El espectáculo como política

Honeymoons (Luna de miel) de Goran PaskaljevicTanto tiempo atentos a la política como espectáculo y ahí está el espectáculo como política

Nos hemos ido acostumbrando  a hablar de la política como espectáculo. El modelo más a mano es ese Berlusconi transformado en vedette, capaz de convertir cualquier lugar en un escenario donde abraza, canta, ríe y encandila al personal con su sonrisa de hiena. A mucha gente le gusta porque aseguran que es como ellos, lo cual no deja de ser una de esas estupideces populares de gran éxito. Si fuera como ellos ni sería quien es, ni siquiera multimillonario, ni se hubiera inventado un partido ni controlaría los medios de comunicación. Si fuera como ellos, se hubiera limitado a ser un hincha del Milan o del Juventus, y pasaría la semana entre disgusto y disgusto, frustración y frustración, hasta que llegara el fin de semana y jugara su equipo. Noventa minutos de partido que equivalen a una terapia.

Nos hemos ido acostumbrando a que los partidos políticos presenten sus candidatos o sus propuestas del modo más espectacular. Multimedia, con vídeos y músicas de fondo, porque aseguran que la política se ha convertido en un fenómeno de masas, espectacular, cosa que por otra parte nunca dejó de ser. Exaltación y espectáculo, pero sin excentricidades. Se debe huir de cualquier signo llamativo, y si bien cabe resaltar algunos rasgos singulares, han de ser plenamente comunes. A mí me abochorna esa reiteración con la que los columnistas salomónicos insisten en que ya no hay líderes, que sufrimos una ausencia de liderazgo político. Ahora añoran a Felipe González e incluso a Adolfo Suárez, auténticos titanes, al parecer, de la política. La memoria afloja mucho con la edad, porque si algo criticaron en su momento, ellos y muchos otros, fue la ausencia de liderazgo de ambos. Diferente asunto es que visto el panorama presente los echen en falta.

Me impresionaron unas palabras recientes del brasileño Lula cuando decía que hoy Brasil es un país previsible, porque lo nuestro es imprevisible. La política en España es imprevisible. Una selección espigada de las intervenciones de Zapatero haría imposible calcular qué se le va a ocurrir mañana. Es imprevisible el Gobierno de la Generalitat, no sólo esa gente tan divertida de Esquerra, que ha conseguido uno de los milagros que costaron siglos de reflexión y debate a las mentes más lúcidas de la cristiandad, el estar y no estar al mismo tiempo, la presencia y la esencia mancomunada. Y por si fuera poco, es absolutamente imprevisible el alcalde de Barcelona y su equipo de gobierno. Por mucho que usted se esfuerce por entender, lo tendrá difícil. Yo debo admitir que el día que propuso Barcelona como sede de unos Juegos Olímpicos de invierno, pensé que mi capacidad para el asombro había alcanzado el límite. Y me equivoqué, aún quedaba el referéndum sobre la Diagonal.

Es difícil sobrevivir a un país donde nada es previsible. Ni siquiera la banca, otrora garantía de previsibilidad. No digamos ya la justicia. ¿Alguien podía prever, ni siquiera imaginar, que dos magistrados fundadores de Jueces para la Democracia iban a ensañarse, en una venganza siciliana, con otro juez patológicamente enfermo de notoriedad, que aparece como supuesto garante del antifranquismo? Un país serio puede hacer cosas imprevistas pero no ser imprevisible. O al menos no serlo siempre.

Estamos tan metidos en nuestra peculiar manera de improvisar, que la hemos convertido en forma de actuación política. En Madrid y en Barcelona. Primero, una parte de la clase política, a falta de mejor agarradera, se mete en un berenjenal llamado nuevo Estatut, en el que casi nadie daba en pensar que llegaría a mayores. Si mi memoria no me falla, y en verdad que no, ni al veterano Pujol ni a Convergència, y menos aún a Unió, se les pasaba por la cabeza ir a esa pelea, que por otra parte no era la suya. Recuerdo la distancia y la ironía de los columnistas salomónicos sobre la propuesta de Esquerra Republicana. ¡Al fin una idea a la que agarrarse! Con empeño y de la manera más torticera, acabaron convirtiéndola en un fantasma que amenaza con darles a ellos una patada, pero en nuestro culo. Ahora están todos, salvo Esquerra, poniendo velitas a san Antonio y presionando a Madrid para que sobre todo no haya sentencia antes de las elecciones autonómicas del otoño, porque la situación amenaza con escapárseles de las manos.

