Miedo en tiempo de guisantes

Miedo en tiempo de guisantesNo nos llega la camisa al cuerpo; formamos un retrato de grupo asustado que se jalea a sí mismo

Estamos acojonados, y quizá somos  tan poco conscientes de que estamos acojonados que parecemos telepredicadores en día de cuaresma. Todos a una animados a escribir sobre el optimismo propio y la culpa ajena. En clave positiva, se dice ahora. Y en el fondo no sabemos aún qué ha ocurrido, fuera de que vemos algunas señales alarmantes de la ruina y de que nos aseguraban que no había nada que temer, porque éramos fuertes como luchadores y seguros como alpinistas, incluso algunos se creían la sal de la tierra y el modelo para futuras generaciones, y henos aquí que no nos llega la camisa al cuerpo. Socialmente formamos un retrato patético de grupo asustado que se jalea a sí mismo ante el espejo de nuestra propia inanidad. Como Obama en campaña, repetimos «ahora podemos», y la verdad es que no sabemos a ciencia cierta qué es lo que podemos porque nadie nos ha dicho realmente qué tenemos además de la mugre y el pedigrí.

Porque si fuera cierto que la culpa la tienen los especuladores, ya estaríamos en la calle denunciándolos y poniendo negro sobre blanco sus nombres como baldón público. Lo están haciendo por ahí, o sea, que si nosotros no decimos ni pío será por algo.

A menos que nos hayamos acostumbrando tanto a engañarnos que no reconozcamos ni nuestras propias miserias. Nada de Jeremías y menos de jeremiadas. Escribamos en clave positiva. Hale hop, todos a una. Somos cojonudos y tenemos unos presidentes como no ha habido otros en los anales de la democracia, y los pobres lo están pasando tan mal que no debemos abrumarlos con nuestras pendejadas. Cosas como estas las he leído yo. Habremos de asumir que, como en el fútbol, «vivan los nuestros» aunque perdamos nosotros.

Convencido de que cada uno debe hacer un esfuerzo por animarse, he ido dándole vueltas a diferentes temas amables y tras decidir que no puede ser que nos venza el desánimo – en algunos casos, como el mío, secular-,he encontrado que quizá lo más propio que se me ocurre, dadas mis carencias imaginativas, es el guisante. Voy a escribir sobre los guisantes.

Durante siglos, casi desde la noche de los tiempos, que hubiera dicho el inefable Ibarretxe, los guisantes fueron el símbolo por excelencia de la primavera. Sabíamos que había llegado la primavera porque teníamos un pálpito de exaltación y unas ganas de pelea indómitas – el sexo se animaba tanto que teníamos miedo a que lo notara incluso la vecina, pero eso ahora no toca porque estoy escribiendo en clave optimista y el sexo es conflictivo-,pero bastaba que pasáramos por un mercado, y ahí estaban los guisantes. ¡Qué brotes verdes los del guisante! (¿Lo pillan, lo de los brotes verdes?).

Yo adoro los guisantes, y en otro tiempo a nadie le importaría un carajo si me gustan los guisantes o no, pero como escribo en positivo, desearía que todo el mundo disfrutara del bello y fragante mundo del guisante. El aroma del guisante recién desgranado, apenas un hervor y luego masticar naturaleza a cucharadas. Fíjense si estaré embarcado en el entusiasta mundo del guisante que sigo con atención inusitada la creación de la primera Cofradía del Guisante, que acaba de celebrar su ceremonia inaugural en San Sebastián, ¿dónde iba a ser si no? Allí donde, sin ánimo de ofender a nadie – porque cuando escribo en renglones entusiastas pido excusas hasta por las sospechas de que alguien dude que somos los que tenemos los mejores cocineros del mundo, por más que se arruinen haciendo golferías-,en Donosti, denominación autóctona, ya comían como los ángeles y sabían que se decía gastronomía a la cocina que nosotros llamábamos «del mercado». (Pido disculpas por utilizar la nefanda palabra, causa de tantas desgracias). ¿Conocen ustedes el guisante lágrima? No se asusten, no es por ninguna malquerencia. Ni siquiera alude a que sale en el mercado por 18 euros – 3.000 pelas de las de antes, uy, la peseta, disculpen la impertinencia-.Se llama lágrima por la forma, aseguran, no por el precio.

