Escribir o hacer política

Escribir o hacer política¿Puede comprometerse un escritor con un partido, con un sindicato, y seguir escribiendo sus libros?

Me acuerdo de que, en 1990, cuando Mario Vargas Llosa hacía campaña electoral para intentar convertirse en presidente de la República del Perú, escribí su necrológica y la publiqué en un gran diario español. Enterraba a un gran escritor y lamentaba que este espíritu vivo, inteligente, de imaginación fuerte y poderosa hubiera abandonado el arte de la creación para hacer política, ayudado por aquel entonces por la Administración estadounidense. Expresaba ideas de derecha liberal y luchaba con todas sus fuerzas para convencer a los electores de que le votaran. Incluso había escapado a un atentado provocado por sus adversarios. Ya no escribía novelas, sino discursos en el más puro estilo convencional, sin gran interés. Redactando esa necrológica rendía homenaje al gran escritor y rechazaba al futuro dirigente político. Expresaba mi preferencia y tomaba posición por la primacía de la creación literaria sobre la acción política.

Veinte años después es el escritor quien ha ganado. El Nobel llegó cuando nadie pensaba en Vargas Llosa. Fue una sorpresa total. Pero ello prueba dos cosas: la Academia Nobel no deja filtrar ninguna información sobre sus candidatos, ningún eco publicado aquí o allí tiene base sólida, los apostantes ingleses juegan pero no disponen de ninguna información confidencial. El segundo aspecto por destacar es que la Academia de Estocolmo sólo se preocupa de una cosa: la buena literatura. El resto no entra en sus consideraciones. Saber, por ejemplo, que Vargas Llosa ha sido calificado por algunos analistas como un hombre de derechas no le ha afectado. Lo que cuenta es la obra, y la obra de Vargas Llosa es inmensa, fuerte, variada y quizá también considerada como una literatura de dimensión universal.

Me encontré con Mario Vargas Llosa hace tres años en Nueva York. Debía sucederle como mentor en literatura en el programa de la Fundación Rolex “Mentores y protegidos”, él mismo había sucedido a Toni
Morrison. Habíamos tenido debates sobre la escritura novelesca, primero en público y luego en privado. Le recordé que mi admiración por su obra había quedado descolocada por su aventura política, que, afortunadamente, duró poco. Sonrió y me acuerdo de que no me tuvo en cuenta el haber escrito aquel artículo. Hoy es un escritor que vuelve a la escena internacional. Es reconocido, admirado y celebrado en todo el mundo entero más que un jefe de Estado. Debe de ser un hombre feliz por esta distinción que esperaba sin decirlo, sin hacerlo saber.

Ello plantea un problema: ¿tiene derecho un escritor a hacer política? ¿Puede comprometerse con un partido, un sindicato, una organización y seguir, sin embargo, escribiendo sus libros? ¿Es compatible?

Hay que distinguir entre el escritor y el ciudadano. En tanto que escritor debe comprometerse con su escritura, en un sentido no ideológico, es decir, político; debe comprometerse en el modo de construir su historia, en el estido al servicio de su universo de novelista con toda la libertad para imaginar, inventar y transgredir las normas y las convenciones. En cuanto que ciudadano tiene derecho a reaccionar y mostrar sus opciones votando, expresándose públicamente sobre los valores que defiende. Las dos actitudes no son inconciliables, son a veces complementarias. La historia de la literatura ha conocido confusiones entre el arte y la política. Emile Zola, que escribió J´accuse sobre el caso Dreyfus; Víctor Hugo, Lamartine, Chateaubriand y otros se comprometieron políticamente y ello no afectó a su obra.

También hay que distinguir entre el compromiso con las ideas y el hecho de acceder al poder político. Albert Camus, J. P. Sartre, Jean Genet, Michel Foucault, François Mauriac se comprometieron con su vida y con su obra. Y también los poetas franceses de la Resistencia durante la ocupación alemana de Francia. Sin esta resistencia y los riesgos tomados por hombres de pluma, su obra hubiera sido diferente, quizá menos fuerte, menos potente. Es el caso de René Char, de Paul Éluard, de Aragon, de Pierre Emmanuel, etcétera. En la actualidad, los escritores escriben sin salir a la calle como fue el caso de Sartre y Genet. Algunos escriben sobre el malestar de la actual vida francesa, otros escriben sobre sí mismos y no miran lo que sucede a su alrededor. El compromiso, como fue ilustrado por Zola o Sartre, ya no está “de moda”. Vivimos una época en la que el individualismo reina en la literatura francesa actual. Felizmente la Academia Sueca ha distinguido a un gran escritor cuya obra tiene valor universal, pues, de alguna manera, Vargas Llosa defiende sus ideas, escudriña su sociedad, nos habla de la condición humana con sus heridas, sus defectos y sus cualidades. Ahora que ha obtenido el Nobel ya no tendrá tiempo de pensar en hacer política algún día. Mejor para él y para nosotros, sus lectores y admiradores. 

Tahar Ben Jellounl, escritor, miembro de la Academia Goncourt

La Vanguardia (17.10.2010)

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