hagamos. Todos esos placeres domésticos que damos en gozar morosamente porque aún mantenemos la ilusión de que el tiempo que nos queda, hasta el esclavo lunes, será infinito, y nos lo consentirá todo. Gente con suerte.

No todos. Hay quien trabaja los sábados para que los demás disfrutemos. Son gente que abre su tienda de buena mañana, que se afana en poner la mejor cara a un día de agobio, cuando la diferencia entre los que trabajan y los que huelgan resulta tan escandalosa que produce cierta aprensión, lo confieso. No tengo ni idea de los hábitos del joyero anónimo de la calle Guipúzcoa, aunque doy en pensar que lo probable es que abriera su tienda alrededor de las diez. ¿A quién se le vaa ocurrir comprar un reloj, o un anillo, o un brazalete, a las 9 de la mañana? Además está la inquietud. A todos los comerciantes debe sobrevenirles una cierta desazón cuando levantan la persiana metálica a primera hora de la mañana. Como si temieran al mirón que les acecha o al perdulario que no sabe aún cómo meterse en el cuerpo el último pico matutino.

Del joyero anónimo sólo sabemos que tenía su comercio en la calle Guipúzcoa del barrio de Sant Martí, en Barcelona, y que lo asesinaron el pasado sábado en torno a las 12 del mediodía. Nada más, lo demás hay que imaginarlo, porque ni siquiera hay certeza sobre el nombre de su tienda, que para alguno se llamaba Joyería Regalos y para otros tomaba el nombre de la propia calle. ¿Deja viuda? Parece que sí, aventura el más audaz de los informadores, porque había una señora que a menudo le sustituía en el mostrador, pero que ahora estaba enferma. ¿Hijos? Dos, al parecer. ¿De qué edades? Ni idea. ¿Y el muerto, era mayor? 62 años, más o menos, escribe alguien sin precisar de dónde lo sacó. Al fin y al cabo, quién va a interesarse por esas minucias.

¿Y cómo murió? Lo mataron a puñaladas. ¿Cuántas? No tiene nada de morboso, pero no es lo mismo, imagino, que te pinchen una vez, o que te degüellen, o que te dejen desparramado en sangre, como un colador. ¿Lo hicieron para robarle? Se supone. ¿Se resistió al atraco? Ni idea ¿Se llevaron algún botín? Lo desconozco. ¿Cuántos eran? Hay quien asegura que uno, otros que dos, e incluso alguno que tres, y que escaparon en una moto. ¿Tres en una moto? El detalle más curioso es que hay quien escribe que eran sudamericanos. ¿Hablaron con ellos, oes que distinguieron el acento entre los petardeos del tubo de escape?

El sábado pasado asesinaron a un joyero anónimo. Su vida y su final se resumen en una frase; “un joyero muere apuñalado en Barcelona”. No tiene nombre en ningún medio de comunicación. Si fue por decisión policial estaríamos ante una medida que pretende difuminar su responsabilidad frente a la delincuencia. Porque no hay víctimas anónimas; todas tienen nombre y dos apellidos. Otra cosa es que quieran darlos u ocultarlos. Cuando se niega el nombre a una víctima, incluso a un delincuente, se achica tanto la noticia que el lector apenas si se entera de que fue aquí, o lejos. Porque el nombre y los apellidos dicen que tiene, o tuvo, padre y madre; que está casado, soltero o viudo; que vivió entre amigos y enemigos; que es una persona. De la otra manera, si lo reducimos a siglas, o ni siquiera, a anonimato, apenas si damos cuenta de que existió. Un joyero apuñalado en Barcelona. Lo enterramos dos veces: una lo hace por obligación la familia, y la otra, a conciencia, la sociedad.