Ya sé que debería seguir así. Contar cómo llegaba el guisante en primavera, y lo que significaba en aquel mundo sórdido – hoy no toca esta palabra, pero denla por no escrita a falta de mejor sinónimo-la aparición de algo tan sencillo y tan difícil de sacar adelante, porque los guisantes tienen su mayor competencia en los malditos pájaros que se los comen y gustan de ellos con la misma pasión de un banquero, a ambos les atrae todo lo verde, ya sean los brotes, los prados de golf o las damas descocadas. Es un mal chiste, no le den importancia. Y aún podría continuar con la filología, porque el guisante es académicamente fascinante. Imagínense que en asturiano decíamos «desbillar» a extraer los guisantes de sus vainas, cosa que nos tocaba siempre a los niños y que era un engorro, porque a menudo se te disparaban y había que buscarlos por toda la cocina. Y por si fuera poco, los llamaban arvejos», casi como en América Latina, que les dicen «arvejas», palabra de raíz quizá semítica, y lo digo sin la más mínima intención de provocar en estos días de resaca israelí. En euskera se dicen «illara», y tanto se llaman así en los caseríos, que la citada cofradía de San Sebastián la bautizaron como Illara. ¿Y qué decir de los «pèsols»? Ahora tengo la ocasión pintiparada para introducirme en un clásico de la cocina catalana de mar y montaña, y calcar a Pla en un par de parrafitos sobre las «mandonguilles amb sèpia i pèsols». O desplazarme a Berga y recordar que aún debe de quedar alguno de aquellos guisantes que se decían «negros», secos y multicalóricos, sabrosos como una legumbre.

Hasta aquí la trascendencia del guisante, es mi modesta aportación al periodismo de perfumistas. Seguir me parecería hacer de nuestro miedo una presunción de filosofía. Estamos acojonados porque no tenemos ni idea de qué puede pasar mañana, yel acojone se multiplica porque estamos dirigidos políticamente por una panda de impresentables presididos por un vendedor de humo tan acostumbrado al vaho que ha acabado quemando los billetes que le regalaron. ¿De verdad alguien piensa que el problema capital del país es abaratar el despido? O sea, que tantos años diciendo que éramos la séptima o la octava o la enésima, ya ni me acuerdo de aquella patochada, potencia del planeta, y resulta que estamos pasando momentos tremebundos porque no acaban de «flexibilizar el mercado laboral».

Hace ahora veinticinco años justos, un primero de junio de 1985, Miguel Boyer explicaba a los jóvenes empresarios de entonces  – ahora veteranos del crédito, imagino-que se debía abaratar el despido. Y se hizo. Era ministro del primer gobierno de Felipe González, el mismo que ahora es adorado como la vaca sagrada que no fue mientras gobernaba – el personal de la pluma es tan desvergonzado que da miedo; te mata con la misma convicción que te canoniza-.Ahora, hace unas semanas, ese mismo Miguel Boyer, ya canoso y rico, en un rasgo de esa lucidez que nunca perdió – un respeto-,ha recordado que el problema capital de este país es qué va a pasar con «la bolsa de parados». Alcanzaremos pronto el 50% de paro juvenil, si no lo hemos sobrepasado ya. No lo sabemos a ciencia cierta porque la estadística se ha vuelto ideología, y sirve tanto para explicar una cosa como la contraria. ¿Ustedes se imaginan qué significa eso?

Eso sí, no olvidarse de los guisantes. En positivo. Respirar hondo y afrontar los retos de la vida. Estoy convencido de que ese columnismo de perfumistas parte de dos hechos biográficos incontrovertibles. Primero, el que escribe así dispone de una jubilación garantizada, salvo imprevisto de enfermedad o accidente, que cubrirá el seguro. Segundo, tiene a sus hijos colocados. De otro modo sería impensable que admitiéramos como normal y no producto de la demencia que el Ministerio de Trabajo haya logrado colar en los periódicos, prácticamente en todos, titulares dignos de Jardiel Poncela: «El mejor paro en mayo desde el 2005». Sólo comparable a esta otra reflexión de uno de nuestros líderes: «La situación es menos trágica de lo que se empeñan en divulgar los mercados». ¡Larra, resucita y échanos una mano!

Gregorio Morán

La Vanguardia (5.06.2010)

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