Estupefacción

CaceroladaMi amigo, el periodista Ernesto Tenembaum, me escribió hace unos días desde Buenos Aires, inquieto por la dinámica de sentencias y manifestaciones que han abierto los telediarios también en su país. “Avisá si os meten presos, que acá hacemos colecta para enviaros cigarrillos”. Vaya, tenemos la imagen a la altura de la economía, pensé yo, pero él mismo me desengañó enseguida, con unas reflexiones mucho más preocupantes que cualquier auto judicial.

Sí, ya sé que los europeos, en nuestra infinita soberbia, no podemos aceptar lecciones de Latinoamérica. Otra cosa es que un asesor de Obama abra la boca porque, entonces, corremos que nos las pelamos. Pero ya que Salgado ha optado por la estrategia de la estupefacción y no sabe nada -si se suben los impuestos, si no, si a quién, si cómo, si cuándo-, me quedo con la estupefacción de Ernesto, que no brota de la ignorancia, sino del conocimiento adquirido durante los años que lleva estudiando su propia crisis desde una posición contraria a los intereses de los mercados.

Es muy sencillo. Cuando era un país burbuja, milagroso, un imán para los inversores, Argentina vivía de prestado, como ha vivido Grecia. Cuando el globo se pinchó, nadie quería prestarle, así que empezó a pedir dinero con desesperación. Los bancos solo se lo daban a cambio de ajustes, pero cuando el Gobierno obedecía, la economía caía más, porque disminuía el consumo y el Estado perdía ingresos. ¿Les va sonando? El país necesitaba más dinero, y se lo daban, pero cada vez más caro. Hasta que un día, los ciudadanos se encontraron golpeando una cacerola en la puerta de los bancos que se negaban a devolverles sus ahorros. Sí, ya sé que los europeos no podemos aceptar lecciones de Latinoamérica, pero lo que más me aterra de esta versión es que la entiendo perfectamente. Mucho mejor que la estupefacción de Salgado.

Almudena Grandes

El País (24.05.2010)

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