¿Y si fuera decisión del juez? No sé si tiene derecho. Una cosa es que pueda declarar secreto de sumario – que ya tiene su aquel, tratándose de un asunto donde lo único secreto es el nombre de sus verdugos-y otra, cubrir el cadáver con un manto de silencio. Nadie tiene derecho a convertir en anónima una víctima. ¿Y si se tratara de una decisión familiar? Los hijos o la viuda no desean que el nombre de su ser querido aparezca en los papeles. En este caso cabría preguntarse si lo hacen por amor o por miedo; a cuál más inquietante. Porque en el primer caso, el amor se hace celoso, para que nadie se entere, porque es suyo y nadie tiene por qué inmiscuirse en su dolor. Si es por miedo, estamos ante una sociedad entregada a la condición de ovejas, que asumen que ir o no al matadero depende de los dueños del rebaño. Dudo mucho que esa familia del joyero anónimo, destrozada por un crimen, con toda probabilidad impune, no asuma con orgullo la dignidad del muerto. Uno de esos tenderos convencidos de que más pronto que tarde, algún día, le tocará el número implacable de la lotería donde está su nombre ensangrentado en el enésimo atraco de su vida.

¿Y si fuéramos nosotros los culpables del anonimato? Al fin y al cabo, los sucesos han salido de nuestro mundo noticiable. Pertenecen al pasado cutre y no a nuestro presente fashion.A menos que tengan las dosis de morbo que el público requiere como insólito. Y además, si no hay imágenes, es difícil hacer de un muerto algo interesante. Un joyero, ya se sabe, es carne de atraco. Y sin embargo, como no se trata de un banco, la diferencia resulta notable. Un asalto al banco, con éxito y sin víctimas, se convierte al final en una partida más de los gastos generales. Un robo exitoso a un joyero es la ruina de una persona, de una profesión y de una familia. Una diferencia que nuestra costra social ha convertido en imperceptible. Me gustaría poder explicar a los cándidos que quizá el hundimiento de esas tiendas modestas que convirtieron a ciudades como Barcelona en un paraíso del pequeño comercio no ha venido tanto de los grandes almacenes como de la inseguridad y el riesgo de la vida. Tener una tienda con puerta a la calle, y obviamente acristalada, es una tentación casi irresistible en tiempos inseguros. Ya me gustaría ver a tanto tigre de oficina institucional detrás de un mostrador, preguntándose cuándo llegará el cliente ful que te marcará la yugular.

Recuperar el nombre de las cosas se está convirtiendo en una exigencia social. Si poder llamar a las cosas por su nombre  es de una radicalidad extrema en nuestras sociedades altaneras y sumisas, el restituir los nombres a las víctimas cabe asumirlo como un empeño ineludible. Somos cómplices de una manipulación que consiste en trivializar la incompetencia de los poderes públicos, que reducen el crimen a la estadística. Si los robos se hacen a personas anónimas con delincuentes anónimos, nadie tiene por qué darse por aludido. Lo dijo el recién ascendido ministro del Interior, inefable Rubalcaba, según el estudio de no sé qué institución de alquiler: España está considerada un país más seguro que Suecia y Luxemburgo. Como lo oyen.

Estamos acojonados ante una realidad que nos desborda. Sin embargo, existe una diferencia entre nosotros y ellos, entre los que hemos de sufrirla y los que se encargan de ocultarla; la diferencia entre publicidad y realidad. Al aceptar que la delincuencia se silencie, estamos cavando nuestra fosa. Ellos, por supuesto, nos premiarán y alabarán nuestro supuesto buen hacer, pero la realidad seguirá implacable reduciendo los márgenes de nuestra libertad. Cuando convertimos en anónimos a los delincuentes y no digamos a las víctimas, estamos borrando las huellas del delito, preparando la última parte de la pantomima, que es cuando el juez dicte sentencia, tan dilatada en el tiempo, en el espacio y en la memoria, que nadie podrá decir que se trata de un joyero al que asesinaron un sábado a mediodía en el barrio de Sant Martí de Barcelona. ¡Quién se va a acordar de su nombre, si ni siquiera cuando le mataron le pusimos el que tenía!

Gregorio Morán

La Vanguardia (23.10.2010)

Sé el primero en comentar en «La muerte del joyero anónimo»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Traducción »