En Grecia la última encuesta ha dado un rechazo ciudadano del 98% a su clase política. Eso sí que es un referéndum vinculante. Al tiempo, casi el 59% de los griegos considera que serán capaces de salir de la crisis. ¿Cómo lo harán? ¿Se puede licenciar a una clase política? ¿Cómo se aborda eso en el siglo XXI? Porque nosotros sabemos cómo se hacía antes, pero no hay experiencia de cómo hacerlo en sociedades del espectáculo. El mismo día que toda España estaba esperando qué decía el Gobierno ante la crisis, todos los informativos estatales abrieron sus telediarios con el alirón del Atlético de Madrid en la plaza de Neptuno. Una obscenidad que no debería permitirse en horarios de máxima audiencia, por respeto a la infancia mental. Y aquí todo el mundo lo entiende así, pero si se hubiera tratado del Barça, eso ya es muy otra cosa. Nada que ver con obscenidades y pornografías sociales, sino al contrario, lo idóneo y justo. España está llena de equipos de fútbol cuya hinchada parece convencida de que son más que un club, y además cada uno tiene su brigada de intelectuales que te lo explican. Eso sí, ocurre como con las religiones, cada una está convencida de que es la verdadera, que las otras no son más que imitaciones.

Yo pertenecía a una secta convencida de que la pasión futbolera – que no el fútbol-era un instrumento del franquismo para que la gente se olvidara de las otras cosas que de verdad les afectaban. Sigo pensando lo mismo, por eso digo que es una secta, a tenor de lo menguada que está, y estoy además persuadido de que el espectáculo futbolero es una de las estafas ciudadanas más desvergonzadas, donde la política en sus aspectos más golfos y descarnados está presente desde que salen los futbolistas al campo – un análisis de sus contratos y de quiénes los tramitan sería más brutal que un panfleto-y hasta en la descripción de quiénes – y por qué-ocupan los palcos de honor de los estadios.

Mientras las almas sensibles discuten sobre el toro, espectáculo que dejó hace mucho de tener la trascendencia política de otro tiempo, nosotros deberíamos echarle una mirada a la pasión futbolera. No al fútbol, que sigue siendo un deporte brillante y divertido, sino al fanatismo  del militante futbolero; esa escapada al arrebato a disposición de todas las clases sociales, con preferencia las humildes. Como el circo antiguo. Ayuda a concentrarte en unas piernas que mueven un balón, con la cándida posibilidad de poder decir “hemos ganado”, cuando no sólo no has ganado nada, sino que además te han sacado tus dineros.

Tanto tiempo atentos a la política como espectáculo y ahí está en todo su esplendor de baratija el espectáculo como política. Ese individuo que lo disculpa todo de su equipo, incluida la agresión y la mentira, con tal de que meta gol, es la nueva militancia. Cumple a la perfección todas las exigencias del momento: fidelidad, vigor, intemperancia. Además es inmune al enemigo; jamás se le pasaría por la cabeza ser de otro equipo. Incluso está el pedigrí; pasa de padres a hijos, e incluye a los nietos. Es decir, que en pocos años los clubs de fútbol serán las instituciones con mayor solera de España, o del Estado español, como usted quiera llamarlo.

Por eso pensaba recomendar un filme luminoso como un documental. Una rareza, creo, sin precedentes, porque si lo buscabas por las carteleras durante los pocos días que duró lo encontrabas en unos periódicos con un título y en otros con otro. Para unos era Luna de miel y en otros figuraba en inglés, Honeymoons. Una película del serbio Goran Paskaljevic que lamentarán no haber visto. Trata de sociedades adaptadas para pasionales del fútbol. Llegué tarde. La quitaron ayer del cine que la proyectaba en Barcelona, y en Madrid. En esto sí que somos previsibles.

Gregorio Morán

La Vanguardia (22.05.2010)

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